Vea el vídeo de la entrevista - Foto: GUILLERMO NAVARRO | Vídeo: MERCEDES N. ALCOCER / DAVID DEL RÍO

Veinte años casada con un yihadista: «Le enseñaba a mi hijo fotos de niñas con la cara destrozada en Siria»

Raquel Alonso publica «Casada con el enemigo», un libro en que el narra la radicalización religiosa de su marido que, en cuestión de años, pasó a formar parte de una célula terrorista y estaba listo para viajar a Siria cuando le detuvieron

«No vale con que después de que nos maten a 200 personas salgamos todos diciendo no tenemos miedo, tenemos que demostrarlo», defiende

MadridActualizado:

La madrugada del 16 de junio de 2014 Raquel Alonso presenció cómo su exmarido fue detenido en su propio dormitorio. Después de dos años de investigación, un equipo de los GEO tiró abajo la puerta de su casa a las 4.30 de la mañana y, sin saberlo, puso punto y final a tres años «de tortura», como ella los describe. Tres años que narra en «Casada con el enemigo» (Espasa, 2018), donde desgrana una historia de amor que no tuvo final feliz. El libro desglosa las vivencias de su autora y cómo, tras 20 años de feliz matrimonio, la muerte de su suegro fue el detonante para la radicalización religiosa de su marido. De padre de familia a miembro de una célula terrorista, listo para viajar a Siria y combatir en las filas de lo que entonces se conocía como el Estado Islámico de Irak y Levante.

¿Por qué ha elegido un libro para contar su historia?

Detrás de este libro está que mis hijos pudieran salir con orgullo a la calle. Que todo el mundo conozca la historia y que se sepa que ellos no han hecho nada, que no se les puede condenar por el hecho de haber sido su familia en algún momento. El segundo motivo es porque yo quería sacar algo bueno de este gran giro que dio mi vida, de tanto dolor.

En la época que me pilló a mí no sabíamos nada de qué era la Yihad, no habíamos oído hablar del Daesh. No tenía salida porque no podía denunciar nada. ¿Qué iba a hacer? ¿Ir a la policía y decir ‘mire, mi marido se ha dejado barba, va con chilaba, grita a los niños’? Eso no es un delito, pero ahora ya conocemos lo que es el terrorismo yihadista. Espero que con mi libro se pueda ver esa transformación, que va desde una persona totalmente integrada hasta la radicalización más extrema, llegando a querer incorporarse a las filas de un grupo terrorista.

¿Alguna vez hubiera imaginado que su matrimonio, o él, iba a acabar así?

Jamás. Me casé en 1997 y él empieza a radicalizarse en el 2011… Fueron casi 20 años de matrimonio normal. Él era una persona totalmente tolerante. Para él, los atentados del 11-M fueron un dolor tan terrible como para nosotros. A mí nada me hacía presagiar, ni su comportamiento ni el de su familia, que esto iba a acabar así.

Hay una reflexión en el libro en la que asegura lo siguiente: «Creo que nunca se sintió integrado del todo». ¿Cree que pudo haber jugado un papel en su radicalización, aunque el detonante fuera otro?

Yo creo que sí, pero no podemos decir que porque alguien viva en otro país no se vaya a integrar. Sí que es cierto que al tener su familia lejos sí sentía esa nostalgia, le faltaba su idioma, su raíz cultural… Algo normal y entendible; como si yo me fuera a vivir a otro país. Pudo ser que ese cúmulo, mezclado con la muerte de su padre, fuera el detonante para que empezara a radicalizarse.

En «Casada con el enemigo» explica que «él veía vídeos de la bandera negra» ¿Cómo se enfrenta a que haya gente que pueda decir «algo tenía que saber»?

A mí me costó, sobre todo al principio. Después de su detención, tanto los niños como yo vivimos una cierta repulsa social. Yo lo único que vi en mi exmarido fue una radicalización religiosa. Es cierto que él a mí me dijo «hay que hacer la Yihad», pero yo ni lo escuchaba. No sabíamos quién era el Daesh… Yo a esa bandera negra no le daba ningún significado.

Me quise separar de ese mundo. En cierto modo intuía que esos «hermanos», esas personas a las que se estaba acercando, no me iban a traer nada bueno. No le podía prohibir nada, pero sí podía tomar la decisión de alejarme en la medida que pudiera hasta que empezó con los niños, y ahí ya sí tuve que entrar.

Todo el mundo puede tener su opinión, pero lo que es cierto es que yo no aparezco en el sumario. Lo único que aparece son conversaciones en las que yo defiendo a mis hijos, mis costumbres y en las que me enfrento a él. Soy la única mujer a la que el juez no llama a declarar.

¿Qué le diría a quien haya pensado que su libro es una venganza?

Le diría que venganza ninguna. Yo pasé tres años de maltrato psicológico muy duro, cuando leí el sumario fue terrible, pero venganza, ninguna. Si realmente me hubiera querido vengar hubiera puesto en contra a mis hijos o no le hubiera dejado hablar con ellos y mientras los niños han querido hablar con él, lo han hecho. He llevado a mi hija a prisión a verle aun sabiendo las consecuencias que eso tenía, pero, si ese era su deseo, lo respeté. Yo no quería que el día de mañana mis hijos me dijeran «nos apartaste de mi padre».

«El dolor no nos permite, ni siquiera, vengarnos»

Yo lo que quiero es concienciar a la sociedad. Él siempre me decía «soy inocente, soy inocente» y yo le dije «después de leerme el sumario, a mí eso no me lo puedes decir». Lo que sí puedo decir es que si esa persona hubiera leído los 29 tomos del sumario… el dolor no nos permite, ni siquiera, vengarnos. Ni siquiera.

¿En qué momento empieza a ser consciente de que su vida y la de sus hijos corre peligro?

Hay varios puntos clave donde empiezo a asustarme. Al principio eran solo visitas a la mezquita y me dijo que quería que los niños aprendieran árabe, que no lo vi mal. Una vez fui a buscarles, él estaba con sus «hermanos», y cuando los vi me dieron escalofríos. Ahí me asusté: no encajaban con él.

Otro fin de semana trajo un libro para el niño. Le dijo «tienes que aprenderlo de memoria, te voy a preguntar el primer capítulo». Cuando se fue a dormir la siesta aproveché para ver qué libro era, y hablaba del pecado, del castigo, del infierno… Otra señal de alerta fue un día que me dijo que se iba con la niña al parque. Al volver, la vi seria y le pregunté. Ella me dijo que habían ido a pasear al cementerio y él le había dicho que esos eran los infieles que iban a ir al infierno. Ahí vi una fanatización religiosa muy importante.

Otro día bajé a comprar y al volver vi al niño desencajado. Le pregunto, y me dice: «Es que papá me ha enseñado un vídeo de cómo se mata a los infieles, y les cortaban el cuello». Consulté con una abogada para divorciarme y me dijo que él tendría derechos porque no iba a poder demostrar lo que está pasando en mi casa. Ahí es cuando yo decido no hacerlo y tomar una estrategia que es, por un lado, fingir una conversión al Islam y, por otro, organizarle la agenda para tenerle el mayor tiempo posible fuera de casa.

Para proteger a sus hijos decide convertirse al Islam pero usted es cristiana. ¿Cómo choca esa conversión con algo tan íntimo y libre como el credo de una persona?

La verdad es que fue uno de los momentos más duros que viví a lo largo de esos tres años. Fingí esa conversión al Islam, pero me sentía culpable. Me daba la sensación de que estaba jugando con algo tan grande como era Dios. Pensaba que estaba renunciando a mis creencias… Pensaba «tengo que hacerlo porque es la única forma de salvar a mis hijos», pero tenía un tremendo sentido de la culpabilidad que creo que él aprovechó para poder seguir inculcando todas sus imposiciones, que cada vez se recrudecían más hacia mí porque se supone que era yo la que iba a educar a los niños.

¿Qué pasa después de la detención con esa conversión?

Yo solo le engañé a él, nunca abandoné mis creencias. Cuando todo acabó, yo terminé con eso. Soy honesta, hay cosas que me costaron. Recuerdo la primera cerveza que me tomé con mi padre porque fueron muchos años en los que se me había dicho «no puedes beber cerveza, no se puede ver la tele, no se puede escuchar música»… Y yo iba asumiendo todo lo que él me decía, dentro de lo normal. Salvo que me prohibiera ir con mi familia.

En el libro cuenta que, incluso sin estar él presente, hacía el ramadán, rezaba… Al final, se esboza una dependencia que colinda con la violencia de género psicológica…

Totalmente. Es uno de los motivos por los que escribo el libro, para dar respuesta a una necesidad que ha crecido. Este es un caso claro de violencia de género, de maltrato psicológico, que además está combinado con el terrorismo islámico creando un cóctel espantoso. También es cierto que cuando asumo la estrategia de convertirme al Islam mi hija era pequeña. Yo no podía destaparme ante mis hijos porque incluso ellos, sin querer, podían ser mis delatores. Yo llevé mi estrategia al pie de la letra hasta el final. Hasta el día que tiraron la puerta abajo y se lo llevaron.

¿Qué queda de la mujer que refleja en esas páginas?

Ya no queda nada. Esa mujer acabó, pero yo tengo mis traumas. Tardé tres años en disociar que la persona de la que yo me había enamorado no era la persona que es ahora.

Es cierto que todavía me queda mucho por luchar, que pasé tres años perdida… si no llega a ser por mis hijos… Es verdad que hay veces que tus hijos te salvan la vida. Creo que me dieron la fuerza para decir «tienes que luchar». Luchar por ellos porque este señor ya no está, por devolverles su honor, por sacarlos adelante... ¿Ahora qué queda? Un nuevo proyecto, una lucha por mis hijos y si además de todo ese dolor se puede ayudar a personas que estén en mi situación y que denuncien, que lo hagan. Ahora, para hacerlo también necesitamos el apoyo de las instituciones y las fuerzas del Estado.

«Me queda mucho por luchar»

En el libro habla de la primera visita a Nabil en prisión y dice que ve que no tienes nada que ver con quién está allí, pero que en el fondo sí. ¿Qué es lo que se siente? ¿Es algo que se puede olvidar?

No, no se puede olvidar. El ruido de esas puertas no lo voy a olvidar nunca. Hay muchas cosas que creo que aparcamos en la memoria para poder seguir adelante porque si no, nos bloquearíamos.

La primera vez que entré en esa sala de espera donde todos íbamos a lo mismo, sentí que ninguno somos inmortales. A todos nos puede pasar cualquier cosa y esto no solo pasa en familias desestructuradas. Eso fue lo que sentí porque tres días antes estaba organizando un evento para un banco importante con su presidente y después, ahí estaba, sentada en la prisión de Valdemoro para ver a mi marido. ¿Cómo se olvida? Es muy complicado.

¿Qué papel juega el apoyo del entorno?

Juega todo. Yo salí adelante gracias a mi familia, a mis hijos, a Edurne, a amigos que se fueron sumando, a apoyos que fui encontrando. Sobre todo para mis padres, porque ellos no sabían nada.

Cuando lo detienen se decreta el secreto de sumario. A los 6 meses, cuando me leo los 29 tomos, se me rompe el alma, se me parte en dos. Primero por las cosas que decía de mí, segundo por lo que había hecho con mi hijo. Cosas como enseñarle en su coche, mientras le llevaba a comer pizza, fotos de niñas con la cara destrozada en Siria.

Además de descubrir lo que les había hecho a mis hijos también descubro hasta dónde está implicado, que también es importante. Cuando quieres a una persona y se lo llevan, al principio piensas que es un error y cuando leo el sumario es cuando veo cuál es la realidad. Es donde se muere el amor, donde te destroza por lo que ha hecho a tus hijos, por la traición y ahí es donde se junta absolutamente todo y dices «tengo una madeja que tengo que ir desenrollando», algo que ha sido complicadísimo.

¿Ha vuelto a tener contacto con él después del divorcio?

Sí, pero hace casi dos años que ya ni llama por teléfono. Cuando le dije que iba a solicitar el divorcio y la patria potestad (tras su detención en 2014), también le dije que podía llamar para preguntar por sus hijos, pero que yo ya no tenía nada que hablar con él.

¿Y con su familia?

Me sigue sorprendiendo… Tras las primeras entrevistas, que fue cuando me agredieron, recibí un WhatsApp de su hermana desde Estados Unidos diciéndome que qué poca vergüenza tengo, que parezco yo la víctima y que quedará en mi conciencia si a él le pasa algo.

Hace un mes, he vuelto a recibir otro de otra hermana suya diciéndome lo mismo. Que la víctima es él, no yo. Y yo nunca he ido de víctima. Yo lo que he intentado es canalizar ese dolor para hacer algo bueno en vez de quedarme con la rabia o el odio, que quizá serían los sentimientos que debía tener…

¿Cómo es su vida, y la de sus hijos, hoy? ¿Cómo lo superan ellos?

Es muy duro. Tú no puedes caer nunca. En tres años no me he roto, no he podido llorar delante de ellos porque ya estaban destrozados como para ver a su madre que caía. Ahora llevan una rutina y yo intento dar la mayor normalidad dentro de lo posible. He cambiado tres veces de casa porque siempre me acaban localizando… Llega un momento en el que te acostumbras. Tienes dos opciones: o me quedo en un rincón y mis hijos no van a tirar para adelante, o salgo. Y si salgo, ya salgo con todas las consecuencias.

Tengo dos opciones: o me quedo en un rincón, o salgo. Y si salgo, ya salgo con todas las consecuencias

Es cierto que estamos en condiciones especiales de seguridad. Tengo árabes en mi casa, han ido al colegio de mi hija... Tienes que tomar precauciones y tu vida está condicionada. Espero que no para siempre.

¿No vive con miedo?

Yo convivo con el miedo todos los días, pero no permito que me paralice.

¿Queda mucho por hacer en este tipo de casos?

Queda todo por hacer. Llamé a la asociación de víctimas del terrorismo y me dijeron que yo no era una víctima. No encajo en ningún lado. No hay precedentes. Nunca se ha solicitado una privación de patria potestad por terrorismo, no encajo en ninguna prestación social. Entonces dices, ¿al final quién cumple la condena, él o yo?

Yo en el juicio no testifiqué porque dije que no iba a servir de coartada para nadie. Después de la primera entrevista que di, me llamaron de la Comisaría General de Información para hablar conmigo. Testifiqué, tuve una cierta protección hasta que el Supremo ratificó la condena y ahí se acabó.

«Solo me conformo con un número de teléfono»
«Solo me conformo con un número de teléfono» - G. NAVARRO

Tengo en mi casa una documentación que dice que soy un testigo protegido clave X y ya, porque si no hay agente de custodia no hay ninguna protección. Yo no quiero una escolta en mi casa 24 horas porque entiendo que no es posible. Solo me conformo con un número de teléfono. Ahí es donde tiene que estar el apoyo de las instituciones.

Hace dos semanas llamé a la Policía a las 12 de la noche porque había un señor en la puerta de mi casa, y fue al 091. Entiendo que este tipo de temas no se pueden tratar así porque la rapidez es lo que nos hace efectivos. Con colaboración ciudadana podemos hacer mucho porque podemos detectarlo, pero para proteger a las mujeres, a los menores, a esos padres que pierden hijos, tenemos que tener el apoyo y la seguridad de los cuerpos de seguridad del Estado. ¿Con qué moral animo yo a personas que estén en mi situación a que denuncien si luego no van a tener apoyo? Es fundamental.

No vale con que después de que nos maten a 200 personas salgamos todos diciendo no tenemos miedo, tenemos que demostrarlo. Ahora se puede denunciar, y se puede hacer anónimamente. Pero tenemos que tener una respuesta del Estado.