Arqueología de nuevos vinos ancestrales

La búsqueda de Torres abarca Cataluña, Rioja, Ribera del Duero, Rueda y Rias Baixas

MADRIDActualizado:

Innovar desde la tradición tiene doble mérito. Hace más de treinta años, la familia Torres puso en marcha uno de sus proyectos más apasionantes: la recuperación de variedades de uva ancestrales que se creían extinguidas debido a los estragos que causó la plaga de la filoxera a finales del siglo XIX.

El innovador proyecto parte de un viaje al pasado a través de arqueología de cepas para recuperar un patrimonio vitivinícola único e irreplicable en el resto del mundo que arrancó en Cataluña y que se ha ampliado a otras regiones productoras como Rioja, Ribera del Duero, Rueda y Rías Baixas. También se ha puesto en marcha una bodega de microvinificaciones para profundizar en el estudio de estas variedades.

La iniciativa, gracias al impulso de la quinta generación, encabezada por los hermanos Miguel y Mireia Torres, director general y directora de innovación, respectivamente, se encuentra en plena efervescencia, con cerca de 50 variedades descubiertas de las que seis poseen gran potencial enológico que, además, pueden suponer una solución ante el cambio climático, porque se trata de cepas muy resistentes a la sequía y a las altas temperaturas.

Resistir altas temperaturas

En suma, el proyecto de esta familia vitivinícola centenaria supone una combinación de innovación y tradición para recuperar variedades de uva que habían quedado en el olvido de los viticultores y consumidores con dos objetivos: adaptar sus viñedos a la actual climatología y crear unos vinos singulares, únicos y auténticos, respetuosos con las tradiciones y el entorno.

A las variedades recuperadas como querol y garró, que ya forman parte del «coupage» del vino Grans Muralles, se suman dos tintas con gran interés enológico, que tienen la particularidad de ser muy resistentes a las altas temperaturas y a la sequía. Se trata de la moneu y la gonfaus, que la centenaria familia Torres ha plantado de manera experimental en su finca de L’Aranyó, en Borges Blanques, en el corazón de la comarca leridana de Les Garrigues, tras un largo proceso que empezó con la localización, en 1998, de dos cepas viejas desconocidas.

Después de sanearlas, reproducirlas y plantarlas en diferentes fincas para comprobar su adaptación, la familia Torres ha constatado que estas dos variedades expresan su mayor potencial en climas áridos y en condiciones extremas. La variedad moneu también ha sido reintroducida en el Penedès y este año se ha podido realizar la primera vendimia.

Encontrada en el Prepirineo catalán, la pirene está plantada en la finca de la familia en Tremp (Lleida), a 950 metros de altura. Es una variedad tinta con mucho color y un alto nivel de taninos. Según los enólogos, muestra mucha fruta roja, con un toque mineral y especiado, y sorprende en boca por su textura y finura, de fruta sabrosa y a la vez fresca. En cuanto a la forcada, es una uva blanca que se encontró en la comarca del Ripollès y se ha plantado en el Alt Penedès, en una finca de suelos arcillosos situada a 450 metros de altura, lejos de la influencia marítima. Es una variedad de ciclo largo, muy vigorosa y productiva que a los enólogos sorprende por su intensidad aromática y frescura.

En opinión de Miguel Torres Maczassek, quinta generación de la bodega familiar, «volviendo al pasado y recuperando las variedades que utilizaban nuestros bisabuelos, podemos mirar hacia el futuro y encontrar esta autenticidad que dará lugar a vinos únicos, muy especiales e irreplicables en el resto del mundo».

Investigación

A principios de la década de los años 80 del siglo XX, Miguel A. Torres, presidente y cuarta generación, empezó a gestar la idea de recuperar variedades ancestrales. Por muy devastadora que hubiera sido la plaga de la filoxera, no era descabellado pensar que podían encontrarse viejas cepas supervivientes. Esta era la teoría del profesor Boubals, de la Universidad de Montpelier, donde estudió Miguel A. Torres.

En 1983, ya de vuelta al Penedès, empezó a dar forma al proyecto de recuperación junto con el entonces jefe de viticultura de la bodega, Miquel Porta. El primer paso era localizar viejas cepas para determinar si se trataba o no de variedades que se habían dejado de cultivar. Hicieron un llamamiento a los agricultores catalanes, mediante anuncios en medios locales y comarcales, para que se pusieran en contacto con los técnicos de Torres si encontraban cepas que no sabían identificar. Cada una de estas variedades ha pasado por un largo proceso que puede durar entre 5 y 10 años, o incluso más, y que implica el saneamiento y reproducción in vitro de la cepa original, la adaptación al campo de la variedad, microvinificaciones y el registro en los organismos pertinentes.

Lucha contra el cambio climático

La familia Torres ha invertido 12 millones de euros en la lucha contra el cambio climático entre 2008 y 2017 en el marco de su iniciativa Torres & Earth, a la que destina un 11% de los beneficios anuales con el objetivo de reducir un 30% las emisiones de CO2 por botella en 2020, desde la viña al transporte final. Las actuaciones realizadas hasta ahora han permitido una reducción del 15,6%, según el balance del 2016 certificado por Lloyd’s, y para conseguir el objetivo de 2020 ha impulsado unos premios para implicar todavía más a sus proveedores, con reconocimientos en tres categorías: viticultores, logística y envasado.

Torres hace especial hincapié en las renovables, la eficiencia energética y el transporte ecoeficiente, con actuaciones como la instalación de una caldera de biomasa en su bodega de Pacs del Penedès (Barcelona), la reforestación de bosques, un tren solar para visitantes, la reutilización de agua de lluvia, y tractores que funcionan con biometano, entre otros.