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Robots y Medios, nuevos talentos de la inversión a corto

«Hay mucho talento detrás de los robots que ya avanza en la tarea de ordenar el denominado internet de las cosas: automóvil, electrodomésticos y también la inversión en Bolsa»

MadridActualizado:

En la revolución agraria el factor estratégico era la tierra y los que la poseían, terratenientes. En la revolución industrial fue el capital y sus propietarios, los capitalistas. En la era o revolución tecnológica el factor estratégico es el talento y sus dueños, mientras no llega el correspondiente neologismo, son los talentosos o quizás talentudos, como ha sintetizado muy bien este asunto Eduardo Serra.

Ese elemento estratégico de la revolución tecnológica ha permitido simplificar tareas, procesos, rebajar costes de producción y avanzar hacia la robotización y estandarización de la información, o la posibilidad de empaquetar un gran volumen de hechos y datos, aparentemente neutrales, de forma continuada y muy desordenada.

Hay mucho talento detrás de los robots que ya avanza en la tarea de ordenar el denominado internet de las cosas: automóvil, electrodomésticos y también la inversión en La Bolsa. Para este mercado existen robots que, a partir de una forma sesgada de interpretación de noticias, actúan y condicionan comportamientos en la comunidad inversora, que, sorprendentemente, no es consciente de este nuevo jugador.

La habilidad de estos programadores consiste en oscurecer el importante papel que juega algo tan elemental como el propósito de quien utiliza los hechos y los datos. Si una empresa quiere interactuar con robots, discrepar, rebatir o contradecir sus puntos de vista, sencillamente no puede.

El mayor defecto de esas máquinas, a diferencia de las personas, es que no aprenden de los errores y arrastran a otros a cometerlos, aunque hay en marcha talento que trabaja para subsanar esa disfunción. Un robot no tiene ningún tipo de responsabilidad legal, ni tampoco se tiene que atener a las consecuencias de sus actos, no tiene conciencia y, por hipótesis, aciertan siempre.

La revolución digital produce dos efectos, por un lado, acelera o intensifica el ciclo de noticias, es decir, la reacción a las noticias de facebook, twitter y otras plataformas en redes sociales es inmediata y con opiniones apresuradas que, en forma de bucle de realimentación, los medios clásicos se hacen eco de ellas como si tuviesen un peso real. Por otro, proporciona más importancia a la repetición de un evento que al evento en sí mismo. Los medios seleccionan lo que consideran más interesante, lo que más se recuerda, no necesariamente lo importante, extraen algunos momentos y los muestran una y otra vez.

Cuando los nuevos medios cubren historias serias, se apropian del material de los tradicionales y lo reescriben con titulares más idóneos para los motores de búsqueda, es decir, robot y, por supuesto, sin los matices y los condicionantes que exige el rigor, dice Mark Thomson, presidente de «The New York Times». Thomson, quien añade que «con la revolución digital se suponía que iban a mejorar mucho las cosas, pero en cuanto al lenguaje público y al debate democrático y constructivo, hasta ahora, en general, no ha hecho más que empeorarlo».

Según Thomson, «en todos los ámbitos del periodismo la noticia media se ha vuelto más corta», sin duda para atraer más una atención que hoy se mide en escasos segundos. Y sostiene también que «las historias tienden por lo común a los extremos, la acusación más fuerte o el dato estadístico más funesto son los que se cuelan en el primer párrafo o en la introducción del presentador. Es probable que los matices y salvedades se especifiquen hacía el final de las noticias o bien, ahora que son tan cortas, se eliminen por completo. La opinión o creencia vulgar predomina sobre los hechos o los argumentos bien construidos, no se dedica ni tiempo ni recursos para conocer con detalle los hechos».

Ceder ante ese bucle se basa en una premisa falsa, que las primeras indicaciones surgidas de las redes sociales son representativas de la opinión pública, pero cualquiera que haya tenido que gestionar comentarios «on line», sabe que al abrir la oportunidad de opinar sobre las noticias y sobre la gente con la que no se está de acuerdo, aparece una cantidad desproporcionada de personas enfadadas, extremistas o de equilibrios precario. No prestar atención al sesgo de los comentaristas y tratarlos como si fueran una muestra estadística representativa de la audiencia es una equivocación y exagera la reacción y la emotividad.

Si tenemos en cuenta el efecto pernicioso que esto genera en el mercado, sin duda sería, no ya excelente, sino bueno, que el regulador de los mercados recabara de los Medios la misma diligencia informativa que aplica a otras empresas.

La misma velocidad con la que reclama información a la empresa, debería exigirse al Medio sea cual fuere su canal. Ejemplos hemos tenido recientemente de como las posiciones cortas adoptadas por inversores con talento para ello e informadores que buscan el altavoz de los robots, genera efectos contraproducentes, una clamorosa injusticia y, por si fuera poco, coartan la libertad para poder expresarse en igualdad de condiciones. Lo expresó muy bien el conde de Shaftesbury, «solo puede haber maldad donde hay intereses opuestos».