Raciones individuales de combate de las Fuerzas Armadas - JAIME GARCÍA / Vídeo: Esta es la dieta de un «super» soldado español

Cocido, albóndigas o leche condensada: la dieta de un supersoldado español

«En condiciones normales, el aporte es de 3.000 calorías diarias. Si hay un trabajo físico intenso y bajas temperaturas, 3.500. Y en el caso de las operaciones especiales, por ejemplo tropas de montaña, 4.000 calorías», apunta Luis Arcarazo, médico militar en la Academia de Zaragoza

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Los soldados del Ejército de Tierra se enfrentan a exigentes jornadas que incluyen sesiones de entrenamiento, formación militar o guardias en la base en la que están destinados. Un esfuerzo que debe verse compensado en su alimentación, especialmente en los casos de aquellos militares que se encuentren destinados en misiones o de maniobras. Una tarea que, desde hace años, recae en empresas externalizadas que deben acogerse a una extensa lista de requisitos y hacerse cargo de todo el proceso. «Desde la contratación de su personal y su formación, a la adquisición de sus ingredientes o la elaboración de los menús, entre otras cosas», explica Blas Juan Vita, teniente coronel médico del Ejército de Tierra.

«Los menús los hacen estas empresas, que proponen al Ejército una lista mensual para su aprobación. Además de los requisitos nutricionales tienen que ajustarse a nuestra cultura o nuestras costumbres», señala Vita. En la comida de los soldados nada queda al azar. Ni siquiera la cantidad de kilocalorías ni nutrientes que debe incluir, que se recogen en los llamados Pliegos de prescripciones técnicas (PTT) y en el Manual técnico: Alimentación en el ET, que recoge todas las normas relativas a la alimentación del Ejército. «Para las bases y cuarteles, el PTT indica que se debe asegurar un mínimo de 2.900 kilocalorías diarias dispuestas de la siguiente forma: 12-15 % proteínas, 55-60 % hidratos y un 30-35 % grasas», especifica este militar.

«En condiciones normales, el aporte es de 3.000 calorías diarias. Si hay un trabajo físico intenso y bajas temperaturas, 3.500. Y en el caso de las operaciones especiales, por ejemplo tropas de montaña, 4.000 calorías», apunta Luis Arcarazo, médico militar en la Academia de Zaragoza.

Vita asegura que, pese a que el Ejército debe tener planificación para un uso permanente de la cocina, salvo en los casos de las guardias de 24 horas o las misiones, los soldados solo suelen hacer una comida en las bases.

Las raciones individuales de combate

La situación cambia cuando, desde el cobijo de un cuartel, el Ejército despliega a los soldados. En estos casos, la alimentación se enfrenta a un doble reto: el de dar de comer a personas cuya «actividad física es superior a la media de la población» pero, en muchas ocasiones, «en entornos adversos».

Para ello, las Fuerzas Armadas (los tres Ejércitos) cuentan con las raciones individuales de combate (RIC). Unas cajas verdes, de pequeño tamaño, que esconden tres paquetes para cubrir las comidas de un día. Su origen se remonta a las guerras napoleónicas, aunque con el paso del tiempo se han modernizado y estandarizado de forma que en ellas todo está regulado. Desde los ingredientes al color, pasando por el la tipografía de su envoltorio. En total, están sometidas a 77 leyes nacionales y de la OTAN. La comandante Olga Serrano es la encargada de redactar los pliegos de prescripción técnica en los que se recogen estas especificaciones. Ella es la jefe del Laboratorio de la Unidad de Estudios Proyectos y Laboratorio del PCAMI (el centro de abastecimiento del Ejército de Tierra), desde donde se elaboran los menús de estas raciones, así como su control de calidad y las investigaciones de nuevos productos, debido a que una de las preocupaciones de este laboratorio para adecuarse a las necesidades tácticas de los militares. Situado en Villaverde (Madrid) alberga una nave de almacenamiento de las RIC, con capacidad para 2.300 palets.

Su misión no es la de fabricarlas, de ello se encargan empresas externas que ganan un concurso abierto y firman un acuerdo marco (de 2+2 años). En la actualidad, y desde 2016, es una UTE española la encargada de hacer estas raciones (a las que se les exige que la materia prima sea nacional), aunque puede postularse cualquier compañía sin importar su origen, explica la comandante Serrano a ABC. El importe estipulado fue de 16.715.760 euros y, para 2017, se fabricaron hasta 180.000 raciones individuales de combate, además de otros tipos.

«Tenemos cinco tipos de menús, y dos para personal musulmán con el sello de garantía Halal de la Junta Islámica de España», explica la comandante. «Esta es una de las peticiones que nos hicieron desde Ceuta y Melilla porque, al no tener la certificación, no se comían las raciones», apunta. La comandante Serrano insiste en la importancia de que este tipo de alimentación se ajuste a lo que cualquier soldado come en su hogar. Para conocer el nivel de satisfacción utilizan encuestas y catas, y cuando un producto del menú no gusta, lo cambian. «Por ejemplo, los callos», recuerdan esta militar y la jefa del laboratorio de Bromatología. Otros, en cambio, se sustituyen si presentan algún tipo de complicación. «Con el pulpo nos pasó. Quizá era la calidad u otro factor...pero se deshacía, y se quitó», apuntan.

Pruebas en el laboratorio
Pruebas en el laboratorio- JAIME GARCÍA

Otra parte fundamental del trabajo de este equipo, compuesto por militares y civiles, son los controles de calidad de los alimentos, en los que someten a múltiples pruebas los envases de estas raciones. Algunas para medir su aguante a temperaturas extremas; otras, para ver cómo reaccionan al peso y si, por ejemplo, cuando se apilan unas sobre otras se abollan. Y, por último, un estudio microbiológico. En él, primero se incuban los alimentos durante 7 días a 55 grados; después, durante otros a 32 grados para así estudiar si existen alteraciones como un cambio en el PH de la comida, que esta se salga del envase o que se hayan desarrollado microorganismos en la lata.

Desde este laboratorio también se estipulan las fechas de caducidad de este tipo de raciones especiales. En el caso de las comidas, hasta 4 años. En los desayunos, 18 meses debido a la presencia de lácteos (la leche condensada) y azúcares que facilitan la aparición de organismos. «Estamos intentando encontrar una alternativa para estos productos para aumentar estos tiempos», reconocen a ABC. Sin embargo, inciden en que desde el Ejército «se estima a la baja» la fabricación de estos productos. «Se tiende a ajustar las peticiones a las necesidades reales existentes. Por ello, si existieran excedentes, se redistribuye a otras Unidades que puedan necesitar esas raciones», explica la comandante Serrano. Lo que en ningún caso se puede hacer es distribuir un paquete caducado o a punto de perecer. Tampoco se puede comercializar con ellos.

Una de las latas que incluyen estas RIC
Una de las latas que incluyen estas RIC - JAIME GARCÍA

Además de las raciones individuales, existen las raciones colectivas, que se usan para abastecer a 10 personas y tienen una caducidad de 36 meses. Estas cuentan con 10 menús diferentes, que incluyen ensalada de pasta, cocido madrileño o fabada asturiana, entre otros platos. Desde este laboratorio también se controlan las raciones individuales de emergencia, que solo pueden usarse en situaciones desesperadas o bajo orden. A estas se suma la ración de refuerzo, que aporta más calorías en escenarios especiales (como pueden ser los rescates de montaña). Por último, las Fuerzas Armadas cuentan con el llamado batido equilibrado de valor energético, al que se recurre en escenarios nucleares, ataque biológico, químico o radiológico. Este producto de sabor fresa o chocolate, cuenta la comandante Serrano, se mezcla con agua y se ingiere a través de una cánula que va a la máscara que portan los militares.