José María Carrascal - Análisis

Cataluña y España, un caro divorcio

Ante una hipotética separación, ninguna de las dos partes saldría ganando. La cuestión es quién perdería más

José María Carrascal
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Son muchos los que se preguntan quién perderá más en el hipotético caso de que Cataluña se separase de España. No quién ganará más porque nadie ganaría y si alguien lo piensa se deja llevar por sus deseos, o más bien instintos.

Los lazos entre Cataluña y el resto de España son tan antiguos como profundos, abarcando todos los aspectos de la vida. En tales casos, los mayores daños suele sufrirlos el menor, aunque como no ocurre siempre, vamos a sopesarlos a luz de los hechos, encontrándonos de entrada tales falsedades que conviene desbrozar. Empezando por el famoso Decreto de Nueva Planta de Felipe V que unificaba fiscal y administrativamente el territorio de su reino, contra el que se levantó Cataluña, aplastada el 11 de septiembre de 1714, que quedaría como símbolo del independentismo catalán, la Diada, y llega hasta el «España nos roba».

El comercio con las Indias como fuente de riqueza

Las conclusiones de los últimos estudios históricos son justo lo contrario. En su ensayo España y Cataluña, el británico Herry Kamen advierte que precisamente a partir de entonces, Cataluña, que languidecía por la perdida de importancia del Mediterráneo frente al Atlántico, se convierte en el territorio más dinámico de España. Los números cantan: Barcelona, que a principios del siglo XVIII tenía 35.000 habitantes, se planta en 110.000 a finales del mismo, mientras las ciudades castellanas languidecen.

El permiso de comerciar directamente con las Indias (1778) significa el despegue definitivo, con un impulso de las exportaciones españolas a ultramar desde Cataluña, mientras Sevilla y Cádiz pierden terreno. «Cataluña, escribe Richard Herr, inunda con sus productos los comercios de España y América, convirtiéndola en centro de la primera revolución industrial española».

Y Ferran Soldevila sentencia: «Los catalanes fueron quienes más y mejor supieron aprovechar la apertura del comercio con las Indias. El resurgimiento económico de Cataluña era un hecho, situándola a la cabeza de la economía española».

La industria textil, protegida con aranceles

Una tendencia que no hará más que acentuarse a lo largo del siglo XIX, a caballo de una industria textil catalana con rango europeo: 13.600 fábricas en 1860, 125.000 trabajadores, 17.000 telares, todos ello bien defendido por unos aranceles que hacían prohibitivos los tejidos extranjeros. Cambó lo reconocería en sus memorias: «La superioridad de los catalanes sobre los políticos españoles era tan grande que, en la lucha arancelaria, su victoria era casi siempre segura».

Inversión estatal durante el franquismo

Es algo que se prolongará por el siglo XX e incluso alcanza al franquismo. Como si creyese que los catalanes eran mejores administradores que el resto de los españoles, Franco concentra la inversión estatal en Cataluña -primera gran fábrica de automóviles, primera autopista, conversión de Tarragona en un foco industrial de primera categoría-, mientras descuida el resto de las regiones, incluida la suya, Galicia.

Un capital humano más valioso que el industrial

Ello tiene como efecto secundario un enorme desplazamiento de población hacia Cataluña y País Vasco, desde el resto de España. Millones de gallegos, andaluces, extremeños y castellanos hacen la maleta de madera hacia Cataluña, dispuestos a trabajar en lo que sea por el salario que quieran darles y a vivir en barracas en el cinturón de las ciudades. Este capital humano es incluso más valioso que el industrial que se va creando, ya que proporciona a los empresarios plusvalias que les permiten ampliar sus empresas.

Conviene advertir que muchos de los hijos de esos «inmigrantes» se han convertido hoy en furibundos nacionalistas, en parte para agradecer a Cataluña haber acogido a sus padres, en parte para demostrar que son tan catalanes que cualquiera con ocho apellidos catalanes. Pero esa es otra historia. ¿O es la misma?En cualquier caso, aunque haya sido esquemáticamente, pienso que queda demostrado que Cataluña tiene mucho que agradecer al resto de España, y sin duda sufrirá si deja de recibir ese caudal de vida y esfuerzos por parte de ella.

¿Y España, qué debe a Cataluña?

Pues en primer lugar haber acogido y dado trabajo a millones de españoles que no lo encontraban en su lugar de origen. Luego, haber sido la ventana a Europa. Por allí entraron los visigodos, que constituyeron el primer Estado español. Y el feudalismo, y el estilo gótico, y la Ilustración, y el Romanticismo, y el modernismo, y prácticamente todas las novedades europeas.Aparte de enseñarnos a apreciar el valor del dinero, de la organización empresarial, de la planificación y las cuentas de resultados, es decir: el mundo moderno.

Es verdad que esos mismos valores parecen haber desaparecido en la Cataluña actual, pero me resisto a creer que hayan desaparecido del todo y lo atribuyo más bien a un arrebato pasional, como esos amoríos de senectud, que hacen perder la razón temporalmente y la realidad se encarga de reconducir a sus cauces normales.

Pues lo que nadie puede negar es que Cataluña y España se complementan más que se enfrentan. Puede haber diferencias entre ellas, como con cualquier otro territorio español. Pero incluso en la pasión con que disputan se nota la tozudez e irracionalidad común, que espero amaine cuando a un lado y otro del Ebro se medite lo mucho que tienen que perder ambos con la separación.

El resto de España, su principal cliente

Es verdad, como dicen los nacionalistas, que Cataluña representa al 20% del PIB español. Pero no menos es cierto que el 80% de los productos catalanes se venden en el resto de España. Y que el resto de los españoles se están dando prisa en fabricarlos. Aparte de que saldrían también de la Unión Europea porque ésta no puede consentir que los nacionalismos acaben con su sueño unitario.

Los ingleses, arrepentidos del error del Brexit

Ya sé que hay catalanistas que se ven como un gran paraíso fiscal. Pero eso lo consentiría aún menos Bruselas, cuyo objetivo es acabar con los paraísos fiscales existentes. Para concluir: no vayan los catalanes a cometer el error de los ingleses con el Brexit, del que ya se están arrepintiendo. Claro que, andando el nacionalismo por medio, puede pasar cualquier cosa. Nos lo jugamos todos. Ellos, más. Espero que se den cuenta.

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