Salvador Sostres

Insultar a Serrat

Demasiada dejadez intelectual, demasiadas almas sin tensar nos han hecho olvidar que cualquier español de 2017 tiene mucho más que perder de lo que una revolución podría aportarle

Salvador Sostres
BarcelonaActualizado:

Hubo un tiempo en que con Serrat nos veíamos mucho más y nos llevábamos bastante mejor y añoro aquellos años aunque entiendo que incluso para mí es limitado el número de equilibrios que un hombre puede hacer. Ayer le escuché decir que no ve claro el referendo y la turba empezó a insultarle. Yo he insultado a mucha gente y volvería a hacerlo. Pero insultar a Serrat está en las afueras de cualquier idea de civilización. Insultar a Serrat es brutalidad y atraso, precipicio moral, higiene íntima descuidada.

Podemos discrepar de su socialismo casposo y hacer burla de sus canciones -hasta de las buenas-, colocar en la estantería sus discos por orden de preferencia y algunos ni colocarlos. Pero insultar a quien ha escrito «entre tú y yo la soledad y un manojillo de escarcha» es barbarie que tendría que ser reprimida y erradicada, y no para restaurar su honor, sino el nuestro.

También en los más inciertos momentos tendríamos que poder comportarnos apreciando el progreso, el esfuerzo de instrucción y luz que muchos han hecho para que hayamos podido llegar hasta aquí. Sin respeto por la belleza y por los genios somos no más que cabras.

Sin humor no hay inteligencia y puedes insistir si quieres en la parodia del indignado pero vivimos vidas de privilegio en la parte afortunada del planeta y cualquier protesta debería tener en cuenta este contexto. Demasiada dejadez intelectual, demasiadas almas sin tensar nos han hecho olvidar que cualquier español de 2017 tiene mucho más que perder de lo que una revolución podría aportarle.

Un exceso de afectación quejica nos está volviendo ridículos: Itziar Reyero contó en su crónica del viernes que los amontonados a las puertas del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, de tanto abuchear a los que no eran de los suyos, acabaron gritando contra el camión de un productor de jamones. Son días turbios, son días tensos, pero hay que preservar las condiciones de La Civilización aunque sólo sea porque cuando el drama termine tendremos que continuar viviendo aquí. Cuantas menos cosas hayamos roto, más agradable será para todos.

La ignorancia -Pablo Muñoz lo dice- es no saber qué te hace feliz y el jamón y Serrat son indiscutibles celebraciones de la vida, del placer, dos destinos con que Dios nos ofrendó para que cuando más perdidos nos sintiéramos supiéramos hacia dónde correr.

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