Vídeo: los 50 años de un Rey - ATLAS
El Rey cumple 50 años

Felipe VI, un Rey para una España difícil

Cuando se le preguntaba por el 23-F, decía que «prefería no necesitar ese tipo de reválidas». Pero aprovechó la larga espera antes del relevo para seguir preparándose y, tras su imagen amable y sonriente, se había forjado un sólido Jefe de Estado

MadridActualizado:

Durante la mayor parte de su vida, Don Felipe creció con el mismo estribillo de fondo: tras un Reinado tan brillante como el de Don Juan Carlos, a él le tocaría escribir la difícil segunda parte de la historia de éxito colectivo que había supuesto aquella etapa. Después de todos los logros alcanzados por su padre, ser el Heredero de Don Juan Carlos no parecía una tarea fácil.

En esos años, a nadie se le pasaba por la cabeza que Don Felipe heredaría la Corona en el momento más delicado para la Monarquía desde su restauración y, mucho menos, que en los primeros tres años y medio de su Reinado tendría que afrontar unos acontecimientos tan complicados como los que tuvo que superar Don Juan Carlos en la Transición: una crisis de gobernabilidad, la hostilidad de los independentistas y un golpe de Estado contra la democracia.

El único que ya entonces parecía no creerse aquel pronóstico -que su Reinado avanzaría casi solo, por la inercia del anterior- parecía ser Don Felipe, que tras convertirse en el Heredero de la Corona mejor formado de la historia de España, seguía entrenándose a fondo cada día, durante años, como si al final del camino le esperara un combate con el gigante Goliat.

«El mejor camino»

Desde su segundo plano, el Príncipe miraba, preguntaba, escuchaba y tomaba nota de cuanto sucedía a su alrededor. Decía que mantener su ritmo de trabajo era «el mejor camino para llegar en las mejores condiciones al momento de la sucesión en la Corona».

En las conversaciones informales con Don Felipe era inevitable que alguna vez saliera el golpe de Estado del 23-F, del que él había sido testigo privilegiado cuando tenía trece años, aunque el sueño le venciera a veces en un sillón del despacho de su padre desde el que siguió los acontecimientos. Pero entre lo que vio y lo que le contaron después, tenía muy claro lo que sucedió aquella noche.

Visto con perspectiva y apagado el ruido de sables, todo el mundo coincidía en que aquella asonada había consolidado a Don Juan Carlos, ante los españoles y ante la comunidad internacional, como el salvador de la democracia. La pregunta era cuál sería el 23-F de Don Felipe. «Prefiero no necesitar ese tipo de reválidas», aseguraba con su prudencia habitual. Sin embargo, él seguía preparándose para hacer frente a ese y a cualquier otro desafío previsible.

Mientras el Príncipe maduraba y seguía aprendiendo el peculiar oficio de Rey, también su padre cumplía años y empezaba a pasar por el quirófano con demasiada frecuencia, de manera que Don Felipe comenzó a asumir la representación del Rey durante sus convalecencias. Corría 2011 y el Príncipe habló, por primera vez, de la sucesión con los periodistas. En un encuentro en Zarzuela, anunció que se sentía «dispuesto y a la orden» para asumir la Corona «con responsabilidad cuando llegue el momento».

La espera

Empezaba entonces una larga etapa de espera para el Heredero, que veía en silencio y con una lealtad a prueba de fuego cómo el legado de su padre perdía brillo mucho más deprisa de lo que nadie podía imaginar.

A finales de ese año estalló el caso Nóos, el Príncipe marcó distancias con su cuñado y la Casa del Rey hizo un esfuerzo de transparencia, haciendo públicas sus cuentas, cada vez con más detalle. Pero fue en 2012 cuando estalló la tormenta perfecta tras el accidente de Don Juan Carlos en Botsuana. Aquel accidente puso al descubierto una serie de errores personales en el peor momento de la crisis económica y anímica que vivía España. Tras dos años y dos meses, en los que se sucedieron las operaciones y las convalecencias, Don Juan Carlos abdicó y Don Felipe fue proclamado Rey de España a los 46 años. Después de una larga espera, asumía la Corona en uno de los momentos más delicados para la Monarquía.

Medidas internas

Tras anunciar que empezaba «un tiempo nuevo», el Rey renovó la Monarquía y adoptó una serie de medidas internas para evitar errores del pasado, como el caso Nóos, y adaptar la Institución a los nuevos tiempos. También revocó el título de Duquesa de Palma de Mallorca que le había otorgado su padre a su hermana Doña Cristina. Y, a partir de ese momento, tuvo que afrontar unos desafíos comparables a los que superó Don Juan Carlos en la Transición.

Las dificultades que vivió su padre hasta que logró restaurar la democracia en 1977 podían compararse a la crisis de gobernabilidad que le estalló a Don Felipe en 2016, cuando el voto se fraccionó y se puso de manifiesto un vacío legal que encerraba la Constitución y que nadie había advertido hasta ese momento: no establecía el mecanismo a seguir en caso de que no hubiera ningún candidato con opciones de ser elegido presidente del Gobierno.

A esa dificultad se añadieron las presiones de los partidos políticos, que trataron de aprovechar ese vacío legal para interpretar la ley a su favor. Don Felipe no cedió a las presiones y, tras diez meses de bloqueo, cinco rondas de consultas y dos elecciones, consiguió superar la primera prueba de fuego de su reinado.

La encerrona

La segunda prueba llegó nueve meses después y enfrentó al Rey con el lado más miserable de la naturaleza humana. Don Felipe se encontraba de vacaciones cuando el terrorismo yihadista perpetró el primer atentado del Reinado, que acabó con la vida de dieciséis personas en Barcelona y Cambrils. Los Reyes interrumpieron su descanso y se desplazaron a la capital catalana para visitar a los heridos en los hospitales, un gesto que rompió los esquemas a las autoridades de esa Comunidad.

La Generalitat -maestra en la utilización de menores para la causa separatista- acusó a través de la prensa a la Casa del Rey de haber violado la intimidad de los niños y adolescentes que aparecían en las imágenes de la visita de los Reyes y le pidió que retirara esas fotos. Pero la respuesta de Zarzuela les dejó sin argumentos: las imágenes se difundieron con el triple permiso del hospital, el paciente y la familia (cuando eran menores).

Don Felipe también se sumó a la manifestación contra el terrorismo convocada en la Ciudad Condal, donde vivió su particular Guernica. Era la primera vez que un Rey de España acudía a una protesta, y allí le esperaba una encerrona: los separatistas aprovecharon el gesto solidario de Don Felipe para recibirle con pitidos, abucheos y pancartas, e incluso responsabilizarle de los atentados terroristas.

La escena recordaba a los incidentes que Don Juan Carlos había afrontado en Guernica en 1981, cuando un grupo de abertzales trató de impedirle que se expresara ante el Parlamento vasco. Don Felipe, que aprendió de niño esa lección y se había entrenado en las pitadas al Himno de los campos de fútbol, soportó los abucheos con toda templanza.

El día de la desolación

Su 23-F le llegó un 3 de octubre. Dos días antes se había celebrado el referéndum ilegal por la independencia de Cataluña. Esa noche intervino el presidente del Gobierno, pero sus palabras no lograron devolver el sosiego a muchos españoles. Al día siguiente, Rajoy había citado a los principales líderes políticos en La Moncloa y, cuando se esperaba que comparecieran juntos, formando una piña en defensa de España, cada uno salió por una puerta planteando cuestiones diferentes, lo que ahondó más el desasosiego.

El estado de abatimiento colectivo se agravó el martes después de que el PSOE pidiera la reprobación de la vicepresidenta del Gobierno en el momento más delicado de la democracia. Hasta que pasadas las seis y media de la tarde se anunció que el Rey dirigiría un mensaje a la nación esa misma noche. A las nueve apareció Don Felipe en la pantalla de televisión, en el mismo escenario que lo había hecho su padre la noche del 23-F y utilizando las mismas palabras. Si Don Juan Carlos había llamado a «mantener el orden constitucional», Don Felipe pidió «asegurar el orden constitucional».

Su mensaje tuvo el efecto de un bálsamo en una opinión pública desolada, marcó un antes y un después, y permitió que los españoles conocieran su solidez como Jefe del Estado. En su Mensaje de Navidad volvió a insistir: «El camino no puede llevar de nuevo al enfrentamiento». A diferencia del 23-F, en esta ocasión las palabras del Rey no acabaron con el «ruido de sables», pero sí mostraron que el hombre que había jurado dos veces la Constitución -primero como Príncipe de Asturias y después en su proclamación como Rey- iba a defenderla con toda firmeza.