Toros

Cuando aún no ha pasado un año de la tragedia de Víctor Barrio

La muerte de los dos toreros en el ruedo provocó y provoca una oleada de miserables comentarios en las redes sociales

ZaragozaActualizado:

El próximo 9 de julio se cumplirá un año de la muerte de Víctor Barrio en la plaza de Teruel. Una cornada en el costado derecho que le atravesó el pecho. Un hachazo a la vida, igual al que el pasado sábado sufrió Iván Fandiño. Todavía no ha pasado un año de aquella tarde de calor y fiesta que tiñó de luto la capital turolense y al toreo, cuando de nuevo la muerte vuelve a jugar una desgraciada baza en la liturgia de un hombre y un toro frente a frente.

«Apenas pasaban unos minutos de las ocho de la tarde y la muerte apareció como un rayo maldito. Una cornada seca, un derrote asesino en el suelo, y el hombre vestido de oro y seda alcanzaba la gloria en la arena». Así comenzaba la crónica abecedaria que jamás hubiera querido escribir, la más difícil.

En Teruel, el destino le guardaba a Víctor Barrio Víctor enfrentarse a «Lorenzo», un toro de 529 kilos, de la ganadería aragonesa de Los Maños. A las doce del mediodía de aquel 9 de julio, en el sorteo, un bolita de papel unió sus vidas.

Toreaba de muleta al tercero de la tarde cuando un derrote le hizo caer «ya en el suelo otro seco que hizo presa en el costado derecho. El torero quedó inerte, boca abajo, y cuando las cuadrillas intentaban incorporarlo para llevarlo a la enfermería, su cabeza descolgada conmocionó la plaza. Era la muerte», proseguía la crónica.

En la enfermería poco se pudo hacer, certificar lo que ya no tenía vuelta atrás. En la plaza, su mujer Raquel, su padre, familiares y amigos que se habían trasladado hasta Teruel para celebrar un triunfo de su torero, conmocionados. Desde fuera de la enfermería se oían los gritos desgarradores de la impotencia. Los toreros en el callejón, deshechos. Ni una palabra, solo lágrimas. Todos, con Curro Díaz y Morenito de Aranda, a la cabeza, que completaban el cartel, dieron una lección de hombría, de serenidad, de amor la la propia fiesta, precisamente cuando la Fiesta vivía su cara más amarga. Ni un mal gesto, silencio y sollozos entrecortados. Dolor infinito.

Cuando la noche caía, el cuerpo de Víctor Barrio fue introducido en un coche mortuorio y trasladado al tanatorio, en espera de la autopsia que se le realizó a primeras horas de la mañana siguiente.

En el hotel en el que se había vestido de torero para no volver, la cuadrilla, sus más allegados, su mozo de espadas, vivieron otro de los momentos más angustiosos. Sus objetos personales atravesaron el hall camino de la furgoneta que esperaba abierta, ya sin su jefe de filas.

La capilla ardiente en Sepúlveda, y el multitudinario entierro, en el que la familia estuvo arropada por todos los estamentos del toreo. Las figuras, los diestros más modestos, subalternos, ganaderos, empresarios, dieron su último adiós mientras en las redes sociales comenzaba una auténtica ola de comentarios miserables contra la figura del toreo muerto en la plaza.

Falsos animalistas que celebraban la muerte de un torero, la muerte de un hombre, la de Víctor Barrio. Algunos dicen que se mearán en su propia tumba, otros insultan a la viuda y mientan a la madre... La campaña de acoso y derribo a la Tauromaquia alimentada por populismos radicales traspasó aquellos días todos los los límites. «Se ha demostrado que el velo del animalismo y el buenismo lo que esconde son personas que incitan a la odio y a la violencia, manifestaciones que ya no equiparan al hombre con el animal, sino que degradan a la persona», dijo contundente el diestro Juan Diego, como portavoz de los matadores de toros

Muchos tuiteros, unos con nombre y otros ocultos tras una máscara, no respetaron ni el duelo de quienes acaban de enterrar a un esposo, a un hijo, a un hermano...

Todavía no ha pasado un año de la tragedia de Teruel, y la verdad más dura del toreo vuelve a escribiese sobre la arena de una plaza de toros.