«En Cataluña hay gente en peligro»

Un sacerdote de una diócesis catalana relata que la tierra donde vive se ha convertido en «una sociedad de la sospecha»

MadridActualizado:

No hay líneas suficientes para dedicar siquiera un par de ellas a cada uno de tantos catalanes no independentistas como el martes, el día de furia en que los radicales tomaron las calles, se dirigieron a este diario desde primera hora de la mañana para clamar atención mediática ante la historia de miedo que están viviendo. «Miedo» por el hostigamiento y las amenazas envalentonadas por el 1-O, pero también «desesperación», «drama», «desamparo»... «Somos dos millones y medio de españoles en una región llamada Cataluña que hemos dejado de existir para el mundo... aquí se han caído las caretas y han salido a cazarnos», narraba un mecánico joven desde Barcelona entre lamento y lamento: «Es un ambiente prebélico», «es una verdadera locura...», «la gente no sale de su casa, los mayores están yendo al supermercado para acopiar comida como en la guerra».

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De entre los testimonios impacta uno que afirma que «hay gente en peligro y no es broma», y lo hace no por un ímpetu alarmista sino, paradójicamente, por la serenidad de la voz del sacerdote que pronuncia la frase y que cuenta que ya no reconoce el lugar en el que vive. Pongamos un gran municipio catalán. Antes «alegre y pacífico» pero hoy convertido en «una ciudad sin ley, en una sociedad de la sospecha donde todo el mundo espía al otro». Como pasaba en Rusia, dice. Por eso «nadie habla con nadie» y no conviene que vecinos o compañeros identifiquen que uno «piensa diferente».

Ausencia de Estado

La obsesión por el anonimato es una constante en las llamadas y los mails de denuncia que en este periódico se reciben estos días. Gentes que piden perdón apuradas por no dar su nombre y se comunican a través de cuentas de correo clandestinas que abren en locutorios para así no dejar un rastro en el ordenador del trabajo que pudiera delatarles. Nunca se sabe. En el caso del religioso que nos habla, catalán de nacimiento, la prudencia va por otro lado y explica que responde a su necesidad de permanecer «neutral» públicamente para seguir contando la confianza en un pueblo «herido», al que de otro modo –«si me significara», precisa– no podría acercarse. «Soy sacerdote de todos», recuerda.

De ahí el valor extra de su palabra, depositaria de confidencias graves que le han empujado a coger el teléfono y certificar que le llegan «feligreses llorando por que se les rompe su matrimonio» a causa del independentismo, que «los hijos rompen también con sus padres», o que hay personas que están sacando su dinero de los bancos para llevárselo a otros de la Comunidad de Aragón de pura angustia por la inseguridad ambiente.

«El Estado se ha ausentado de Cataluña. Se ha roto todo, ya es un país independiente en ese sentido», sentencia con mucha lentitud el cura, a cargo de varias parroquias en una comarca del interior, donde afirma que hay localidades de buen tamaño en las que nunca hubo senyeras hasta que el lunes las trajeron de fuera. Y con ellas esa calma tensa tan parecida a un toque de queda. «Nos sentimos solos», explica poniéndose como parte de esa población catalana asustada, que teme ser acorralada en la calle o que haya un altercado con los hijos, por que no tienen a quien recurrir. «¿Dónde voy ahora a denunciar nada, a los Mossos...?» se pregunta, trayendo a la conversación la inacción de los agentes el día del falso referéndum.

La doble presión

El sacerdote no cree que «España sea del todo consciente de lo que está pasando», ni qué decir tiene en relación a las presiones redobladas que –constata– recaen sobre quienes son a la vez no soberanistas y católicos. O sobre la propia Iglesia en Cataluña, cuyos obispos asegura que están «amordazados», entre otros por el coste en términos de «represalias» que bien saben que conllevaría cualquier gesto de «valentía» contra los secesionistas.

La política se le cuela casi sin querer con cada reflexión al párroco, que demuestra estár muy al día. No quiere mezclar. Solo que estamos ante el resultado de «40 años de adoctrinamiento». ¿Y hay salida, padre?. «Mientras la Educación esté en manos de la Generalitat, la seguridad sigan en manos de la Generalato, la televisión siga en manos de la Generalitat, Cataluña no tiene solución... no la tiene». Amén.