Juicio a los ocho acusados de agredir a dos Guardias Civiles y sus parejas en Alsasua en 2016 - EP

Llueve sobre mojado

La madre del teniente agredido en Alsasua relata a ABC el miedo a que llegase el ataque, y el empeño de su hijo por «abrir las puertas» de la Guardia Civil

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Desde el primer día que visité a mi hijo, noté la tensión que se puede cortar en el aire de Alsasua, un pueblo dividido en dos. Se masca desde el principio. Después de pasar allí las fiestas de la Virgen del Pilar, la patrona de la Guardia Civil, me esperaba que sucediese algo. Aquel día se celebró una misa fuera del cuartel, y aparecieron pintadas con letras amarillas y radicales para boicotearlo. Cuando se realizaron unas jornadas de puertas abiertas en el cuartel, o en las charlas en los colegios, también.

Aunque ETA dejara de matar, hay organizaciones que mantienen las campañas de odio contra los que no piensan como ellos, contra la Guardia Civil especialmente, su «enemigo acérrimo». Acudes a un bar a tomar algo, y te lanzan un vaso al lado, que se rompe. Callas por no entrar en provocaciones. Llueve sobre mojado.

A mi hijo le conocían y se enseñaron con los cuatro, pero con él especialmente. Le rompieron el tobillo, sangraba por la boca, estaba aturdido y seguían dándole patadas en la cabeza. Las chicas plantaron cara, se echaron encima para que la agresión no continuara. Fue inhumano. Y las palabras que acompañaban los golpes fueron terribles. «Esto os pasa por guardias civiles, merecéis morir», fue uno de los comentarios.

Nuestro hijo, que llevaba un año en Alsasua, nunca nos dijo nada para no preocuparnos. Pero cuando llegas allí, ves que el cuartel de la Guardia Civil es una fortaleza, con un muro y concertinas, con cristales blindados. Le pedí que no se mostrase tanto en el pueblo, pero él insistía en que tenían que conocer la buena labor de la Guardia Civil. Que ellos ayudan a la gente, que conozcan su misión. Una vez sacaron de la nieve a un autobús lleno de antiguos presos etarras, nadie preguntó quiénes eran.

Nuestro hijo estaba decidido a abrir las puertas del cuartel, quería que el pueblo les conociese. Que sepan que no estamos solo para poner multas, mamá. Estaba decidido a ello.

Ahora, ya en su nuevo destino tras una larga y dura recuperación, siente sus convicciones más fuertes que nunca. Su vocación se le nota en la cara. Queremos tener una vida normal, la de siempre. y que los jueces no se sientan presionados por el ambiente. Queremos justicia, y no sentimos odio por lo que sucedió. Eso nos igualaría a ellos. Siento lástima. Y respetaremos cualquier decisión judicial.

Como me dijo mi madre, de aquellos lodos, estos polvos. Llueve sobre mojado en Alsasua, viene de largo.