Detención de la cúpula de ETA en Bidart en 1992
Detención de la cúpula de ETA en Bidart en 1992 - Telepress

ETA: El largo camino a la derrota

«Este sábado en Bayona, el corazón de su antiguo santuario, ETA, derrotada, firmó su rendición»

MadridActualizado:

Un total de 857 muertos; miles de heridos; familias destrozadas; más de 200.000 desplazados; cuantiosas pérdidas económicas; una sociedad que padecerá secuelas durante varias generaciones… Este es el panorama que ha dibujado ETA en medio siglo de terror. Y no ha conseguido ninguno de sus objetivos. El País Vasco y Navarra forman parte de España, las Fuerzas de Seguridad del Estado y el Ejército permanecen en esas comunidades y Bildu, que gobernó la Diputación Foral de Guipúzcoa y el Ayuntamiento de San Sebastián tras entrar en el juego democrático, es ahora oposición por mandato de las urnas. ETA escenificó ayer su desarme, sin contrapartidas, porque quiere evitar que el exiguo arsenal que conserva se lo confisquen «por las malas».

La pretensión de ETA era que un Ejército extranjero, «neutral», verificara con amplia trompetería mediática la entrega de las armas. Tan dada a mirarse en el espejo de otros «conflictos», hubiera querido contar con alguien como el general canadiense John de Chastelain, encargado de supervisar el desarme del IRA. Pero ha dejado pasar tantas oportunidades que al final recurre a unos «artesanos de la paz», sin llevarse «nada a cambio de nada». Hoy se acredita no solo la rendición de ETA, sino también la derrota de ese nacionalismo que durante décadas ha chantajeado con la milonga de que para acabar con el terrorismo «político» había que abordar sus raíces: el derecho a la autodeterminación del pueblo vasco. «Nunca se acabará con ETA por la vía policial». Ese era el mensaje repetido por la «izquierda abertzale» y también del PNV. Aducían que, pese a los golpes, la banda conseguía reorganizarse, porque siempre había «un puñado de jóvenes dispuestos a tomar el relevo». Maliciosamente silenciaban que cada vez que se abría un proceso de negociación, lejos de avanzar hacia la pacificación, la organización criminal utilizaba la tregua táctica para rearmarse. Incluso gobiernos democráticos, como los de Suárez, González, Aznar y Zapatero dudaron de que la vía policial fuera suficiente para derrotar a la banda. Así que durante tres décadas las negociaciones, conversaciones, diálogos o «tomas de temperatura» fueron una constante y ralentizaron el final del terrorismo.

La lucha policial contra ETA, sin embargo, ha tenido que recorrer un largo y tortuoso camino. Euskadi ta Askatasuna se vio favorecida en sus orígenes porque encontró terreno abonado en un régimen que agonizaba y en el «santuario» que le brindaron las autoridades francesas. La pretensión de la banda a principios de los años 60 era declarar una «guerra de guerrillas» al Estado español con el objeto de lograr la «liberación de Euskadi». Para ello consideraba necesario que el pueblo vasco se alzara en armas. Así lo recogen diversos documentos de la época, como «La insurrección en Euskadi», que señalaba que «la independencia no se negocia, se impone»; «el apoyo de la población (de una parte al menos de ésta), al principio moral y luego material, debe ser el agua en la que el pez pueda desarrollarse, moverse y nadar a su gusto»; «para empezar, este sostén moral debe consistir en no oponerse, en no ser hostil a nosotros. Luego hará falta que simpaticen; primero unos pocos y luego que esto se generalice. A continuación será necesario que nos admiren (...). Finalmente, que nos apoyen activamente (una mayoría) y que nos respeten y teman el resto (...)».

La organización, pese a tener capacidad para reclutar jóvenes, fracasó en su intento de lograr la sublevación popular. Entonces recurrió a la vieja regla «acción-represión-acción»: lanzar una fuerte ofensiva para que el Estado respondiera con una represión indiscriminada que despertara adhesiones entre la población. Se vio frustrada también en este intento. Consciente de la imposibilidad de una victoria militar, buscó el empate técnico que abriera las puertas a la negociación. En una primera fase, acudiendo a la mesa con una posición de fuerza en base a la «acumulación de fuerzas». Es decir, amontonar cadáveres en vísperas de un proceso de diálogo para hacer más vulnerable al Ejecutivo. Y mejor si había «ataúdes blancos». Una estrategia diseñada por «Josu Ternera», aún en libertad. En junio de 1987 ETA provocó la matanza de Hipercor, con 21 muertos, y en diciembre asesinó a once personas en la casa cuartel de Zaragoza. Por aquellas fechas representantes del Gobierno de Felipe González mantenían «trabajos de cocina» con etarras para preparar las conversaciones que se llevaron a cabo en Argel a partir de enero de 1989. Pese a las masacres, el proceso siguió su curso, hasta su ruptura, en marzo. Poco después la banda diseñó una campaña para torpedear las Olimpiadas de Barcelona y la Expo de Sevilla de 1992. La operación Bidart, en marzo de ese año, frustró el plan. Por primera vez se descabezaba a la organización, pero el Gobierno, lejos de darle la puntilla, mantuvo abierta la vía del diálogo con «Antxón».

ETA no recibía el tiro de gracia pero había asumido que sus atentados no doblegaban al Estado. Así que en 1994 diseñó la ponencia «Oldartzen», que promovía la «socialización del sufrimiento», ampliar el abanico de sus potenciales víctimas. Tras la llegada de Aznar, ETA declaró en septiembre de 1998 una tregua, al amparo del pacto de Estella que había firmado con el PNV. El Ejecutivo del PP accedió a reunirse el 19 de mayo de 1999 con la banda en Zurich, sin acuerdo. Tras la ruptura, la banda emprendió una brutal ofensiva.

Desarme y disolución

 Después del 11-M , ETA suspendió por unos meses sus atentados, ya que quería desmarcarse de la conmoción mundial que había provocado la salvajada yihadista. Las reuniones en Ginebra y Oslo entre Jesús Eguiguren y «Josu Ternera», en 2005 llevaron al «alto el fuego permanente» de marzo de 2006, dinamitado con el atentado de Barajas el 30 de diciembre de ese año.

Las Fuerzas de Seguridad desencadenaron una ofensiva contra ETA, que en el plazo de dos años perdió a todos sus cabecillas. Quedaba despejado el camino para que Batasuna impusiera en el debate interno la ponencia «Zutik», a favor de la vía política, frente a «mugarre», defensora de la «lucha armada». El siguiente paso fue el regreso a las instituciones, a través de Bildu, y a la política, con la inscripción de Sortu, que tuvo que hacer renuncia expresa de la violencia. El 20 de octubre de 2011 ETA anunció el «cese definitivo de su actividad armada», sin entregar las armas. Intentó negociar con el Gobierno la situación de sus presos, pero éste se negó si no se desarmaba y se disolvía. Ayer dio el primer paso.