Ilustración que muestra un galeón del siglo XVI
Ilustración que muestra un galeón del siglo XVI - ABC
HISTORIA

La salvaje matanza de españoles en Islandia durante el invierno de 1615

Sin que hubiera una razón clara para ello, el sheriff Ari Magnússon encabezó una brutal persecución que costó la vida a 32 hombres

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La matanza de los españoles en Islandia de 1615 es uno de los episodios más oscuros y trágicos de nuestra historia. Un grupo de balleneros vascos, que habían viajado a Islandia a la pesca de cetáceos, se vio obligado a pasar allí el invierno cuando un vendaval destrozó sus buques. La hostilidad hacia los extranjeros causó numerosos conflictos con la población local de la región de Vestfiroir, que terminaron con el asesino colectivo de todos los españoles que no se cuidaron de huir a tiempo. Un crimen instigado por las autoridades locales que provocó la brutal muerte de 32 hombres.

El siglo XVI vivió el auge de la industria ballenera en el Cantábrico. Los pescadores vascos, gallegos, asturianos y cántabros aprovechaban la estancia de las ballenas en el Mar Cantábrico, que correspondía a su periodo de partos, para desarrollar un lucrativo comercio. La principal fuente de ganancia estaba en la grasa del animal, posteriormente convertida en aceite a la que se denominaba saín. Este producto se empleaba en el alumbrado y ardía sin desprender humo ni dar olor. Y las barbas de ballena constituía uno de los escasos materiales flexibles de la época. Asimismo, los huesos servían como material de construcción para la elaboración de muebles. La carne apenas se consumía en España, pero se salaba y se vendía a los franceses.

El negocio de la caza y comercio de ballenas se convirtió en el motor económico de muchos pueblos costeros de la región vasca, siendo cada vez más pronunciada la rivalidad entre los diferentes puertos pesqueros por hacerse con las piezas más grandes. En las décadas de 1550 a 1570, el negocio registró su etapa de mayor apogeo. La flota estuvo formada por una treintena de barcos, tripulados por más de dos mil hombres, que capturaban unas cuatrocientas ballenas cada año. No en vano, los balleneros cantábricos no se conformaron con la caza en las aguas patrias, sino que extendieron su área de acción a, sobre todo, Terranova y Labrador. De hecho, una leyenda con dudosa base histórica ubica la presencia de balleneros vascos y cántabros en Terranova en torno al año 1375, más de un siglo antes de que lo hiciera Cristóbal Colón.

Fue a principios del siglo XVII cuando la captura de ballenas por parte de marineros vascos se extendió hasta Islandia. Las relaciones entre los islandeses y los balleneros vascos fueron en general bastante pacíficas como acredita la existencia de un idioma común (más bien un pidgin), el vasco-islandés, empleado por ambas comunidades para comunicarse a un nivel básico. Precisamente por ello resulta especialmente extraño y cruel lo que ocurrió en el invierno de 1615.

Obligados a pasar el invierno en Islandia

A mediados del verano cerca de 12 buques balleneros arribaron a Islandia para iniciar la temporada de caza. Tres de ellos permanecieron en el lugar, y los demás siguieron navegando hacia el norte de Noruega. Cazaron alrededor de 11 ballenas y vendieron la carne a los habitantes locales. Cuando los barcos estuvieron listos para zarpar de vuelta a casa a finales de septiembre, un terrible vendaval destrozó los barcos contra las rocas, causando la muerte de tres hombres. La tripulación de los barcos españoles, cerca de 80 personas, se vieron obligados a pasar el invierno en Islandia mientras realizaban las convenientes reparaciones. Los capitanes Pedro de Aguirre y Esteban de Tellaría decidieron pasar el invierno en Vatneyri (Patreksfjorour). A su vez, la tripulación de Martín de Villafranca viajó en dos grupos hacia Dyrafjorour, despertando a su paso la ira local.

El primer conflicto con la población aconteció cuando uno de los grupos de Martín entró a la fuerza en la casa vacía de un comerciante de Pingeyri y se abastecieron de pescado seco. Un pequeño incidente, junto a una amenaza previa a un pastor, que no justifica de ninguna manera el recibimiento que los balleneros sufrieron en Fjallaskagi, en la cara norte de Dyrafjorour. Al día siguiente de establecerse en esta región, posiblemente con la intención de pasar allí el invierno, los campesinos locales reunieron una tropa y asaltaron de noche la cabaña donde dormían los «vizcaínos». Tras matar a los guardianes nocturnos, el grupo armado asesinó a los españoles que se encontraban dentro, unas 15 personas. El único superviviente fue un joven de nombre García que logró esconderse bajo la cabaña y más tarde se unió al grupo de Pedro de Aguirre y Esteban de Tellaría. No satisfechos con el nivel de brutalidad desatado, los islandeses mutilaron los cadáveres, «deshonrados y hundidos en el mar, como si fueran paganos de la peor especie y no pobres e inocentes cristianos», como explica Jón Gudmunsson en su relato de la masacre favorable a los católicos.

Tres días después de la matanza, el sheriff Ari Magnússon convocó un juicio en Súoavík. En la sesión, 12 jueces declararon proscritos a todos los náufragos, alegando como justificación los incidentes que estaban causando a la población. Pero más bien se trataba de una sentencia preventiva para evitar pillajes futuros, puesto que los conflictos hasta entonces habían sido mínimos. Con la sentencia ya en vigor, Martín y 12 de sus hombres, que estaban cazando una ballena cerca de Sandeyri, fueron masacrados brutalmente por Ari y sus tropas. Según Jón Gudmunsson, los hombres cogieron los cuerpos desnudos, acuchillaron sus ojos, cortaron sus orejas, sus narices y sus genitales.

No en vano, la muerte más cruel quedó reservada para el jefe de los balleneros. El capitán Martín de Villafranca fue golpeado con un hacha, hiriéndolo en el hombro y el pecho, cuando accedió a salir de la cabaña a pedir de rodillas perdón por las supuestas afrentas hacia la población local. Así y todo, el capitán consiguió levantarse herido y corrió hacia la orilla, con varios hombres siguiéndolo. Se introdujo en el mar y nadó a gran velocidad, para admiración de los islandeses que registraron en sus crónicas que parecía portar una fuerza sobrenatural, hasta que alguien le alcanzó en la cabeza con una piedra. Semiinconsciente, los hombres de Ari le realizaron con un cuchillo un corte desde el pecho hasta más allá del ombligo. Al ver como trataba de incorporarse pese a sus muchas heridas, los hombres comenzaron a reír sin dejar de torturarle hasta el último suspiro.

Mientras la persecución de Ari a los balleneros se extendía por la geografía islandesa, los hombres de Pedro de Aguirre y de Esteban de Telleria llegaron a Vatneyri, en Patreksfjorour, donde pasaron todo el invierno sin registrar problemas con la población. Curiosamente, una de sus benefactoras en esta localidad fue una viuda rica, la madre de Ari. Hoy en día sigue siendo un misterio el porqué la madre de Ari ayudó a los vascos: ¿Fue por miedo a represalias? ¿Quería entretenerlos hasta que su hijo llegara con refuerzos? Lo cierto es que las tropas de Ari no pudieron alcanzar la localidad a causa de las tormentas hasta que los balleneros ya se habían marchado.

¿Por qué de la hostilidad local contra los vascos?

A principios del siglo XVII, Islandia tenía una población de alrededor de 50.000 habitantes, en su mayoría campesinos. El país estaba gobernado por los magistrados de condado que obedecían directamente al Reino de Dinamarca, un país luterano como la mayor parte de la población islandesa. Sin descartar completamente el componente religioso en la hostilidad hacia los españoles, la mayoría de investigadores del episodio señalan las malas condiciones económicas que sufría la zona en la última década como detonante de la violencia. Tras cinco duros inviernos, los exhaustos almacenes islandeses no daban para alimentar a casi un centenar de extranjeros dispuesto a pasar allí el periodo más frío.

En la primavera de 1615, el Rey de Dinamarca envió una carta al Parlamento en el que proclamó que los islandeses y los mercaderes daneses tenían derecho a defenderse de los «vizcaínos» y demás extranjeros, de matarlos y de tomar sus barcos y saquearlos, si se sentían amenazados. Ari llevó la prevención a la categoría de persecución en otoño de ese mismo año. Otra de los argumentos legales que pudieron justificar la masacre fue que, según la ley islandesa, estaba prohibido a los comerciantes extranjeros pasar el invierno en Islandia para evitar los crímenes derivados de la ociosidad. Sea de una forma u otra, la brutalidad aplicada por el sheriff Ari Magnússon no tiene razón de ser, a menos que, como han planteados algunos historiadores, estuviera endeudado con los vascos y con su muerte sacara alguna ventaja personal.