Perfiles

Los aspirantes a La Moncloa

Para sus ministros, Rajoy es «discreto, metódico y tolerante». Los más allegados a Sánchez ven al candidato socialista como un hombre competitivo que gobierna su partido sin que le tiemble el pulso. Rivera se ha servido de su liderazgo para superar adversidades que estuvieron a punto de hundir su carrera política. Iglesias, mientras, lleva el nombre del fundador de un partido que ahora pretende enterrar. Estos son los perfiles de los cuatro candidatos a gobernar España

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Mariano Rajoy Brey

Mariano Rajoy

La campaña destapa al auténtico Mariano

Mariano Calleja

A Mariano Rajoy le gustan las campañas electorales, y se nota. La imagen de presidente frío, distante, alejado de la calle desaparece por completo. El presidente del Gobierno sale del "plasma" y se revela ante millones de españoles como un político cercano, natural, espontáneo, divertido, sin odios y con ganas de completar su proyecto de recuperación. «Me presento porque me encuentro bien, tengo equilibrio y tengo ganas», confesó en la última campaña en TVE, cuando muchos descubrieron al auténtico Mariano, nada que ver con esa imagen seria y antipática que algunos tenían de él, forjada a golpe de crisis, recortes e incumplimientos de programa, y siempre lejos, muy lejos, de la calle.

Hay que decir que para los que conocen a Rajoy su revelación como candidato no es ninguna sorpresa. «A mí no me ha sorprendido, porque llevo trabajando con él veinte años y es así. Ahora se le ha visto en su estado natural, frente a otros que quieren hacer una campaña impostada y sofisticada. Si no sabe cocinar, lo dice, la gente lo entiende y no pasa nada», comenta un ministro muy cercano al presidente.No hay,  por tanto, dos Marianos. Hay uno, que durante años estuvo detrás del muro de La Moncloa, a quien simbólicamente se le identificaba con su imagen en un televisor de plasma, como síntoma de alejamiento respecto a los españoles, y que estaba absolutamente concentrado en evitar el rescate, tomar medidas durísimas para superar la crisis y frenar la sangría del paro. La comunicación, la imagen del Gobierno y de él mismo, no le preocupó ni le ocupó lo más mínimo durante su mandato, al menos hasta que la crisis empezó a remontarse, y sin embargo el PP se iba de cabeza al precipicio de las encuestas.

Intramuros de La Moncloa ya existía ese Mariano que ahora están descubriendo muchos. «Una persona poco presumida, humilde, que disfruta con las cosas pequeñas, muy amigo de sus amigos, muy familiar, al que le gusta hacer piña con los suyos, con su mujer, Elvira, sus dos hijos, Mariano y Juan, sus hermanos y su padre», describe un ministro. La vicepresidenta alude a su sentido del humor: «Llevo trabajando quince años con él, lo conozco en la distancia corta, y es bueno que la gente lo conozca también. El presidente ayuda siempre a rebajar la tensión con un sentido del humor muy agudo. Tiene una ventaja, esa chispa fresca y rápida».

Rajoy (Santiago de Compostela, 1955) siempre ha llevado una vida metódica, muy ordenada y planificada, ya desde los tiempos en que se convirtió, con 24 años, en el registrador de la propiedad más joven de España. No le gustan las sorpresas en ningún ámbito, presume de ser previsible y evita las decisiones impulsivas. Se levanta a las 7 de la mañana, hace una hora de ejercicio. Si está en el Palacio de la Moncloa, mientras utiliza la cinta ve las noticias en canales extranjeros, como la BBC, para practicar el inglés. A las 8 desayuna con sus hijos, y lee la prensa deportiva. Luego, a las 8.30, ya en su despacho, tiene la general, con ABC en primer lugar, por cierto, como se ha podido comprobar. Rajoy lleva una vida sana y ya ni siquiera fuma. Fumó su último puro el 12 de octubre de 2013, el día de la Fiesta Nacional. Lo dejó para mejorar su estado físico. Desde entonces no ha tenido ni una recaída, y solo una vez, en una sobremesa, reconoció que se fumaría uno. Pero aguantó. Ahora come caramelos de menta.

«Memorión y empollón»

A Rajoy le apasiona el deporte, es del Real Madrid y en su primera época de estudiante jugó, por ser de los altos de la clase, en el equipo de baloncesto del colegio de los jesuitas de León, ciudad adonde fue destinado su padre, funcionario del Estado, cuando él tenía cinco años. Allí estuvo una década, y fue donde se aficionó al ciclismo, por sus excursiones a Lancia, y a la historia. Uno de sus maestros resaltó el «memoríón» de un alumno que «destacaba en todo, excepto en Dibujo, y era un empollón». Es menos conocida su afición a las fotos. Le encanta coleccionar álbumes, pero de papel, no digitales.

Si está de viaje en el exterior, madruga para darse largas caminatas, ya sea en Senegal, Malta, Turquía o Nueva York. Rajoy sigue dando clases de inglés siempre que puede, casi todos los días, incluidos los domingos. Tiene un nivel «intermedio», y no duda en soltarse, sin reparo alguno, cuando tiene delante a líderes como Cameron u Obama. Ante los medios va a ser difícil escucharle en una de esas, ya que tiene buen cuidado para evitar el previsible escarnio de algunos. El francés lo tiene aprendido del colegio, aunque casi no lo usa. En sus viajes fuera de España, Rajoy ha sintonizado especialmente bien con tres líderes europeos: Merkel, Cameron y Hollande, y sobre todo con el ex primer ministro portugués, Pedro Passos Coelho. De hecho, se llevó un buen disgusto cuando un pacto de izquierdas le apartó del poder en el país vecino. Dentro del Gobierno, sus afinidades más estrechas se han dado con Ana Pastor, José Manuel García-Margallo, Soraya Sáenz de Santamaría y con el ya exministro José Manuel Soria.

Como jefe, los que trabajan con él aseguran que es «una persona equilibrada cuando vienen mal dadas, pero también cuando vienen buenas. No es en absoluto eufórico, sino templado». No pierde la tranquilidad. De hecho, sus colaboradores confiesan que nunca le han visto dar un grito, aunque se enfade. «Y cuando se enfada, como no es frecuente, impresiona. Es contundente...». Lo que algunos llaman carácter «templado» a otros les saca literalmente de quicio. Es ese control de los tiempos, ese dejar dormir los problemas para digerirlos y reflexionarlos bien lo que pone de los nervios a más de uno. Pero así es Rajoy, enemigo de movimientos bruscos, de decisiones precipitadas. «Luego el tiempo le acaba dando la razón, como se está viendo en Cataluña, pero mientras el único tranquilo parece él», apuntan en La Moncloa.

El móvil del presidente

Rajoy se relaja al final del día. Es el momento en el que empieza a bombardear con SMS a sus colaboradores, porque el Whatsapp no existe en su móvil. Mensajes que, a menudo, están cargados de humor sobre algunos momentos del día. Es un presidente pegado al móvil, como la mayoría de españoles: «Cuando le llamas, devuelve la llamada en un minuto. Y responde de forma inmediata a los mensajes».

Hasta bien entrado el año 2013 prácticamente no salió de La Moncloa para pisar la calle, cenar con amigos o tener un momento de ocio los fines de semana. Rajoy, que había logrado en 2011 la segunda mayoría absoluta más amplia de la democracia, después de la de Felipe González en 1982, perdió popularidad a pasos agigantados: crisis, paro, posible rescate, Bárcenas... Ni el ambiente social ni la situación crítica del país le permitían «pisar» la calle. Su imagen quedó desfigurada, sin que pareciera importarle lo más mínimo. Así se lo explicó él mismo a Bertín Osborne: «En los primeros tiempos en el Gobierno yo no explicaba nada. Tenía mil millones de líos y estaba concentrado en ver cómo resuelvo este follón. Seguramente me expliqué muy mal. En realidad, ni me expliqué. No se acierta siempre, qué le voy a hacer. Aquella época fue espantosa».

Ahora, Rajoy «vive» en la calle y en los medios, tras comprobar que los datos, por sí solos, no convencen. «Me gustaría hablar personalmente con cada uno de los 46 millones de españoles, pero es imposible», confesó. A sus 61 años está disfrutando de su cuarta campaña electoral como candidato a la Presidencia. En su equipo describen así este «efecto Rajoy»: «El candidato era el punto débil del PP cuando empezó la precampaña. Pero hemos visto que es una mina. Se ha soltado, se ha desmelenado y está haciendo una campaña de orgullo personal, muy cercano y convencido de su relato: el PP ha transformado España en cuatro años».

Rajoy guarda todas sus agendas, bien archivadas, pero no prepara unas memorias. En el futuro, cuando se retire de la primera línea política, «desaparecerá y no incordiará a nadie». Y lo hará, dicen sus allegados, con la máxima discreción, sin esos oropeles que, después de 34 años en política y 12 en el Gobierno, hace mucho tiempo dejaron de impresionarle.

Pedro Sánchez Pérez-Castejón

Pedro Sánchez

Espíritu deportivo, mano de hierro

Gabriel Sanz

Haber pertenecido a una de las canteras más exigentes y sufridas del baloncesto, la del Estudiantes, aunque uno fuera «un paquete» (Pedro Sánchez dixit) debe de forjar carácter, porque todo en los últimos dos años de la vida de este antiguo alumno del instituto madrileño Ramiro de Maeztu resulta agónico. Algo así como un entrenamiento de lunes después de una paliza en el partido del domingo (que se podría equiparar a las elecciones 2011). Una leve cana sobresaliendo en las últimas fotografías de «Pedro el guapo» (44 años hizo en febrero) da buena fe de ello.

El asunto viene de lejos. Allá por 1996, Felipe González avisó al PSOE de que no debía engañarse: «Soy la solución... y el problema». Sabía de lo que hablaba el protagonista de los años gloriosos que el socialismo se negaba a enterrar. Y la historia acabó como acabó: perdió aquellas elecciones, pero «irse», lo que se dice irse, no se ha ido en el alma de un partido que sigue buscando a su «Felipe» del siglo XXI.

Lo intentó con un José Luis Rodríguez Zapatero peinado a raya y notable parecido físico con el González de los carteles de 1982; tal era el poder de sugestión que ejercía/ejerce González hasta para sus adversarios: «Ahí va el sucesor de Felipe», decía a finales de los 90 el entonces todopoderoso Francisco Álvarez Cascos cuando veía al joven diputado de León por los pasillos del Congreso. Y probablemente ese fue el inicio del gigantesco malentendido en el que todavía hoy vive el PSOE.

Porque Zapatero se disfrazó de Felipe solo para ganar el 35 Congreso a Jose Bono, pero en su fuero interno siempre se vio más Adolfo Suárez que otra cosa: un reformador radical y dispuesto a inmolarse en las urnas para defender sus ideas –matrimonio homosexual, relaciones con Cataluña–.

Nunca quiso ser el animal político de poder que había sido González durante la friolera de trece años y eso le enajenó a Zapatero el apoyo de una parte nada despreciable no ya de los votantes tradicionales del PSOE, sino de los militantes, «felipistas» hasta la médula.

La hora del «guapo»

Quince años después parece que el malentendido sigue. Con el agravante de que esta vez las consecuencias pueden ser mucho peores: al PSOE ya no le queda tiempo para decidir qué quiere ser de mayor, según acaba de avisarle el CIS (77-89 diputados máximo).

En esta ocasión, el equívoco no es tanto de caracteres como de expectativas: Pedro Sánchez decía a todo el que le quería oír que si se presentaba a las primarias del 13 de julio de 2014 contra Eduardo Madina era para ser finalmente candidato a La Moncloa, pero muchos de quienes le apoyaron –empezando por Susana Díaz– quisieron entender que solo estaban patrocinando un secretario general del PSOE para poner fin al interregno de la «era Rubalcaba»... Error de apreciación. Nadie se hace 15.000 kilómetros en furgoneta visitando las agrupaciones solo para ocupar un despacho con vistas a un patio en el austero edificio de la calle Ferraz, sede de los socialistas.

Y en esas ha estado el PSOE en este últimos dos años, asistiendo a un largo tira y afloja protagonizado por alguien que hizo suyo el reto desde el minuto uno. «Tenemos quince meses para darle la vuelta a esto», confesaba a ABC un destacado colaborador del líder en la noche de las primarias.

Una forma como otra cualquiera de reconocer que aquello era un préstamo de quienes habían decidido unir fuerzas para impedir que triunfara el «enemigo» Eduardo Madina, el «hijo» político del, a sus ojos, taimado Alfredo Pérez Rubalcaba, que si había autorizado esas primarias era solo para impedir la «operación Susana».

Todos, la andaluza la primera, empezaron a torcer el gesto solo dos meses después, cuando vieron que Pedro Sánchez, en su primera reunión del Comité Federal, se encaramaba los 62.477 militantes que le hicieron ganar a Eduardo Madina (46.439) para empezar a dejar claro que él sería candidato a la Presidencia del Gobierno sin discusión. Tildado despectivamente por sus críticos de «Blanco boy», en alusión a que trabajó en el gabinete del ex número dos del PSOE como «fontanero», Sánchez sintió llegada su hora. Hasta entonces, su paso por la política de primer nivel había sido un «Guadiana», con apariciones y desapariciones de escena. Concejal por Madrid desde 2004 a 2009, Pedro Sánchez entra en el Congreso en mayo de ese año para sustituir a Pedro Solbes. Pero dura apenas dos años. En las elecciones generales de 2011 se ve relegado al puesto once y no consigue escaño. Así que este doctor en Economía, con una tesis sobre diplomacia económica por la Universidad Camilo José Cela, tiene que esperar a que en febrero de 2014 Cristina Narbona abandone la Carrera de San Jerónimo para que corriera la lista por Madrid.

«Después de ser elegido, empezó a creerse demasiado pronto que el triunfo era suyo y eso se paga», decía un barón reflexionando sobre si los enfrentamientos del último año con Susana Díaz o con Tomás Gómez –al que defenestró– y Antonio Miguel Carmona (la mitad de la federación madrileña) habían tenido mucho o poco que ver en la mala situación demoscópica que atraviesa el PSOE. «Ha gobernado el partido con violencia y, si no saca un resultado satisfactorio, los mismos que le apoyaron le van a matar», zanja un exdirigente.

El 20 de diciembre el PSOE obtenía el peor resultado de su historia en unos comicios parlamentarios, con 90 escaños y el 22,08 por ciento de los votos, por debajo de los 110 diputados y el 28,7 por ciento de apoyos que consiguió Alfredo Pérez Rubalcaba en 2011. Pese al resultado, los socialistas se mantuvieron como segunda fuerza política después de que muchas encuestas les pronosticaran un desplome y les relegaran a las tercera o incluso la cuarta posición. Tras la negativa de Rajoy, Sánchez fue propuesto por Felipe VI como candidato a ser investido presidente del Gobierno el 2 de febrero de 2016. El 24 el PSOE alcanzaba un acuerdo con Ciudadanos, que había obtenido 40 diputados en las elecciones, para investir a Sánchez. Sin embargo, la investidura fue rechazada definitivamente en el Congreso en segunda votación el 4 de marzo, con 131 votos a favor (PSOE, Ciudadanos y Coalición Canaria) y 219 votos en contra (el resto de diputados). Así, Sánchez cuenta con el dudoso honor de ser el primer candidato a la presidencia del Gobierno en la historia de nuestra democracia que fracasa y no logra la confianza del Congreso, ni siquiera en la segunda votación.

En unos pocos días se despejará la incógnita de si su estrategia de los últimos meses para formar Gobierno le pasará o no factura. Él, apoyado siempre por su mujer, Begoña Gómez, y por su entorno más cercano, está dispuesto a seguir dando la batalla.

Albert Rivera Díaz

Albert Rivera

La convicción de la victoria

Víctor R. Almirón

Si las cosas hubiesen discurrido con normalidad, en unos comicios como los del 26 de junio (o como los del 20 de diciembre), Rivera hubiera presenciado sentado frente al televisor la noche electoral. Esperando los resultados definitivos mientras miraba el reloj para ir a la cama, dispuesto a madrugar para comenzar la jornada como asesor jurídico de La Caixa. Si las cosas hubiesen discurrido con normalidad Ciudadanos habría sido un elemento exótico en la política catalana, como todos vaticinaban y muchos deseaban. Albert Rivera (Barcelona, 1979) es por encima de todo un superviviente. Ha estado tantas veces en lo que él definió al periodista Mariano Alonso como "la UCI política" que la capacidad de haberse salvado cuando todo parecía perdido le ha conferido una exagerada seguridad en sí mismo. No está dispuesto a perder. ¿Arrogancia? ¿Soberbia? ¿O simplemente una confianza absoluta? ¿Podría Ciudadanos ser lo que es hoy sin que él fuese así? Con sus defectos y virtudes. Todos coinciden en que no.

En el último pleno de la legislatura 2006-2010 el presidente de la Generalitat, José Montilla, le dedicó a Rivera un displicente «Hasta siempre». Todas las encuestas apuntaban que Ciudadanos no repetiría la representación lograda cuatro años antes. El líder de Ciudadanos recordaba esta anécdota en una comida durante la reciente campaña de las elecciones catalanas. «Al final el que se tuvo que ir fue él».

Ciudadanos repitió representación y ponía fin a cuatro años convulsos en los que Rivera reconoce no haber disfrutado de la política.

Las divisiones en el partido entre el sector liberal y el socialdemócrata siempre tuvieron a Rivera en el centro, como un pegamento que muchos siguen sin explicarse cómo fue capaz de unir piezas tan diversas. Los resultados electorales que siguieron a 2006 no fueron edificantes. Se quedó sin la representación esperada en las municipales de 2007, fracasó en las generales de 2008 y estuvo a punto de destruir el partido tras su decisión de aliarse con Libertas para las elecciones europeas de 2009. Malas decisiones, que le llevaron a ser casi otra persona. Dejó de practicar con regularidad el deporte que había articulado su día a día. 16 años de natación y waterpolo quedaron en un plano más que secundario para un político asediado en su propio partido y por la indiferencia del resto del Parlamento. Aquello se notó incluso en su aspecto físico, si se compara con el Rivera de estos días. «Estaba totalmente centrado en mantener el partido», cuenta José María Espejo, hoy vicepresidente del Parlamento de Cataluña.

¿Cómo llegó a ser presidente de ese nuevo partido un joven de 26 años? Casualidad o accidente han sido adjetivos que han definido aquel acontecimiento. Nada de eso. La realidad es que Rivera llamó pronto la atención de algunos de los integrantes del grupo de intelectuales que conformaron Ciudadanos. «A Albert ya se le conocía en la asociación. Se ha contado que era un desconocido. Lo que creo es que si realmente eso se hizo por el orden alfabético se quería igualmente que Albert fuera el presidente», cuenta José María Espejo.

Crisis y ascenso

Tras la crisis de Libertas, el partido vivió una sangría de militantes. Si en sus orígenes lograron 3.000 militantes al poco de constituir el partido, aquella pésima decisión dejó tan solo 800. «Nos quedamos muy pocos, pero actuamos más juntos que nunca. Los que sobrevivimos a aquello fuimos un equipo sin fisuras», recuerda hoy José Manuel Villegas, actual mano derecha de Rivera. A partir de ese verano los recursos del partido empiezan a centrarse en la comunicación. Se incorpora al equipo Imma Lucas como jefa de prensa y se construye la imagen del Rivera tertuliano.

Fue la sentencia del Estatuto en 2010, con Montilla encabezando una manifestación llena de esteladas, lo que devolvió a Ciudadanos el oxígeno político. Logró repetir sus tres escaños de 2010 con todas las encuestas en contra y a partir de ahí todo cambió. Algo en lo que fue fundamental su relación con Artur Mas. Su correcta relación personal con el líder de Covergencia los años anteriores, con el PSC como enemigo común, se volvió cada vez más tensa. Con un PP con un liderazgo diluido, «Rivera se convirtió en el jefe de la oposición sin serlo», cuenta María Jesús Cañizares, exdelegada de ABC en Cataluña. «Con solo tres diputados hacían una oposición muy imaginativa. Conseguía sacar a Mas de sus casillas», recuerda. Detrás de su enorme exposición pública y su facilidad con las palabras se esconde una persona reservada. «Es muy tímido, a veces le cuesta un poco pasar esa barrera», señala una compañera de partido que lo presenta como «muy divertido» una vez que es capaz de superar esa barrera.

Sobre esa imagen algo altiva que a veces transmite, algunas personas que lo conocen bien reconocen que «ser humilde no es su mayor virtud». No es creído ni prepotente, pero tampoco abusa de la falsa modestia. Él es muy consciente de sus capacidades y de a dónde puede llegar. Es consciente de que tiene duende. Y cómo no, el centro también sirve para explicar esta cuestión: «No es ni Pep Guardiola ni Mourinho. Está en el medio».

En el día a día abusa de la Coca-Cola zero, le gusta comer bien, variado, aunque no en cantidad, porque se cuida mucho. Y le gusta a ir a escuchar música en directo. El pasado 7 de noviembre, unas horas antes de presentar su programa de reformas institucionales se relajaba en un concierto de Miguel Poveda. Pero el Albert Rivera más personal tiene un nombre propio, el de su hija Daniela. «Habla muchísimo de ella, es el verdadero motor de su vida».

Pablo Iglesias Turrión

Pablo Iglesias

El enfant terrible que quiso ser presidente

Miriam Ruiz Castro

No fue casualidad. El hijo de los Iglesias Turrión llegó al mundo un 17 de octubre de 1978, y Javier y María Luisa lo tuvieron claro: tenía que llamarse Pablo, como el que fundó el partido que llevaban en sus carnés de militantes. Han pasado 37 años, y el Pablo Iglesias de Vallecas cambió el puño y la rosa por un círculo morado. Los mismos 37 años que ha cumplido una Constitución en cuya reforma ha fijado su objetivo. Pero el hombre con coleta que vino a «dar una patada al tablero ideológico» y que «quería asaltar los cielos» ha cambiado la irreverencia por la moderación, el ceño fruncido por la sonrisa y se ha intentado poner el traje de hombre de Estado: quiere ser presidente.

Siendo un adolescente –que leía a J. D. Salinger y a Hermann Hesse y pasaba los veranos en Rascafría, el pueblo de su abuela– creció escuchando las historias de su abuelo Manuel y de cómo «los fascistas les derrotaron». A los 13, sus padres se divorciaron y su madre se lo llevó de Soria a Vallecas , donde no tardó en afiliarse a la Unión de Juventudes Comunistas de España (UJCE).

Es licenciado en Derecho y doctor en Ciencia Política por la Universidad Complutense de Madrid, a cuyas aulas volvió convertido en profesor. Disfrutó de un beca Erasmus en Bolonia (Italia), y ese curso escolar lo sigue situando como el mejor viaje de su vida. Curtido en movimientos antiglobalización, se confiesa arrogante y obstinado, y parece haber hecho suya la máxima de su admirado Juan Negrín: «Resistir es vencer». Para Iglesias, la Complutense se convertiría en la cuna de Podemos –donde reclutó a alumnos aventajados y compañeros de departamento– y el 15-M en el campo de cultivo. Para entonces, ya había sido asesor de IU y había ganado experiencia en labores de análisis estratégico y consultoría con los Gobiernos de Venezuela y Bolivia. La hemeroteca le jugaría malas pasadas con declaraciones de exaltación del régimen chavista, del que poco a poco se ha ido desmarcando.

«Polemista por vocación», como dice de sí mismo, entendió que las tertulias jugaban un papel fundamental. Ya había usado junto a Juan Carlos Monedero e Íñigo Errejón sus programas en «La Tuerka» y «Fort Apache» como laboratorio. Tras aquel estreno en una tertulia de Inter economía sobre el Asedio al Congreso en 2013, todos querían a Pablo Iglesias en sus parrillas. La televisión haría el resto.

Un «miura» de la palabra, con una dialéctica y una retórica provocadoras, cuajó rápidamente en un formato televisivo en el que la simplificación de los mensajes le permitía hacer de su acoso a la «casta» la estrategia perfecta. «Lo que gustaba es que decía a la cara lo que todo el mundo quería decir. Llamaba corruptos a los corruptos, a las cosas por su nombre», resaltan en su partido. Pero transformar esa simpatía en votos se antojaba más difícil. Ágil en los argumentos, se abraza al populismo si ello es simplificar mensajes y apelar a emociones del imaginario colectivo que forjó el 15-M. ¿Por qué un círculo? «Porque del círculo nadie se queda fuera, porque no hay jerarquías». Pero Iglesias sabía que el empoderamiento ciudadano que prometía tenía que pasar primero por el apoderamiento de ese círculo, que hizo suyo.

El «político con coleta» se convirtió en un personaje de sí mismo, con una imagen diferente a la de quienes habitan el Congreso. «Sonríe más, no frunzas el ceño, no se puede estar siempre enfadado», escuchaba de sus consejeros. Tocó convertirse en partido, dejar de ser un «enfant terrible», y vender moderación. En Podemos todo está calculado. Iglesias es la cara, «el único que podía traernos hasta aquí», la criatura del ideólogo Juan Carlos Monedero con Íñigo Errejón susurrándole siempre al oído.

Su padre, que ahora le recita sus versos cada vez que lo acompaña y pide, orgulloso, "pie para el niño de Vallecas" –su niño–, no le puso Pablo Iglesias por casualidad. Lo hizo en honor al fundador de su partido. Ese del que ahora, el Pablo Iglesias de Vallecas, quiere firmar el acta de defunción.

Ahora, tras fagocitar de facto a Izquierda Unida, se muestra dispuesto a completar su jugada definitiva. Lo que en Podemos llaman «el desempate». Su objetivo de desplazar al PSOE como principal referente de la izquierda está cada vez más cerca.