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Una esclava de oro permitió la identificación del inspector que abusaba de menores

Se grababa con los niños, se arrepentía y lo borraba; a los dos meses los recuperaba

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La identificación de las víctimas y de los agresores de la «operación Luna» es un ejemplo de trabajo policial pulcro y detallado, de dejarse los ojos y los días en busca de un rastro de los depredadores. El inspector F. J.L.B. quedó en libertad tras ser detenido por tenencia de pornografía infantil en Alicante, pero los agentes del Grupo I contra la explotación sexual de menores en Internet no se pararon ahí. Se dieron cuenta de que tal vez él mismo podía haber abusado de menores y no dejaron títere con cabeza.

En uno de los primeros vídeos que encontraron un adulto mantenía relaciones sexuales con alguien aparentemente menor. Se ve el cajón de un mueble y parte de ese mueble estaba en otras fotografías familiares. Era su casa de Paracuellos en la que vivía con su madre. En otro vídeo que había sido borrado por él y luego recuperado se ve a un niño; del adulto solo se aprecia una pulsera en su mano derecha. En un tercero se repite la pulsera. Los agentes la seleccionaron y ampliaron y a partir de ahí escudriñaron el disco duro y la memoria de su móvil. Bingo. El inspector aparecía en numerosas fotos familiares, de vacaciones, con amigos, etc. y en todas llevaba la famosa pulsera que no se quitó para cometer los abusos. Cuando le volvieron a detener en mayo, ya en Madrid donde había pedido el traslado (a una dependencia de la Brigada de Extranjería) confesó a los agentes que sí que era suya y que siempre la llevaba porque era un regalo de su madre. La mujer había muerto dos meses antes del arresto. El pintor y el cocinero que cayeron en la primera parte de la operación también vivían con sus madres.

A Turquía en busca de sexo

Del inspector se llegó al exjefe de Telefónica y de él al ingeniero de Caminos, que viajó de Arabia Saudí a Turquía solo para mantener relaciones sexuales. Tuvo la desfachatez de que tras quedar en libertad, se presentó en comisaría a denunciar que le habían robado su ordenador y sus teléfono, intervenidos por los investigadores. «Buscaría una coartada para su familia o para la empresa», señalan los agentes.

En el club de abusadores, sin ser una organización, cada uno aportaba algo: las imágenes, los pagos, los pisos, los niños... «Decían que los menores tendrían un buen recuerdo de ellos... Uno de los chicos nos contó como otro niño más pequeño no paraba de llorar y sangrar. Pero el tipo siguió». Ahora está en la cárcel.