Vídeo: El Rey Juan Carlos cumple hoy 80 años - EP
DON JUAN CARLOS CUMPLE 80 AÑOS

Los legados de un Reinado fructífero

La restauración de una Monarquía en el siglo XX fue algo históricamente inédito

MadridActualizado:

Napoleón Bonaparte solía afirmar que para comprender a un estadista era necesario preguntarse qué ocurría en el mundo cuando tenía veinte años. En el caso de Don Juan Carlos, al cumplir la veintena en 1958 la España de Franco dejaba atrás la autarquía e iniciaba su apertura económica a la vez que consolidaba su reciente incorporación al bloque occidental bajo el paraguas estadounidense, pero quedando al margen del ambicioso proyecto de integración europeo nacido con los Tratados de Roma. En alguna medida, el propósito de su Reinado consistiría esencialmente en extraer las consecuencias lógicas de estos inicios, que dieron lugar a un proceso acelerado de modernización económica y social que sentó las bases de la transición democrática, en un contexto europeo y occidental que proporcionó un complejo sistema de incentivos y garantías que permitió que pudiese realizarse con razonables garantías de éxito.

Sin embargo, nada de esto estaba garantizado cuando Don Juan Carlos accedió al trono en noviembre de 1975. El joven Rey sabía que la futura Monarquía no podría ser un régimen de autoridad personal como el de Franco, y que en el contexto geográfico y temporal de la Europa occidental de la segunda mitad del siglo XX, la única legitimidad racional-legal capaz de sustentar la institución que encarnaba era la democrática. Además, en aquellos momentos tan solo ostentaba la legitimidad que le otorgaba un régimen débil y ampliamente cuestionado, dentro y fuera de España, ya que tampoco le adornaba la legitimidad dinástica, que su padre, Don Juan de Borbón, encarnaría con gran dignidad hasta renunciar a sus derechos en mayo de 1977.

Por ello, la tarea que definió su Reinado consistió en impulsar la transformación del sistema político a fin de generar una nueva legitimidad racional-legal de raíz democrática, pero sin vulnerar la legalidad heredada. Esta operación no solamente permitió la aprobación de la Constitución de 1978 y la definitiva reconciliación entre españoles, sino que conllevó la transformación de la «monarquía del 18 de Julio» en una Monarquía parlamentaria plenamente homologable con las de algunos de los estados más prósperos y avanzados de Europa. Para lograrlo, el Rey hubo de ejercer de «piloto del cambio», lo cual, unido a su decisivo papel en el fracaso de la intentona golpista de 1981, le otorgó también una notable legitimidad carismática.

El Monarca se propuso asimismo incorporar al proceso a todos aquellos para quienes una genuina democratización debía comportar necesariamente el reconocimiento de los rasgos diferenciales de su identidad. Por ello impulsó con decisión y audacia el restablecimiento de la Generalitat y el regreso del exilio de Josep Tarradellas, que algunos interpretaron como una reconciliación histórica entre Cataluña y los Borbones, superadora de la ruptura que representaron los decretos de Nueva Planta.

De ahí que no resulte difícil imaginar la decepción y preocupación que ha debido suscitar en Don Juan Carlos la contemplación de la crisis que desde hace algunos años atenaza a dicha comunidad. En cambio, seguramente le habrá producido no poca satisfacción constatar que en el País Vasco, cuya evolución política condicionó a menudo la de su Reinado, el sentimiento separatista ha menguado en los últimos años. Satisfacción que probablemente solo supera la constatación de que la lacra del terrorismo etarra, que se cobró casi 800 víctimas durante su Jefatura del Estado, puede darse por superada.

Don Juan Carlos (eficazmente secundado por Doña Sofía) también jugó un papel determinante en la homologación y normalización exterior de la joven democracia española, y en la superación de décadas de aislamiento e irrelevancia internacionales, tarea que requirió la visita a un centenar de países. El Rey siempre se manifestó como un firme partidario del proyecto europeo, entendido como un objetivo que permitiese superar los enfrentamientos que habían asolado el continente en épocas recientes. Por ello, pocos acontecimientos le produjeron mayor satisfacción que la firma del tratado de adhesión de España a las Comunidades Europeas en 1985, apenas una década después de su proclamación.

Por motivos históricos y emotivos fácilmente comprensibles, a Don Juan Carlos también le produjo una especial satisfacción la posibilidad de contribuir a forjar una relación más estrecha y auténtica con la América de habla española, que nunca había sido visitada por un Rey de España. Asimismo, el Monarca contribuyó a redefinir, equilibrar y democratizar las relaciones con Estados Unidos, lo cual exigió (y a la vez permitió) el ingreso de España en la Alianza Atlántica, anclándola definitivamente en el entorno occidental.

A pesar de todo lo anterior, hoy se percibe con mayor claridad que el protagonismo de Don Juan Carlos tuvo algunas consecuencias imprevistas, no siempre positivas para el futuro de la Monarquía. La legitimidad de tipo carismático que generó su decisiva actuación en la etapa fundacional del nuevo sistema político se convirtió en su principal fuente de apoyo político y social, superior a la derivada del reconocimiento de su persona (y de la institución que encarnaba) por parte de la Constitución: era Don Juan Carlos quien legitimaba a la Corona, y no a la inversa. Y por desgracia, la consolidación de la democracia no trajo consigo la necesaria institucionalización de la Monarquía. De ahí que el malestar social provocado por los escándalos que protagonizaron los últimos meses de su Reinado, intenso pero seguramente coyuntural, le dejaran en una posición tan vulnerable como desairada.

Vista así, lejos de suponer un fracaso estéril, su abdicación en 2014 no solo fue un acto de sacrificio poco común, sino sobre todo, una contribución valiente y constructiva a la institucionalización de lo que su heredero, el Rey Felipe VI, ha definido con acierto como «una Monarquía renovada para un tiempo nuevo». De consolidarse este proyecto, Don Juan Carlos habría contribuido no solamente a la restauración de una Monarquía en el siglo XX, algo históricamente inédito, sino a su afianzamiento futuro en un mundo inusitadamente convulso.

* Charles Powell es historiador y director de la Red para el Estudio de las Monarquías Contemporáneas (REMCO).