David Gistau

Sesión infantil David Gistau

Iñigo Errejón mientras promete como diputado
Iñigo Errejón mientras promete como diputado - JAIME GARCÍA
DAVID GISTAU Madrid - Actualizado: Guardado en: España

El Hemiciclo iba llenándose de una gente que le confería un aspecto distinto al que haya tenido en cualquier otra legislatura. La cara de algunos diputados a la vieja usanza era como la que debieron de poner los senadores de la República cuando César concedió una polémica representación a bárbaros de las Galias. Diputados muy jóvenes traían impresa en el rostro una excitación propia de la cola de los autógrafos de Justin Bieber. Buscaban en las gradas alguien a quien saludar. En la tribuna de prensa, un poco como las marionetas gruñonas del palco de los teleñecos, dos periodistas veteranos, de los que se tiraron al suelo el 23-F, de los del sentido patrimonial de la Transición, lo miraban todo con cierto estupor: «No conozco a nadie», dijo uno. Le respondió el otro: «Eso no es lo malo. Lo malo es que nadie nos conoce a nosotros». He aquí, plasmadas, las incertidumbres y las confusiones de tan abrupto tránsito.

El primer inconveniente fue la asignación provisional de escaños, que se resolvió como en las sesiones no numeradas del cine: «Perdón, ¿esas dos están ocupadas?». Tan lentos estuvieron los Rufianes de ERC, perdedores natos en el juego de las sillas musicales, que la sesión demoró su comienzo porque no había dónde sentarlos juntos, apelmazaditos como tribu. Qué hermosa metáfora: el rechazo de la democracia española, que no tiene dónde sentar a sus odiadores. Hasta en estos detalles se discierne a los listos.

Han venido para quedarse

A las 8.30, temprano, por tanto, los diputados del PNV se dispusieron a ocupar, por costumbre, los mismos escaños que fueron de su propiedad durante la legislatura pasada. Están en un buen lugar, centrados, en primera línea justo detrás de la bancada azul de los ministros, garantizan un buen tiro de cámara para salir en los informativos. Se los encontraron ocupados. Mientras hacían su «tour» por las emisoras de radio, los líderes de Podemos habían dejado ahí sentados, como quien deja un abrigo o un cartel, a diputados suyos a los que no hubo forma de levantar. En verdad han venido para quedarse. El compañero Merino, con su escéptico pucho colgado de los dedos, dijo que era como cuando en Benidorm dejas la toalla en la playa y luego te vas a desayunar. En esos escaños de cercanía collejera con el poder se sentaron después Iglesias, Errejón y Bescansa, que montó el «show» del bebé que quedará como anécdota principal de la jornada constituyente. Hubo un momento en que Bescansa corrió los juguetes del niño, que quedaron situados justo delante de Errejón. Nada chocaba en la imagen.

Durante el día de la Constitución, este cronista ya observó que el bebé de Bescansa es instrumental y de atrezo. Se hizo fotografiar con él y luego lo entregó a una niñera. En el Parlamento, hay un servicio de guardería al que recurren diputados y empleados en general sin convertir a sus propios hijos en un acontecimiento ideológico. Pero la demagogia de Podemos vive de apropiarse de todas las cosas positivas, de pretender incluso que todo lo bueno, y lo digno, y lo pueblo, empieza con ellos como un candil que se enciende en una oscuridad de siglos. Incluso el hecho de que el Parlamento represente por fin a «gente», como si hasta ahora hubiera representado a hámsters. Por ello, Bescansa no podía perder en la guardería la oportunidad de hacer teatro y de acaparar protagonismo como la primera diputada/madre de la historia, matrona alegórica de la nueva democracia incipiente, como aquellas tricoteuses que se llevaban el bebé al pie de la guillotina para pretenderse, en el trance higiénico de la muerte, el vientre fértil de lo nuevo. Embriones revolucionarios, niños gramscianos de cuando lo viejo por fin feneció.

Todo lo ideologiza

Por supuesto, Pablo Iglesias alzó el niño como un Cristo que también permite que se acerquen a él. Lo sostuvo el tiempo necesario para que le hicieran una fotografía, pero no tanto como para correr el riesgo de que le vomitara en la camisa. Podemos lo ideologiza todo. Lo instrumentaliza todo sin pudor. Hasta los bebés. Hasta el lenguaje de sordomudos. El castigo a tan grosera manipulación fue tener que permanecer cinco horas con un bebé en brazos: sé por experiencia que es durísimo y, por supuesto, incompatible con cualquier trabajo. Pero el bebé lo soportó bien. De haberse cruzado apuestas, yo habría apostado a que Errejón rompería a llorar antes.

La sesión debía presidirla el diputado de más edad. Éste iba a ser Margallo. Pero se descubrió que Teresa de Lara, como las folclóricas coquetas, se quitó años en el curriculum parlamentario. A ella, tan parecida, por cierto, a Ron Wood, correspondió presidir, con gran alivio de Margallo, que dijo no saber que en el Parlamento había alguien más viejo «y vivo». Durante las largas votaciones, los diputados de Podemos escapaban al recreo, donde tal vez se enviaran los unos a los otros notitas de amor. Los ujieres ya baqueteados los miraban como si quisieran reprenderlos por no conocer las liturgias parlamentarias: «¿Éstos qué? ¿A fumar? ¿No pueden aguantarse?». La bancada popular, hegemónica no hace mucho, luce ahora algo desvaída y disuelta entre un excéntrico paisanaje que ha sido recibido con alborozo por los compañeros gráficos, hartos de fotografiar trajes grises que parecen siempre el mismo traje gris.

Eliminar la mitad de España

La elección como presidente de Patxi López enfureció a Iglesias. El profeta sanador se arroga la única condición posible de pureza y cambio, aparte de la cual sólo hay búnker y regresión. Problemas de autoestima no tenemos. Iglesias ha empezado a abroncar a Schz por no obedecerlo y acudir mansamente a consagrar la coalición de «las izquierdas». Lo mismo con Rivera, a quien afea sus pretensiones conciliatorias y transversales de nueva Transición. Para Iglesias, la Derecha, con sus colmillos, ha de ser excluida en la refundación nacional para lograr por añadidura eliminar esa mitad de España que ya le sobraba en los años treinta al Frente Popular. Para justificar este descarte como de apestados de media sociedad, Iglesias moteja al PP de «partido de la corrupción». ¿Se acuerdan de cuando PP y PSOE eran ambos casta corrupta? Pues ya no. El PSOE ha sido exonerado y homologado como socio aceptable en el frente común del odio al PP. No descarto que algún día, como Pasionaria a Calvo Sotelo, alguien se levante y diga: «Usted ha hablado aquí por última vez». Espero que, cuando ocurra, no lo oiga el bebé, porque no será edificante.

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