La Huella en los Países bajos

San Nicolás trae los regalos en barco desde Madrid y el hombre del saco es español

El paso hispánico por el corazón de Europa tiene un recuerdo negativo, en algunos lugares aún pervive la siniestra amenaza «que viene el Duque de Alba», y uno positivo, la versión holandesa de Papá Noel tiene su cuartel en la capital española

San Nicolás (Sinterklaas) desfila por las calles de Holanda
San Nicolás (Sinterklaas) desfila por las calles de Holanda - Wikipedia
César Cervera - Madrid - Actualizado: Guardado en: España

La tradición de los Países Bajos relata que San Nicolás (Sinterklaas, en Holanda), se encarga de llevar los regalos navideños a los niños de esta región. El Santo los trae desde España –hay distintas versiones sobre el lugar exacto, unas afirman que lo hace desde Madrid y otras desde Alicante u otros puertos mediterráneos– en un barco de vapor y lo hace varias semanas antes del día de Navidad. Un recuerdo de la huella española en el corazón del continente, que surgió de un error sobre la ubicación de la tumba del santo. Pero el paso hispánico también tiene un lado oscuro y en algunos lugares aún pervive la siniestra amenaza «que viene el Duque de Alba» para asustar a los niños que se portan mal. Una versión del hombre del saco o del coco que hace referencia al gobierno del severo Gran Duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo.

La hegemonía del Imperio español en Europa duró casi dos siglos y dejó profunda presencia en las tradiciones locales del continente. Carlos V, que dirigió el primer imperio global, había nacido en Gante (Países Bajos, en la actualidad) pero creció sabiendo que el poder de los reinos hispánicos, del que era heredero por parte de su madre Juana «la Loca», era su llave para dominar el mundo. Los metales preciosos llegados del Nuevo Continente, controlados por Castilla, y la sólida infantería de este reino fueron los grandes pilares para mantener bajo poder unos dominios que iban del norte de Europa a las posesiones italianas que los aragoneses mantenían desde finales de la Edad Media.

Precisamente uno de estos reinos italianos vertebra la relación entre los Reyes españoles y este santo. Aunque el origen de San Nicolás es oriental –fue un obispo del Imperio bizantino– la invasión de los musulmanes en 1453 obligó a la Iglesia a trasladar los restos a Bari, en el antiguo reino de las Dos Sicilias, donde el emperador Carlos V más tarde sería Rey. Los historiadores que han analizado el asunto consideran que la confusión de que San Nicolás (Sinterklaas) traiga los regalos desde España, en concreto desde la corte, procede del largo dominio español sobre este reino italiano.

La fiesta del zapato y San Nicolás

San Nicolás de Bari, nacido en el año 280 d.C. en Patara (Turquía) en tiempos del Imperio Bizantino, fue el primer santo, no mártir, en gozar de devoción tanto en Oriente como en Occidente. Dice la leyenda que varios sacerdotes y obispos se encontraban discutiendo sobre quién sería el futuro obispo de Myra (Anatolia), pues el anterior había fallecido, y al no ponerse de acuerdo se decidió que fuera el próximo sacerdote que entrase en el templo que casualmente fue Nicolás de Bari. Ya como obispo, el griego protagonizó la historia milagrosa que da origen a su fama de repartidor de obsequios. Según la leyenda, un padre no podía casar a ninguna de sus tres hijas porque no tenía dinero para las dotes. Enterado de esto, Nicolás entró por la noche en casa de las jóvenes para poner bolsas llenas de oro dentro de sus calcetines, que era costumbre colgar sobre la chimenea para secarlos.

No en vano, desde la antigüedad se realizaban fiestas –a mediados de diciembre– en honor a Saturno (Cronos para los griegos), al final de las cuales los niños recibían obsequios de todos los mayores. Y si bien no está claro cuando fue adoptada la tradición de San Nicolás repartiendo regalos a los niños cristianos, se sabe que su historia fue objeto de escenificaciones cortesanas a principios de la Edad Moderna. Es decir, que estaba ampliamente extendida. Los cronistas destacan que en la corte de Felipe II de España era habitual celebrar el 6 de diciembre, día de San Nicolás de Bari, la llamada Fiesta del zapato, con la eventual participación de alguna dama de Palacio. La feliz historia se montaba en clave de pantomima, «con máquinas, representaciones y músicas», y relataba la historia de San Nicolás y las tres jóvenes. La celebración de una representación popular en la corte del Rey Prudente era algo fuera de lo común puesto que durante su reinado no hubo teatro en Palacio, ni concedió su tesoro subsidio alguno a dramaturgos ni mecenazgo a actores.

En esas fechas, la tradición de celebrar San Nicolás ya estaba enraizada en los Países Bajos y se ha mantenido hasta la actualidad, a pesar de que los predicadores calvinistas quisieron suprimirla en el contexto de las guerras de religión contra el Imperio español y la Iglesia Católica. Desde entonces, el santo desembarca todos los primeros sábados después de la celebración de San Martín (11 de noviembre en el puerto de Roermond, en el sur de Holanda, y realiza un recorrido por el país. Su viaje en un barco de vapor, supuestamente venido desde Madrid, se justifica en que San Nicolás es el patrón de los marineros. Y su llegada es todo un acontecimiento que congrega a decenas de miles de entusiastas seguidores, sobre todo niños, y que es retransmitido en directo por todas las televisiones.

Alrededor del año 1624, cuando los inmigrantes holandeses fundaron la ciudad de Nueva Ámsterdam –más tarde llamada Nueva York– exportaron sus costumbres y mitos, entre ellos el de Sinterklaas, su patrono navideño. La cultura anglosajona trasformó al santo griego en Santa Claus, con su cuartel general en el Polo Norte en vez de en España y un trineo para cargar con los regalos en vez de un barco. Por su parte, la versión española, Papa Noel, es una adaptación del nombre que recibía el santo en Francia, «Père Noël».

El recuerdo negativo de España

En los Países Bajos, los niños que se habían portado mal eran amenazados con que San Nicolás les llevaría a España o, para los más traviesos, que vendría el malvado Duque de Alba a por ellos. En la actualidad, todavía pervive la imagen negativa del noble castellano que aplastó con dureza la rebelión de los Países Bajos de 1568. Fernando Álvarez de Toledo aplicó una política de terror entre la población que tuvo su máximo exponente en el Tribunal de Tumultos. Las ejecuciones dictadas por este tribunal acabaron en tres años con diez veces más vidas que la Inquisición española en todo el reinado de Felipe II.

Es por ello que la propaganda holandesa le convirtió en el objetivo preferente de sus textos. Un grabado de la época le muestra comiéndose un bebé humano. No obstante, a nivel académico la imagen del Duque de Alba poco a poco está siendo restaurada por los propios historiadores holandeses que entienden que la violencia ejercida bajo el mando del noble castellano no era producto del sadismo, sino de la necesidad de apagar una rebelión política usando los métodos habituales del periodo histórico que le tocó vivir. Fernando Álvarez de Toledo, además, fue el responsable de introducir muchas de las leyes y sistemas recaudatorios sobre los que posteriormente se cimentaron los actuales estados de Bélgica y Holanda.

Un episodio en los últimos instantes de su vida retrata la personalidad del III duque de Alba. Cuando agonizaba en su lecho de muerte en la ciudad de Lisboa, en 1582, le dijo a su confesor Luis de Granada que «no le removía la conciencia de haber en toda su vida derramado una gota de sangre contra su conciencia y que cuantos degolló en Flandes era por ser herejes y rebeldes». En otras palabras, creía que todas sus decisiones habían sido justas y correctas por muy doloroso que hubiera sido ejecutarlas.

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