ANÁLISIS

Fiat iustitia ut pereat mundus (Que se haga justicia aunque perezca el mundo)

"La corrupción es tanta, está tan extendida, es tan hedionda y profunda que su misma existencia puede acabar equiparándose a la democracia»

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Pues sí. Que se haga justicia aunque perezca el mundo. La evolución de la política española a lo largo de sus cuatro decenios de existencia muestra una gigantesca mancha indeleble: la corrupción. Y es tanta, está tan extendida, es tan hedionda y profunda que su misma existencia puede acabar equiparándose a la democracia. Y en consecuencia producir un gigantesco síndrome de rechazo al sistema. Esa y no otra es la principal causa del nacimiento y desarrollo de los populismos amoratados, pescadores confusos a río revuelto que al menos tienen razón en una cosa: no hay ser humano razonablemente constituido que soporte la obscena carrera hacia la codicia en la que se ha convertido una buena parte de la vida pública española.

La democracia es por su historia y por su inspiración filosófica un ámbito incomprensible si no está acompañado de virtudes cívicas y consiguientemente de una voluntad ejemplificadora. La ya kilométrica lista de los chorizos depredadores que en la piel de toro han convertido el patrimonio público en suculento rincón para el tesoro privado han conducido en el mejor de los casos al sarcasmo de la amargura. En el peor, al desistimiento, la irritación incontenible o la terminal ansia de venganza. Así no podemos continuar, por más que presumamos de los índices de crecimiento, la creación de empleo o la estabilidad social. La corrupción sitúa todos esos avances en el terreno de lo cogido por alfileres y coloca la tan cacareada «marca España» en un cajón vacío agitado por bufones. Lo dicen los informes internacionales: una «corrupción sistémica» corroe el tejido de nuestra convivencia.

«Que nadie se engañe: en este envite nos jugamos definitivamente la grandeza de nuestra libertad»

Por eso es intolerable que en este momento de la verdad los voceros habituales se debatan entre la transparencia y el cinismo. Es decir, entre los que pretenden regenerar el sistema y los que creen que con cargo al habitual «ir tirando» el tiempo evitará mayores convulsiones. Que nadie se engañe: en este envite nos jugamos definitivamente la grandeza de nuestra libertad. La ciudadanía demanda que las instituciones y los que las representan hagan definitivamente frente a sus responsabilidades. Que resumen en una sola palabra: honradez. ¿O es que ya se ha perdido definitivamente la práctica de su declinación?

*Javiér Rupérez es Embajador de España