Grietas en el constitucionalismo

Rajoy y Sánchez empiezan a vislumbrar la necesidad de una entente virtual como mecanismo de autodefensa y como herramienta de supervivencia frente a un Ciudadanos

Manuel Marín
MadridActualizado:

Las apariencias engañan. No son buenos tiempos para el constitucionalismo. La aparición de grietas en el bloque constitucionalista es la peor noticia posible cuando Joaquim Torra pretende reabrir «embajadas» catalanas en el extranjero, restituir a cargos públicos destituidos por el 155 o en prisión, fabricar un Parlament paralelo, imponer un Gobierno en rebeldía y convulsionar las calles de Cataluña. Por eso era imprescindible la cita ayer entre Mariano Rajoy y Pedro Sánchez, y por eso era necesario que tomaran una iniciativa discursiva que, dada la indolencia de uno y de otro, mediáticamente lleva meses ganando Ciudadanos. Albert Rivera afirma una cosa y su contraria, y a las dos les saca provecho para asombro de PP y PSOE, paralizados e incapaces de reaccionar ante la demagogia, las prisas electoralistas y la euforia demoscópica de Ciudadanos.

La voracidad de la política y la vertiginosidad de los tiempos dejan ya en el olvido que, dos días antes de aplicarse el 155, Inés Arrimadas se mostró radicalmente contraria a esa excepcionalidad, y que Ciudadanos nunca quiso poner en marcha el reloj de la legislatura en Cataluña aunque fuera con una investidura fallida. Hasta esa parálisis táctica supo rentabilizar Ciudadanos sin que nadie le dedicase un solo reproche a su inacción.

Rajoy y Sánchez empiezan a vislumbrar la necesidad de una entente virtual como mecanismo de autodefensa y como herramienta de supervivencia frente a un Ciudadanos para el que cada día amanece con sol radiante y más votos en su haber. No es baladí que días atrás Rajoy afease a Rivera su deslealtad, sus eufóricas prisas por ganar las elecciones y su manejo interesado de los tiempos, porque la lírica electoralista le pesa más que una solución factible para Cataluña. Esas grietas en el constitucionalismo existen.

Hoy Torra infunde miedo. En muy pocos días, se ha revelado rehén de un pasado xenófobo y racista, protagonista de un presente títere del separatismo, y monigote de un futuro alarmante. El odio a España es su consigna para embravecer a un separatismo que había asumido su decadente realidad. El insolvente tacticismo del bloque constitucional ha rearmado anímicamente al independentismo. Ahora caben dos alternativas. Una, que Torra sea el holograma de una estrategia de sobreactuación, o un exceso de demagogia deliberada para dar una honrosa despedida del independentismo a Puigdemont, de modo que durante un tiempo parezca que mueve los hilos desde Alemania, pero poco a poco sirva para que Torra se adapte a las necesidades reales de Cataluña y a la lógica política.

Y dos, que Torra sea una marioneta real, una extensión de la psicopatía del odio, y se proponga declarar la independencia de Cataluña en unos meses para ser encarcelado. Sin embargo, hay una evidencia: en cinco meses nadie ha desobedecido en Cataluña. Ni siquiera Roger Torrent. El 155 y el Código Penal surten efecto por más que en la batalla de las apariencias y en la épica de consumo interno del separatismo se haya creado una entelequia de rebeldía permanente que objetivamente es irreal. El tiempo dirá quién se equivoca: si la paciencia vigilante de Rajoy y Sánchez, o la impaciencia exigente de Rivera.

Manuel MarínManuel MarínAdjunto al DirectorManuel Marín