Imagen de archivo de Adolfo Suárez jurando su cargo ante el Rey Don Juan Carlos
Imagen de archivo de Adolfo Suárez jurando su cargo ante el Rey Don Juan Carlos - EFE

«Lo que el Rey me ha pedido»

Hoy se cumplen cuatro décadas del nombramiento de Adolfo Suárez, una maniobra que el Rey encargó a Fernández-Miranda para formar el triángulo que sacó adelante la Reforma Política

MadridActualizado:

Primero de julio de 1976. Amenaza tormenta sobre Madrid. En el Palacio Real, Don Juan Carlos va a tomar una de las decisiones más difíciles de sus siete meses de mandato: pedir a Carlos Arias Navarro su dimisión como presidente del Gobierno. El Rey lleva varios días muy preocupado y durmiendo mal, pero sabe que necesita tener a dos personas de su máxima confianza en los dospuestos clave: la Presidencia del Gobierno y la de las Cortes. Sobre ese triángulo pivotará la Transición.

La primera de esas dos personas es Torcuato Fernández-Miranda, cuyo nombramiento como presidente de las Cortes fue la primera decisión política de Don Juan Carlos, apenas diez días después de su proclamación: el 3 de diciembre de 1975. Previamente, le había preguntado a su antiguo profesor si quería presidir el Gobierno, pero este lo rechazó: «Señor, le seré más útil en la Presidencia de las Cortes». No obstante, su designación para ese puesto no fue en absoluto fácil. Para lograrlo, el Rey tuvo que pedir ayuda al mismo Arias Navarro, que no dudó en colaborar, probablemente porque sabía que situar a Fernández-Miranda en las Cortes le dejaba el camino expedito para continuar al mando del Gobierno. Pero transcurridos siete meses del primer Gobierno de la Monarquía, en ese primero de julio, no hay manera de que Arias Navarro entienda que su permanencia es un obstáculo para cualquier plan aperturista. Ni le presentó la dimisión por cortesía cuando murió Franco ni escuchaba los diferentes mensajes enviados por el Rey. El más sonado, un reportaje publicado por la revista norteamericana «Newsweek» el 26 de abril, en el que Don Juan Carlos dijo que Arias era un «desastre sin paliativos». Pero el presidente del Gobierno actuaba como quien oye llover, ganando la partida a un Rey angustiado ante el bloqueo de la situación.

Sin embargo, esa angustia tenía fecha y hora de caducidad. El Monarca y su presidente de las Cortes lo habían diseñado puntualmente siete meses atrás.

El Consejo del Reino

El nombramiento de Fernández-Miranda en las Cortes conllevaba una segunda responsabilidad, trascendental para sustituir a Arias: la presidencia del Consejo del Reino. Esa institución era el auténtico «atado y bien atado» de Franco. Si el sucesor a título de Rey quería nombrar un nuevo presidente y hacerlo respetando la legalidad vigente, debería elegirlo sobre una terna presentada por el Consejo del Reino. ¿Cómo conseguir que sus quince miembros, todos ellos designados personalmente por Franco, incluyeran en la terna a un candidato abiertamente aperturista?

Durante los últimos años del franquismo el Consejo del Reino se reunía solo para ocasiones muy especiales. Por ejemplo, para entregar una terna de candidatos al jefe del Estado tras el atentado de Carrero Blanco, el 20 de diciembre de 1973. Con Franco vivo, todo era un teatro, pero con Don Juan Carlos no tenía por qué ser lo mismo. Sortear la voluntad del Consejo del Reino no iba a ser fácil.

La excepcionalidad de estas reuniones era tal que a cada cita acudía masivamente la prensa. Ese era el primer obstáculo que quiso esquivar el nuevo presidente. En la primera reunión con los consejeros, que fue presidida por el Rey, impusieron un plan de reuniones quincenales: serían los jueves alternos, a las cinco de la tarde. Esos encuentros forzados abordaban temas tan poco atractivos que los periodistas fueron desapareciendo.

A la una de la tarde

Así, según el plan para nombrar al nuevo presidente del Gobierno, el Rey debería pedir la dimisión a Arias un jueves, poco antes de las cinco de la tarde. El día de iniciar el proceso para relevar a Arias es, pues, el primero de julio, dado que a las cinco de esa tarde estaba convocado de oficio el Consejo del Reino. A eso de la una, el Rey recibe a Arias en el Palacio Real:

Cuando empieza a plantear a Arias la nueva situación, es gratamente sorprendido:

—No quiero ser un obstáculo —dice el presidente asumiendo su relevo con naturalidad y para alivio del Rey.

El proceso para nombrar a Adolfo Suárez tiene al fin vía libre. En tres horas está convocado el Consejo del Reino, aunque ni la prensa ni los consejeros tienen la menor idea de la trascendencia de esta reunión. Con esta estrategia de despistar a la prensa y no avisar a nadie, el Rey logra un valor muy importante en política: la iniciativa. Durante los últimos siete meses, el Rey y su viejo profesor han trabajado muy discretamente con dos objetivos: diseñar, primero, un retrato robot del presidente del Gobierno, y decidir, después, quién es el candidato idóneo. Una persona se adecuaba casi a la perfección: Adolfo Suárez. Unas semanas antes los matrimonios Fernández-Miranda y Suárez cenan juntos:

—Arias es insostenible —argumenta Suárez—. Hay que pensar en el sustituto y el único posible eres tú.

—Yo no puedo ser presidente del Gobierno—, responde Fernández-Miranda.

—No hay otro—, insiste Suárez.

—¿Por qué no tú?—, contraataca Torcuato.

Cinco de la tarde del primero de julio. Palacio de las Cortes. Fernández-Miranda da comienzo a la reunión del Consejo del Reino informando a los consejeros de la dimisión de Arias. Su objetivo es lograr que el nombre de Adolfo Suárez sea uno de los tres finalistas, y hacerlo sin desvelar que ese es el deseo del Rey. Las deliberaciones se desarrollarán en dos sesiones, el 2 y 3 de Julio de 1976. Solo dos personas saben quién es el elegido

Serie de votaciones

Como catedrático de Derecho Político, Fernández-Miranda sabe que el resultado de una votación depende del sistema que se utilice. Así, para llevar a Suárez a la terna decide comenzar dando la posibilidad a los consejeros de nombrar sus candidatos. Esa es la forma de introducir a su candidato sin levantar sospechas, pues la primera lista es de 32 nombres. El siguiente paso es nombrar uno a uno en alto, de modo que si algún candidato no es defendido por nadie queda descartado. Así son eliminados los dos favoritos de la prensa: Manuel Fraga y José María de Areilza. Es la prueba de que el Consejo del Reino no está dispuesto a ser permisivo con los aperturistas. Pero Fernández-Miranda ha movido sus hilos y Suárez es defendido por uno de los consejeros: además de ser un hombre del Régimen —ni más ni menos que ministro del Movimiento— , es joven y carismático. Todavía resuena su discurso un mes atrás en las Cortes, cuando sin citar a Machado parafraseó «no está el mañana en el ayer escrito».

Las votaciones se siguen sucediendo hasta un momento en el que Fernández-Miranda intuye que Suárez va a caer. Solo quedan seis nombres. Es el momento de hacer un receso y resplantear la estrategia. A la vuelta, y con la excusa de que todos los sectores del régimen estén representados, Torcuato propone agruparlos en tres grupos: falangistas, tecnócratas y democristianos. Los consejeros aceptan y se ven abocados a incluir a Suárez. Lo hacen sin sospechar nada y convencidos de que el Rey no se decantará por él. Federico Silva y Gregorio López Bravo han tenido muchos más votos.

«Ya era hora»

Al abandonar las Cortes, los periodistas preguntan por el futuro presidente. Fernández-Miranda se detiene y dice una de sus frases enigmáticas:

—Estoy en condiciones de ofrecer al Rey lo que me ha pedido.

Unas horas después, el Rey recibe a Adolfo Suárez en el Palacio de la Zarzuela. Cuando el futuro presidente entra en la sala, Fernández-Miranda la abandona sin decirle nada.

—Adolfo, quiero que me hagas un favor...—, comienza el Rey.

—Señor…

—Quiero que seas presidente.

—¡Ya era hora!

Es 3 de julio de 1976.