Luis Herrero - Pincho de tortilla y caña

De blando, nada

Rajoy podía haber llegado más lejos, sí, pero el impacto de un acuerdo de mayor alcance no hubiera sido menos atronador a oídos de los sediciosos

Luis Herrero
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De blando, nada. Destitución del Gobierno catalán en pleno, serias limitaciones a las competencias del Parlament, control de los Mossos, jurisdicción sobre TV3 y el Centro de Telecomunicaciones y advertencias penales a los funcionarios que se nieguen a acatar las órdenes de las nuevas autoridades. Podía haber llegado más lejos, sí, pero el impacto de un acuerdo de mayor alcance no hubiera sido menos atronador a oídos de los sediciosos. Si querían esgrimir la prueba de convicción de que han sido víctimas de una gran afrenta por parte del puño represor que llega de España, la decisión del Consejo de Ministros les basta y les sobra.

Ayer por la tarde, bajo la apariencia festiva, familiar, pacífica y sosegada de otra manifestación abrumadoramente multitudinaria, lo que se puso en marcha fue un movimiento de desobediencia ciudadana de consecuencias imprevisibles. Puigdemont y sus consellers estaban en la cabecera. Desde el megáfono, el líder circunstancial de la ANC llamó a impedir la aplicación de las medidas constitucionales. La muchedumbre bramó de entusiasmo. La adrenalina siempre llena de himnos los campos de batalla antes de que comience el jaleo. Se equivoca, me temo, quien crea que el miedo dispersará a los resistentes. Me consta que algunos militares con experiencia internacional en Líbano y los Balcanes se tientan la guerrera ante lo que se nos viene encima.

De aquí al viernes 27, antes de que el Senado refrende la decisión del Gobierno, han de pasar algunas cosas que todavía añadirán más nubarrones a la tormenta. La votación de la DUI, desde luego. Probablemente el lunes. Y tal vez el encierro de los cargos sustituidos -aún en el limbo de los patos cojos- en sus propios despachos. Y la formación de escudos humanos alrededor de las instituciones que deben ser controladas desde Madrid. La tensión se hará insostenible. Me gustaría ver titubeos cautelosos que auguraran debilidad entre los contingentes de la resistencia. Ayer, ni la manifestación de Barcelona ni las palabras de Puigdemont fueron en esa línea. Más allá del grupo de silenciosos discrepantes del PDeCAT no hay síntomas de que el mundo independentista sea un reino dividido o pusilánime.

Entretanto, enfrente, a su modo Pancho Villa, las fuerzas del orden constitucional han llegado al acuerdo del 155 tirándose de los pelos. Sabían el día y la hora del corte de mangas de Puigdemont al segundo requerimiento del Gobierno y aún así fueron incapaces de tener preparada a tiempo una respuesta mancomunada. Rajoy tuvo que retrasar 48 horas el consejo de ministros extraordinario para que se terminara de coser el acuerdo.

Luego Carmen Calvo se fue de la lengua y anticipó que el objetivo que se habían marcado socialistas y populares era convocar elecciones autonómicas en el mes de enero. El portavoz del Gobierno terció para corregirle: «hablar de fechas es prematuro», dijo frunciendo el ceño. Ante el asombro de los periodistas por la aparente contradicción, Albert Rivera salió a la palestra y aclaró que el pacto, en efecto, establecía que las elecciones se celebrarían en enero -luego Girauta concretó la fecha del día 28- pero dijo que debería haber sido Rajoy el encargado de anunciarlo. Cuestión de cortesía. Sin embargo, Rajoy no lo anunció. O por lo menos, no lo hizo en los términos anticipados por PSOE y Ciudadanos. El presidente del Gobierno se limitó a anunciar que la convocatoria electoral se produciría en un plazo máximo de seis meses. El horizonte hipotético se distanciaba hasta abril.

Ese desbarajuste no sólo describe el ambiente interno que se respira en la coalición de partidos que avalan la iniciativa del Gobierno. En el PSOE empiezan a ser visibles grietas preocupantes. El PSC acusa a Sánchez de haber llegado demasiado lejos. Iceta, en secreto, se reunió con Puigdemont y se comprometió a enmendar en el Senado el alcance del articulazo. Pincho de tortilla y caña a que no lo conseguirá, desde luego, pero los muñones de los adalides de la ley quedarán a la vista y el paisaje después de la batalla se llenará de mancos y de dudas. El futuro no empezó ayer.

LUIS HERRERO