El folclore y la navaja

En el pretendido desafío al Estado, más allá del ruido, sólo hay multa, inhabilitación, cárcel o destierro.

Salvador Sostres
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El nuevo Govern tiene dos mitades, como el independentismo. La mitad que propone Esquerra, con consejeros habilitados para gobernar y asegurarse el decaimiento del artículo 155; y la mitad Puigdemont, buscando en la confrontación que su llama no se extinga. Esquerra quiere demostrar que puede gobernar Cataluña desde la centralidad y la eficacia, y que puede administrar su anhelo independentista desde un principio de realidad parecido al del PNV, que ha sido capaz de reconducir positivamente la frustración que supuso el plan Ibarretxe. Puigdemont sabe que la independencia no es posible, pero juega sus cartas para desestabilizar la política catalana. Los rebotados de la refundación del PDECat le ayudan porque quieren arrasar a Marta Pascal y recuperar su protagonismo. Pero quien sobre todo le apoya es una masa independentista que no quiere despertar de la ilusión de que su vida tiene por fin un sentido, el de «liberar» a Cataluña. Puigdemont no necesita ni engañarles: ellos mismos vienen engañados de sus vidas anodinas, aferrándose a cualquier añagaza que les permita continuar sintiéndose protagonistas de algo.

La parte de la navaja es la que explicaba ayer Itziar Reyero en estas mismas páginas: Torra, de acuerdo con su titiritero, estudia adelantar las elecciones autonómicas al mes de mayo del año que viene para hacerlas coincidir con las municipales. Junts per Catalunya cree que si polariza el debate de las elecciones locales en torno a la construcción de su ficticia república desbordará a ERC y a la vieja Convergència y se quedará con el grueso del pastel independentista.

La parte del folclore es la de insistir en el supuesto desafío al Estado con el nombramiento de consejeros fugados o encarcelados. Es cierto que este ruido trae el ruido de las histéricas del otro lado, pero lo verdaderamente sustancial es que el independentismo ha aprendido desde el pasado mes de octubre el fin de trayecto que tienen la rebelión y el delito. Al Gobierno no le tembló la mano a la hora de aplicar el artículo 155, y la semana pasada pactó con el Partido Socialista volver a aplicarlo si el Govern volvía a la ilegalidad. Del mismo modo desacomplejado y quirúrgico ha actuado la Justicia, y son duda volverá a hacerlo si tiene motivos para ello.

Provocaciones como las de Torra, entre otras tantas, absolutamente estériles en el objetivo secesionista y el perjudicado no es el Gobierno ni el Estado, sino los catalanes, que continuaremos sin tener una administración eficaz que nos ayude a mejorar nuestras vidas. Además, los nombramientos de consejeros no devienen oficiales hasta que no se publican en el Diario Oficial de la Generalitat, y Rafael Catalá sigue siendo el conseller Justicia, de modo que no publicará lo que no considere procedente. Si algún subordinado los publicara ilegalmente, tal publicación sería impugnada. Por lo tanto, hasta que Puigdemont y Torra no abandonen sus trucos de trilero, de carteristas de metro, Cataluña seguirá gobernada por el artículo 155.

Si Europa ha dicho siempre que el independentismo es un problema interno español, el presidente Rajoy lo ha acabado convirtiendo en un problema interno catalán y el expresidente Puigdemont en una perdida guerra personal con la que trata de alargar su agonía y de exprimir los réditos del sueño que no quiere morir del independentismo más emocional, que aunque no es el único, es el mayoritario.

El desafío de Puigdemont/Torra es folclórico en su dialéctica con España y navajero en su disputa fratricida. La vieja guerra entre Esquerra y Convergència sigue teniendo más peso que la que se supone que libra el independentismo en su conjunto para separar a Cataluña de España: y así como entre independentistas hay cambios de hegemonía constantes, y estrategias más o menos logradas con que unos a otros de fortalecen o se debilitan; en el pretendido desafío al Estado, más allá del ruido, sólo hay multa, inhabilitación, cárcel o destierro.

Y para todo lo demás, el artículo 155.

Salvador SostresSalvador SostresArticulista de OpiniónSalvador Sostres