Salvador Sostres - Todo irá bien

Despistar al guardia

El independentismo es Jordi Pujol hijo trapicheando en la cárcel con las llamadas telefónicas para tener minutos extra de conversación con la doctora de una clínica estética

Salvador Sostres
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El independentismo ya tiene lo que quería en su estrategia de cuanto peor mejor para en clave interna azuzar a las bases callejeras y de cara al mundo hacerle creer que España es una dictadura atroz y apelar la vía kosovar para librarse de tan tremendo yugo. Pero es una mezcla tan extravagante de mentira y folclore que a Superman se le ve a la legua el cable.

El independentismo es Jordi Pujol hijo trapicheando en la cárcel con las llamadas telefónicas para tener minutos extra de conversación con la doctora de una clínica estética. Le compraba las llamadas a su compañero de celda y cambiaba de planta para que los guardias no le descubrieran. Es este creerse más listo que los demás que Puigdemont practicó también con su no declaración de independencia y sus posteriores y ridículas cartas al presidente del Gobierno. Al modo de Pujol júnior intentó despistar al guardia y creyó que Europa le auxiliaría pero a pesar de los estragos de algunos periódicos extranjeros -tan relativistas y populistas como la mayoría de los nuestros- el Gobierno ha tensado bien sus alianzas y las cancillerías han estado a la altura. Ayer, Lluís Llach les llamaba literalmente «cerdos» en Twitter. Llach es también una poderosa metáfora del proceso en tanto que cuando hacía lo que sabía hacer, que era componer y cantar, brillaba en su oficio y tenía público de todas las formas de pensar; y en cambio ahora que se dedica a la política se le nota la impostura y la vulgaridad de quien tira de bravuconería cuando las cosas le vienen grandes.

Puigdemont está acorralado y no sólo por el Estado: se ha quedado sin las empresas, sin los bancos, sin los medios de comunicación privados, sin ningún reconocimiento internacional relevante y con una calle que va y viene y le hace creer que nunca estará solo pero que tarde o temprano volverá a su rutina y para el delito de rebeldía la pena es de 25 años de cárcel.

El independentismo está indignado, descentrado, asustado, agotado y necesitado de poder ocuparse de su quehacer diario. El presidente del Gobierno está disgustado por las medidas tan desagradables que le han obligado a tomar pero la maquinaria del Estado es inexorable y llega hasta donde tiene que llegar: y esto es algo que los independentistas no logran entender y precisamente por ello perderán.

A pesar de lo aparatoso del momento en Barcelona y en Cataluña se vive muy bien y más allá del griterío y de los ánimos encendidos, ningún catalán puede honestamente decir que formar parte de España implica estar oprimido, humillado, arrodillado o no tener garantizados sus derechos y sus libertades. Las empresas y los bancos ya se han dado cuenta -sí, tal vez un poco tarde- de lo mucho que tienen que perder y se han marchado. Los catalanes cada uno por su cuenta haremos también este cálculo y aunque seguiremos pensando lo que pensamos y continuaremos teniendo nuestros sentimientos, aprenderemos a distinguir, como siempre que la vida nos pone ante el reto de pagar cash el precio de nuestras decisiones, entre lo que nos conviene y lo que no podemos permitirnos. Es lo que siempre acabamos haciendo y por eso siempre hemos sido España.

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