Manuel Valls, el pasado abril en un acto de Sociedad Civil Catalana en Barcelona - INÉS BAUCELLS

Manuel Valls: «Todo esto es culpa vuestra»

Manuel Valls había acudido a la cena a explicar su proyecto para Barcelona, pero se levantó y se marchó sin tomar café

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«Todo esto es culpa vuestra. No habéis hecho nada y al final hemos llegado hasta aquí», y Manuel Valls se levantó y se marchó sin tomar el café. Marián Puig, uno de los principales y más prestigiosos empresarios de Cataluña le había invitado a cenar a su casa para que explicara su proyecto a sus amigos empresarios y a otros destacados personajes de la sociedad catalana. Estaban, entre otros, el economista Antón Costas, el exvicepresidente del Gobierno Narcís Serra, el notario Juanjo López Burniol, el empresario Emilio Cuatrecasas y Màrius Carol, director de «La Vanguardia».

Valls había acudido a la cena, tal como se le pidió, a explicar sus ideas y su proyecto para Barcelona, pero fue constantemente interrumpido por los asistentes, que le reprochaban su eventual implicación con Ciudadanos y se quejaban de la supuesta falta de capacidad de diálogo del Gobierno. «Os habéis pasado el aperitivo despotricando de los independentistas, y ahora que trato de explicaros lo que quiero hacer os quejáis del Gobierno y de España. Os quejáis de todo pero no habéis hecho nada. Sois la burguesía catalana, la élite del país, y no habéis hecho nada. Una burguesía que no lidera, que no guía, no es una burguesía: sólo es un club de petulantes y de ricos».

A veces la distancia da una lucidez que los lugareños -con ese deprimente orgullo del «jo sóc d’aquí»- no podemos tener. Habríamos podido respetar, aunque desde la discrepancia, una burguesía que hubiera pensado que la independencia era la solución, y que hubiera empeñado su dinero, su autoridad y su vigor para conseguirla. También hubiéramos podido respetar, aunque con el pesar de los independentistas, que la clase dirigente catalana hubiera apostado decididamente por la unidad de España, prestando sin reserva sus recursos morales, y los tangibles, al propósito de preservarla.

Pero la burguesía catalana no ha hecho nada. Absolutamente nada. Sólo han lloriqueado por las esquinas en el indigno papel de hacerse la niña tonta en medio de una orgía. Convergència se suicidó renunciando a la centralidad política, y hoy ha quedado reducida a un subpartido de comisionistas y forajidos. «La Vanguardia», bajo la dirección de José Antich, fue la punta de lanza de la primera revuelta de Cataluña contra el Estado. La burguesía catalana se ha puesto de perfil, no ha defendido nada. No ha demostrado ningún amor por su sociedad. No ha sido burguesía sino un club de ricos avariciosos, pedantes y cobardes sin ninguna empatía, sin ninguna altura moral.

Una burguesía puede equivocarse, pero no puede no hacer nada. Una burguesía puede arruinarse, pero nunca renunciar a su liderazgo ni a reforzar su autoridad mediante su generosidad, su compromiso y su ejemplaridad. Un país que no puede estar orgulloso de sus burgueses es un país condenado a la revolución y al caos. Os merecéis la CUP, os merecéis los CDR. «Todo esto es culpa vuestra. No habéis hecho nada».

Cataluña ha sido arrasada por los líderes políticos más incultos y barriobajeros de los últimos decenios, por la peor tradición de este catalanismo que cada tantos años necesita estrellarse de nuevo en su alocado «todo o nada». Y en la misma medida, Cataluña ha sido abandonada por su burguesía, que ha fallado clamorosamente en su deber de proteger y de guiar -es decir, de liderar- a su pueblo.

Manuel Valls hizo bien en levantarse y marcharse. Si quiere mantener su frescura, sus ganas y su nobleza, es un buen primer paso en la correcta dirección no mezclarse con lloricas. Si puede, que tire de ellos hacia posiciones más dignas. Y si no puede, que les ponga ante el espejo y que sientan toda la vergüenza de estar lamentando como cínicos lo que no tuvieron la decencia de defender como ciudadanos privilegiados y libres. Por comodidad y por provincianismo miraron hacia otro lado mientras un populismo de todo impregnaba la vida y las calles. Y ahora se hacen las indignadas porque justo delante de su puerta les han levantado una barricada. Os mereceríais que os entraran hasta el cuarto de la plancha, pero no os preocupéis, que aquí estamos y os ayudaremos a echarlos.