David Gistau - ACOTACIONES DE UN OYENTE

Bronca nacional

David Gistau
MadridActualizado:

Hubo un momento, durante su intervención, en que Margarita Robles dijo que el PSOE siempre se caracterizó por su «profundo sentido de Estado». Esto causó carcajadas y abucheos en la bancada popular porque el ambiente aún estaba saturado por las tensiones de la votación de la víspera, cuando el PSOE, abstencionistas accidentales y convencidos aparte, se negó a votar una declaración de apoyo al gobierno presentada por Cs. Algunos titulares hiperbólicos también lo habían aprovechado como pretexto para decir que así quedaba destapada la eterna predisposición traicionera de la socialdemocracia. El asunto es algo más complejo.

La votación fallida del martes sin duda demuestra la escasa inteligencia de Pedro Sánchez para maniobrar y evitar las trampas que le tienden. Pero no pone en duda el apoyo socialista al Gobierno, que la vicepresidenta se apresuró en confirmar. La negativa del PSOE tiene otro contexto: el de su antagonismo con Cs, que pretendió imponerle un texto sin moldearlo mediante conversación y, en general, le tendió la emboscada para que «se retratara». Del asunto del martes habrá quienes se contenten con ver confirmados sus prejuicios contra el PSOE. Pero cabe hacerse otra pregunta: si el PSOE lleva días posicionado en el apoyo al Gobierno, más allá de si éste durará o no después del 1-O, ¿qué necesidad tenía Cs de imponer una riña parlamentaria con una declaración meramente retórica que venía a pedir lo que de todas formas ya estaba ocurriendo? Qué necesidad, quiero decir, aparte de conseguir cinco minutos de exposición y unas cuantas primeras páginas para rescatar un protagonismo, el de Rivera, absolutamente diluido.

El allanamiento de dependencias oficiales en Barcelona también se filtró en el Hemiciclo e inspiró a Rufián una apropiación del «pueblo de Cataluña» supuestamente convertido en víctima de los «lacayos» del estado: «¡Saque sus sucias manos de Cataluña!», espetó Rufián a Rajoy en un momento de moderación, después de que él mismo dijera que no estaba de humor para hacer las gracietas que traía escritas. En ese «pueblo de Cataluña» suyo, por supuesto, no han de encontrar encaje los alcaldes resistentes cuyo acoso pidió Rajoy a Rufián que cese. Mientras Rufián profería esos gritos suyos que colindaban con la arenga para la sublevación en las calles -¿el estadio siguiente al 1-O?-, sus compañeros de bancada, en pie, a medio marchar, preparaban ya la salida airada del Hemiciclo, que después tuvo lugar entre una fenomenal bronca y chillidos de «¡No volváis!». Rivera se llevaba la palma de la mano a la cara. Rufián aplaudía a los socialistas. Uno de los diputados de ERC se volvió incluso y encaró a los populares. Jamás habrían llegado a las manos, aunque sólo sea porque hay ujieres de interposición. Pero la tensión por el 1-O va consagrando en el Parlamento una textura casi física que algún día tendrá un mal desahogo. En el corredor, un policía de paisano preguntaba: «¿Qué ha pasado ahí dentro? Acabo de ver salir a los catalanes e iban soltando insultos». Cómo estará la cosa para que Rufián ni haga su show.

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