Fachada del Hospital Provincial de Dementes, en cuyas dependencias fue internada durante tres días Clara Mónica Agustina
Fachada del Hospital Provincial de Dementes, en cuyas dependencias fue internada durante tres días Clara Mónica Agustina
Esbozos para una crónica negra de antaño XX

Desventuras de una «demimondaine» en Toledo

En mayo de 1911 la ciudad vivió pendiente de la detención, en la estación ferroviaria, de «una mujer de porte elegante y belleza extraordinaria» con acento extranjero

TOLDOActualizado:

El domingo 14 de mayo de 1911 discurrió con plácida normalidad en Toledo. En los corrillos se comentaba que el mal tiempo había impedido la tarde anterior inaugurar las sesiones del «Cinematógrafo Imperial» en el Paseo del Miradero, anunciado con películas nuevas y números de varietés. También se hablaba de la gran fiesta de cumpleaños que el fotógrafo Pedro Lucas Fraile había dado en su estudio. Ese mismo día, un grupo de alumnos de Caligrafía de la Escuela Normal de Maestros viajó a Madrid para conocer el Museo Pedagógico y la Biblioteca Nacional. En el Teatro de Rojas actuaba el Grupo Artístico Obrero de la Casa del Pueblo con la finalidad de conseguir fondos para su entidad y la Virgen del Consuelo procesionaba por el barrio de San Lorenzo, siendo criticada la ausencia de autoridad municipal alguna en el cortejo. Semejante tranquilidad quedó rota al anochecer, a la llegada del tren procedente de Madrid, cuando se formó un formidable escándalo en la estación ferroviaria, a resultas del cual fue detenida «una mujer de porte elegante y belleza extraordinaria». Comenzaba así la desventurada odisea de una «demimondaine» en Toledo.

Andén de la primitiva estación ferroviaria de Toledo, donde fue detenida la extranjera de «porte elegante y belleza extraordinaria» (Foto, Archivo Histórico Ferroviario del Museo de Ferrocarril de Madrid, Juan Salgado Lancha)
Andén de la primitiva estación ferroviaria de Toledo, donde fue detenida la extranjera de «porte elegante y belleza extraordinaria» (Foto, Archivo Histórico Ferroviario del Museo de Ferrocarril de Madrid, Juan Salgado Lancha)

El lunes, en las páginas de «El Eco Toledano», único periódico diario que por entonces se publicaba en la capital, se daba cuenta de semejante suceso bajo el titular de «Extranjera detenida. Hallazgo sensacional». Su redactor contaba que mientras abandonaban la estación los viajeros que habían llegado a la capital en el tren correo de las nueve y cuarto, comenzaron a oírse desgarradas voces de auxilio pronunciados por una «extranjera elegante» que apenas lograba ser entendida.

Cuando la policía se personó para ayudarle, ella les dijo que unos hombres la perseguían y que pretendían robarle. Viendo la incoherencia de sus atropelladas explicaciones, dadas en francés y español, decidieron trasladarla hasta la Inspección de Guardia. En el camino, ella se resistió a los agentes, sacando un pequeño revolver e intentando agredirles.

Fachada del Hospital Provincial de Dementes, en cuyas dependencias fue internada durante tres días Clara Mónica Agustina (Foto, Casiano Alguacil. Archivo Municipal de Toledo
Fachada del Hospital Provincial de Dementes, en cuyas dependencias fue internada durante tres días Clara Mónica Agustina (Foto, Casiano Alguacil. Archivo Municipal de Toledo

Ante la carencia de datos concretos de cuanto aconteció en el cuartelillo, el cronista de «El Eco Toledano» se dejó llevar por los rumores de la calle y puso en pie una historia que durante un par de días mantuvo bien entretenidos a los ciudadanos. Según decía, al ser registrada en la Inspección se le ocupó un puñal que llevaba oculto. Al abrir un taleguillo de satén escondido entre las ropas, los agentes encontraron «un brillante manojo de billetes» españoles y franceses, que sumaban unas catorce mil pesetas. Ella no dio explicaciones satisfactorias sobre su origen. Tras darse cuanta al juzgado de Instrucción de lo acontecido, se decretó el ingreso de la mujer en el manicomio, considerando que padecía alguna demencia.

Por entonces los comentarios en la ciudad ya se habían disparado. Algunos creían que la extranjera detenida era la autora del robo y asesinato de un opulento financiero francés acaecido dos años antes y que había sido atribuido a «cierta dama que mantuvo ilegítimas relaciones con el banquero y que, entre la buena sociedad, era objeto de vivas censuras por sus extravagancias y sus deslices». Otros, por el contrario, aseguraban que era hija de un acaudalado galo, habiéndose fugado de su domicilio. También decían que en la Inspección comenzó a arrojar billetes y monedas de cinco pesetas sobre la mesa, diciendo que se las regalaba a los agentes.

Recorte de «El Eco Toledano» dando cuenta de la detención de la misteriosa “demimondaine
Recorte de «El Eco Toledano» dando cuenta de la detención de la misteriosa “demimondaine

Al día siguiente, martes 16, parte del misterio quedaba desvelado. La supuesta dama extranjera no era tal, sino que se llamaba Clara Mónica Agustina Molero y Molero, tenía 34 años y era natural de la localidad cordobesa de Hinojosa del Duque y residía en Toulouse. Al morir sus padres quedó al cuidado de sus hermanos, quienes se negaron a que mantuviese relaciones con un minero de Peñarroya. Ante su insistencia, ellos acabaron por abandonarla.

Según se relataba en el diario, su suerte cambió cuando trabó amistad con un opulento contratista de minas, marchándose con él a Francia y comenzando a hacer «vida marital» en su lujosa vivienda de Toulouse. «Y de tal suerte –contaban en “El Eco Toledano”-, Clara trocó sus harapos de obrera por la indumentaria de una “demimondaine”, y, poco a poco, fue adquiriendo relaciones entre la buena sociedad de Toulouse». El término «demimondaine» había sido acuñado por Alejandro Dumas, hijo, para definir a cierta clase de mujeres galantes, que se diferenciaban tanto de las honestas por su tendencia al escándalo como de las cortesanas por el dinero que conseguían con sus amores.

«¿Qué ocurrió luego?», se preguntaba el gacetillero. «Aquí comienzan las sombras –añadía. No se sabe si fue que otro elegante compró las caricias de Clara, ni si sucedió que ésta fue víctima del odio de su primitivo amante; pero lo cierto es que la nueva “demimondaine” perdió el juicio y se entregó a toda suerte de deslices, y terminó por ser inscripta en los registros de higiene de Francia»; hábil eufemismo, este último, utilizado por el periodista para sugerir que Clara Mónica Agustina había terminado ejerciendo la prostitución.

Desde las páginas de «El Eco Toledano» el suceso saltó a Madrid, siendo puntualmente seguido por «El Imparcial», donde durante tres días se relataron las novedades del caso bajo el epígrafe de «La loca de Toledo». Sin embargo la fantástica historia y la forma en que había sido contada encontró contrapunto en el resto de semanarios editados en la capital castellana. En «El Porvenir», publicación de tendencia carlista, se titulaba la crónica de los hechos con el elocuente titular de «Deshaciendo una novela». Así se indicaba que Clara Mónica había cambiado la dirección de su viaje y en vez de continuar hasta Andalucía se encaminó hacia Toledo. En el trayecto el revisor le pidió que pagase la demasía, a lo que ella no se negó, aunque indicó que lo haría en el cuartelillo de la estación. Una vez allí, la mujer comenzó a decir incoherencias intentando agredir a los presentes con un pequeño revolver. Los agentes comprendieron que se trataba de una perturbada y tras pasar la noche en la Inspección de Guardia el juez decretó su ingreso en el Hospital Provincial de Dementes.

Se añadía, en este semanario, que al llegar a tal establecimiento escapó corriendo hasta al Paseo de la Vega, donde pudo ser apresada de nuevo. De vuelta al manicomio, ya con mayor tranquilidad, confesó su identidad, indicando que el dinero que llevaba encima era fruto de la venta de una casa de Toulouse donde había residido con un familiar. Añadió que se dirigía a Peñarroya, donde un hermano suyo trabajaba como minero, y que en cierto momento sospechó que era perseguida por alguien con ánimo de robarle y por eso cambió su itinerario hasta Toledo. En un cabás que portaba estaba guardada la documentación que acreditaba esta versión. El maletín, en el que también había unas joyas, quedó depositado en el Gobierno Civil, siendo convenientemente lacrado para preservar la integridad de su contenido.

Tres días después de su detención, se personaron en la ciudad de Toledo sus hermanos para recogerla y dado que en el manicomio ya no había vuelto a mostrar signos de perturbación, juntos abandonaron la capital con destino a Ciudad Real.

Aclarado el asunto, «El Porvenir» sentenciaba que a esto había quedado reducida «la serie de novelas y juicios aventurados que sobre la infeliz mujer han circulado», censurando las noticias difundidas sobre las relaciones de Clara Mónica en Francia y aseverando que «sobre cuya fama y honra nadie tiene derecho a crear sombras» y mucho menos entregarlas a la voracidad pública. En «El Castellano» se alababa tanto la discreción del agente Jesús Pérez Manzano, quien se hizo cargo de la custodia del dinero que ella llevaba encima, como se preguntaban en qué quedaba ahora «toda la leyenda forjada sobre este asunto y tan ligeramente propagada».

Idéntico espíritu anidaba en la carta que los doctores Fernando Sánchez y Ángel Jiménez, directores del Hospital Provincial de Dementes, dirigieron al director de «El Eco Toledano» lamentando el tratamiento informativo dado al suceso, tildando el mismo de pueril y novelero. «La infeliz enferma recluida en este Benéfico Hospital –decían- ha podido ser una señora honrada o una “demimondaine” extraviada; pero en este último caso y antes de lanzar a la publicidad este padrón de ignominia [...] ha podido pensarse que esta infeliz mujer abandonada a su desgracia por los que la sacaron de la patria, volvió a ella y al seno de su familia con propósitos honrados, que no era la mejor manera de amparar publicando a los cuatro vientos sus lamentables caídas, dificultando por la publicidad todo propósito de enmienda, todo anhelo de reconstitución de su personalidad y reparación moral». Se quejaban, también, de que los agentes la hubieran «tuteado», sin que «les uniera ningún lazo de familia con ella».

Antonio Lago, director de «El Eco Toledano», no se sintió aludido por la misiva, limitándose a publicar un simple acuse de recibo sin reproducir su contenido. Ante ello los facultativos recurrieron a otras revistas de la ciudad para hacer llegar a los ciudadanos su enojo. Y así gracias a «La Campana Gorda», donde sí se recogió, podemos recuperar hoy la defensa que ambos hicieron de aquella desventurada mujer, quien durante días fue objeto de los dimes y diretes del todo Toledo.

Enrique Sánchez Lubián, escritor y periodista
Enrique Sánchez Lubián, escritor y periodista - ABC