El ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro
El ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro - EFE

Buenas intenciones

La experiencia demuestra que cuando nos cobijamos al amparo de unas cuentas públicas prorrogadas, los servicios públicos básicos funcionan

MadridActualizado:

El ministro Cristóbal Montoro tiene buenas intenciones. No es habitual tan venturoso acontecimiento, pero esta vez, es cierto. Quiere aprobar los presupuestos generales del Estado antes de la Semana Santa. Es decir, además de buenas, sus intenciones son exigentes, porque los escollos políticos son muchos y los tiempos son cortos. En realidad no estoy seguro de que la cosa sea demasiado grave. La experiencia demuestra que cuando nos cobijamos al amparo de unas cuentas públicas prorrogadas, los servicios públicos básicos funcionan, el transporte, la sanidad, la policía o, por ejemplo las pensiones que dependen de otro negociado y, por si fuera poco, el Estado gasta menos. Así que tampoco es imprescindible apresurarse.

Como entre nosotros es muy escasa la atención prestada al contenido de las cuentas públicas, todo se resume al envoltorio, a las formas y a los compromisos mutuos. El Gobierno necesita reeditar el apoyo de Ciudadanos y el del PNV. Con los primeros se ha alejado, a base de lanzarse exabruptos mutuos que a nadie benefician y con el PNV necesita que amaine el temporal catalán. La disputa con Ciudadanos, si se agría aún más, se puede enquistar, si ninguno de los dos partidos actúa con inteligencia y mesura. Una desgracia.

Por su parte, el PP volverá a usar el apoyo nacionalista para mostrarlo como ejemplo de los réditos que proporciona la cordura y el PNV, «malgré lui», necesita evitar que su apoyo se interprete como un desaire a sus parientes del «procés». Unos parientes, por cierto cada día más incómodos y distantes. Pero, salvado ese escollo, me parece más sencillo amarrar esta parte del trato que la primera.

Al PNV le sale muy beneficioso. Da poco y recibe mucho. Cambia la necesidad de los populares, -insuficiencia de votos-, por la virtud de las contrapartidas obtenidas, en forma de dinero, inversiones y nuevas competencias. Al PNV le da exactamente igual que haya o no presupuestos del Estado, pero sabe muy bien cuánto valen en el mercado político de hoy sus escasos votos en el Congreso y los vende como si fueran bitcoins de los buenos. El PNV es, sobre todo, un partido pragmático que agita el fuero de vez en cuando, pero solo es para ejercitar los músculos. Lo que no suelta, ni loco, es el huevo.