La «Hermes» de Fernández-Miranda: «Aquí tienes esto, que no tiene padre»

«Antes de sentarse, Suárez se saca de la chistera varios folios escritos a máquina. El presidente lo comparte con sus ministros, sin más explicaciones. El contenido, empezando por su preámbulo, es clarividente»

MadridActualizado:

Martes 24 de agosto de 1976. Adolfo Suárez entra en la sala del Consejo de Ministros. Los miembros del Gobierno le siguen con la mirada ansiando una respuesta. La reunión está convocada para desatascar la cuestión que les trae de cabeza desde que fueron nombrados, seis semanas atrás.

Todos saben que el papel de este Gobierno es llevar a España de la dictadura a la democracia: el Rey Juan Carlos ha marcado claramente el destino y ese selecto grupo de personas debe hallar la respuesta. Pero, ¿cómo conseguirlo? La cuestión no es baladí. ¿Qué medida debe priorizar la acción del Gobierno?, ¿la elaboración de una Constitución o la celebración de un referéndum? ¿O tal vez debería convocar de inmediato unas elecciones? Informes y contrainformes apuntan en una y otra dirección ¿Qué hacer?

Antes de sentarse, Suárez se saca de la chistera varios folios escritos a máquina. El presidente lo comparte con sus ministros, sin más explicaciones. El contenido, empezando por su preámbulo, es clarividente:

–La Democracia no puede ser improvisada; ha de ser el resultado y el trabajo de todo el pueblo español. Nuestra dura historia contemporánea, desde las Cortes de Cádiz, demuestra que las creaciones abstractas, las ilusiones, por nobles que sean, las actitudes extremosas, los pronunciamientos o imposiciones, los partidismos elevados a dogma, no sólo no conducen a la Democracia, sino que la destruyen.

Los ministros escuchan aliviados. El presidente Suárez está mostrando el camino. Algunos de ellos detectan de inmediato quién es el autor de ese texto sintético, muy claro, muy preciso, con frases cortas –a veces lapidarias– y con esa concepción jurídico-política tan particular. Suárez no revela el autor, entre otras cosas porque así se lo indicó él la víspera:

–Aquí tienes esto, que no tiene padre.

Jueves 19, cinco días antes. Suárez llama preocupado a Torcuato Fernández-Miranda. ¿Cómo proceder? El presidente de las Cortes interrumpe sus vacaciones en Gijón para viajar a Madrid. Ese no es su papel, como presidente del Legislativo debe limitarse a esperar a que el nuevo Gobierno presente en las Cortes su proyecto de reforma política. Su labor consiste, repartidas las funciones de los poderes del Estado bajo la tutela del Rey, en conseguir que las Cortes de Franco –aún lo siguen siendo– voten que sí a la democracia. Ni más, ni menos; y tampoco es baladí. Sin embargo, la llamada de Suárez le obliga a tomar las riendas y ocuparse de la redacción de ese anteproyecto.

Sábado 21, primera hora de la mañana. Fernández-Miranda y su mujer, Carmen, salen de Madrid camino de Navacerrada. Allí les aguarda la casa que en los últimos años ha sido su refugio. Pero esta vez las cosas son distintas: cuando 24 horas después emprendan el camino de vuelta a Madrid deben haber hallado el secreto mejor guardado de la Transición: la ley que permita a España pasar de una dictadura a una democracia, la llave jurídica que desatasque la situación, el documento que dará paso a la libertad.

Fernández-Miranda lo tiene claro. Como catedrático de Derecho Político conoce a la perfección las leyes franquistas y hace ya tiempo que detectó su punto débil: su propia reforma. Pero el reto es mayúsculo, pues ese mecanismo de reforma es demasiado exigente, todo estaba muy atado. A sus 60 años, y a la sombra de los siete tilos que cobijan su finca, Torcuato pasea y reflexiona. Todo encaja. Sólo hace falta pasarlo a limpio. Y ahí, como siempre, está Carmen, que frente a una moderna Olivetti transcribe cada palabra dictada por su marido. Es el primer borrador de la Ley de Reforma Política.

Lunes, 23. Fernández-Miranda acude a su despacho en las Cortes. Desde allí llama al secretario del Consejo del Reino, Juan Sierra, a quien le solicita varias copias del documento para entregar al presidente del Gobierno. Tras leerlo, Sierra exclama: –¡Esto es lo que va a abrir las puertas a la evolución y a la reforma, eso es lo que se necesita!

Fernández-Miranda asiente:

–Sí, pero ahora es necesario que lo aprueben las Cortes.

Acto seguido, el presidente de las Cortes se desplaza a la sede de la Presidencia del Gobierno, aún en Castellana, 3. Al entregar el documento a Suárez, Fernández-Miranda insiste en renunciar a todo protagonismo. Es el turno del Ejecutivo, y él debe pasar desapercibido. Así lo dictan las normas de la Democracia a la que se aspira a llegar. Además, es importante que Suárez se vea fortalecido ante la opinión pública para que el Gobierno pueda perfeccionar el proyecto.