Manuel Marín - Análisis

Messi no irá al Dépor

Discurren las semanas y las clases siguen su curso en los colegios, las jornadas laborales de los independentistas más exaltados se cumplen, la calle se adapta al nuevo estatus de una intervención drástica

Manuel Marín
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Situémonos en el más optimista de los escenarios para variar. La progresiva aplicación del artículo 155 se aplica con incierta normalidad en Cataluña después de haber fracasado las múltiples intentonas de diálogo, negociación y rectificación. Discurren las semanas y las clases siguen su curso en los colegios, las jornadas laborales de los independentistas más exaltados se cumplen sin más protestas ni huelgas encubiertas, la calle se adapta al nuevo estatus de una intervención drástica, los atascos de tráfico siguen su rutina, y el Barça sigue sin traspasar a Messi al Deportivo de La Coruña. Alforjas de optimismo, que no falten. Carles Puigdemont ha quedado fuera de juego y ya nadie está pendiente cada cuarto de hora de lo que pueda hacer o pensar porque Cataluña ha entrado en otra fase, en la que las luces de Navidad y el brillo de los villancicos iluminan de candor resignado al secesionismo. La efervescencia se diluye, la inflamación disminuye y la infección remite. Al fin se convocan elecciones autonómicas, que no plebiscitarias ni constituyentes. Y una cierta calma emocional invade de expectativas un nuevo ciclo en la política catalana alejada de la agresión sistemática a la legalidad.

La duda que emerge es si en esas elecciones volverá a producirse una mayoría independentista en el Parlament. Especulaciones hay tantas como esteladas. Una, gana Junqueras de calle –no ha quedado inhabilitado en este proceso como candidato a presidente de la Generalitat- y es apoyado por las CUP y por la marca catalana de Podemos para ser investido. Dos, resurge un voto constitucionalista tradicionalmente aburrido de sí mismo y desmotivado que rompe su eterno silencio y permite a Ciudadanos disponer de una sorprendente mayoría que podría verse reafirmada por el PSC y el PP. Tres, el PdeCat no se hunde tanto como hoy se prevé, porque tras mucho esfuerzo ha impuesto la «solución Ibarretxe» que con tanto éxito gestionó el PNV después de que el lendakari quisiera convertir al País Vasco en un estado libre asociado a España.

Es imposible predecir cualquier resultado, pero la legalidad habría sido repuesta y Puigdemont sería un prejubilado de lujo rumiando su traición a la historia. Sin embargo, no es ingenuo sostener que la mayoría independentista podría crecer tras el radical escoramiento de Podemos como aglutinante del separatismo. Por tanto, se regresaría a la casilla de partida y se arrancaría de cero hacia un nuevo proceso en bucle demoledor. La solución más factible sigue en manos del PdeCat. De esa facción del PdeCat que aún se oculta en su propia insolvencia, incapaz de revolverse contra el mesías adoctrinador de un suicidio colectivo. No habrá solución para Cataluña si el bloque secesionista no se rompe en pedazos. Cuanto antes, mejor.

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