Nos queda el Rey

Don Felipe, de pueblo en pueblo, de mano en mano, como transmisor de esa serenidad que insiste en alterar la banda desafinada de la carrera de San Jerónimo

Jesús Lillo
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Todo se mueve, de nuevo hacia abajo, pero nos queda el Rey, el mismo que el pasado octubre devolvió la confianza a una nación desamparada, amedrentada por el golpe ejecutado por el separatismo. Entonces apretó los puños para trasladar por la tele un mensaje de fuerza a los españoles y ayer, casi fuera de plano, en Cantabria y Palencia, abrió la mano para agradecer a los vecinos el cariño que le expresaron.

Nos queda el Rey, aunque no tenga los poderes del presidente italiano para diagnosticar y tratar la locura de una clase política que, encargada de trabajar por el interés general, se empeña en socavarlo. Incertidumbre se denomina el fenómeno en la terminología al uso. Ruina se llama la cosa. El petardazo de la prima riesgo es el mejor resumen de lo que nos va a costar la fiesta organizada por los partidos. Que no decaiga. Después de Pedro, pincha Pablo en el after del Congreso. Eso anuncian los flyers que reparte Podemos. Ciudadanos prefiere la música instrumental. Exquisita.

Tenemos jueces que comadrean en sus sentencias tertulianas, un Congreso transformado en corral de comedias y unas empresas que se han dejado más de 20.000 millones de euros en pagar las entradas del espectáculo. Más no se puede pedir. Estamos como queremos y tenemos lo que votamos, en el Gobierno y en la oposición. No había otra cosa en el mercadillo político del mal menor, solo combinaciones perdedoras, como en esa primitiva invertida que sale a pagar y que estos días refleja la Bolsa.

De la España real, asustadiza y desengañada, no se ocupa nadie. Decíamos de Cataluña y de la tropa que la tuitea y pinta de amarillo, pero échale un galgo a los aspirantes a desgobernar un país cuyo suelo, fuera de plano, no deja de pisar el Rey con la mano abierta y extendida para tomarle la temperatura, el pulso e incluso la tensión a quienes trabajan en una fábrica de galletas o una planta siderúrgica. Nos queda Don Felipe, de pueblo en pueblo, de mano en mano, como transmisor de esa serenidad que insiste en alterar la banda desafinada de la carrera de San Jerónimo. Dice la Constitución del 78 que el Rey es símbolo de la unidad y permanencia del Estado, pero a estas alturas nos conformamos con que simbolice, casi nada, el interés que ese mismo Estado debe a sus ciudadanos.

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