Espacios en la escuela sueca Vittra
Espacios en la escuela sueca Vittra

Los desafíos de la educación del siglo XXI

La mayoría de los profesores españoles de Primara y Secundaria creen que nuevas formas de aprendizaje mejorarían los resultados de los alumnos y desarrollarían sus habilidades y capacidades

MADRIDActualizado:

Los alumnos de Secundaria del Instituto High Tech High San Diego (California, EE.UU.) están acostumbrados a realizar en clase proyectos tan reales como la vida misma: pueden construir un brazo mecánico, un prototipo de robot o diseñar un puente. Y en el Centro para la Innovación en el Aprendizaje de Sidney (Australia) los profesores y estudiantes deciden juntos los horarios y se reúnen en superaulas, donde caben cerca de cien alumnos. En grupos o parejas ocupan sillas, mesas, sillones, pufs o el suelo. En las escuelas suecas Vittra no hay aulas cerradas, ni pizarras, los chicos circulan libremente y cualquier lugar es ideal para aprender: en las escaleras o sofás, sobre cojines o tumbados en tarimas. El Ørestad Gymnasium de Copenhague (Dinamarca) se instala en un vanguardista edificio de ocho plantas donde el cristal, la madera y la tecnología crean un espacio en el que todo el mundo ve a todo el mundo, donde los alumnos se mueven con libertad y donde no se dan clases sino que se trabaja en sesiones de ochenta a cien minutos para realizar el proyecto elegido.

Estas son algunas de las 50 escuelas más innovadoras del mundo que aparecen en «Viaje a la escuela del siglo XXI», del psicólogo e investigador Alfredo Hernando. Pero no hay que irse fuera de nuestras fronteras para comprobar que cada vez existen más colegios que apuestan por nuevas técnicas y métodos pedagógicos. Hay centros a lo largo de toda nuestra geografía que ya educan en la inteligencia emocional; que aplican la teoría de las inteligencias múltiples de Howard Gardner en el aula; que han renunciado a las tradicionales clases magistrales y los alumnos estudian por proyectos; que impulsan el aprendizaje colaborativo; que aplican una enseñanza basada en competencias, o en modelos pedagógicos tan innovadores como el aula invertida («flipped classroom»), en el que el estudiante es el protagonista y gestiona el tiempo e incluso el ritmo de la clase... Ya no hay asignaturas compartimentadas, ni deberes, ni exámenes, a veces ni libros... Y los espacios arquitectónicos también cuentan: más luminosos, abiertos, amplios, que facilitan la comunicación... Son escuelas que están creando un nuevo paradigma.

Los retos de este tiempo en constante cambio obligan a una profunda transformación también en la educación: para muchos la escuela tradicional ha caducado. En la Cumbre Mundial para la Innovación en Educación de 2015 (WISE, por sus siglas en inglés), que se celebró en Doha (Qatar), ya se destacó que los sistemas educativos de todo el mundo sufrirán grandes modificaciones hasta 2030. Las nuevas tecnologías e internet han irrumpido de manera revolucionaria en la forma de aprender y enseñar. Y la globalización no ha hecho más que impulsar esa transformación.

Un cambio de modelo

Por eso, «tenemos que educar a futuros ciudadanos del mundo», asegura Silvia Pradas, maestra y directora del Máster en Neuropsicología y Educación de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR). Para ello, «el colegio tiene que ayudar en el desarrollo integral de la persona», afirma la profesora.

El 87% de los profesores cree que el sistema actual no prepara a los alumnos para afrontar los retos del siglo XXI

Si a tanto y a tan acelerado cambio tecnológico se añaden los grandes avances de la ciencia sobre el conocimiento del funcionamiento de nuestro cerebro, el desafío resulta brutal. «La confluencia de la educación, la pedagogía, la psicología y la neurociencia es la neuropsicología educativa. Entendemos cómo entra la información en el cerebro, cómo la procesa, cómo lo convierte en conocimiento... Y a partir de ahí cómo el alumno crea su propia sabiduría. Esta perspectiva hace cambiar todo en el sistema educativo», explica Pradas.

Es evidente que estamos ante una nueva era. «El modelo para entender un sistema educativo que sirvió para la escolarización universal no es el mismo que un modelo para que cada niño aprenda según sus capacidades y que así obtenga el máximo desarrollo de su potencial para lograr su proyecto vital», explica Alfredo Hernando, psicólogo e investigador, creador del proyecto escuela21.org y autor del libro «Viaje a la escuela del siglo XXI», citado anteriormente.

«El gran reto es pasar de los centros de enseñanza del siglo XX, donde el centro era el profesor, a centros de aprendizaje del siglo XXI, donde el centro es el alumno», cuenta Amaia Arzamendi, encargada del equipo de Liderazgo e Innovación de Educsi y directora del Colegio Ignacio de Loyola en San Sebastián. Es la apuesta que están realizado varios colegios jesuitas de Cataluña. Lo denominan proyecto «Horizonte 2020», año en el que 13.000 alumnos ya estarán inmersos en estos nuevos planteamientos pedagógicos. En esas escuelas se han derribado las paredes de las aulas, donde ahora hay sofás para leer; los estudiantes deciden cuándo salen al patio; comienzan la jornada con 20 minutos de reflexión para plantearse los retos de ese día; han desaparecido los exámenes tradicionales y deberes para casa; no hay asignaturas tal y como las conocemos...

La singularidad de cada alumno

Son muchos los que están por la labor. El 87% de los profesores afirma que el actual sistema educativo no prepara a los alumnos lo suficiente para afrontar los grandes retos de la educación del siglo XXI. Ésta es una de las conclusiones de una encuesta realizada por la editorial SM a 2.900 docentes de educación Infantil, Primaria, Secundaria y Bachillerato de todo el país. La mayoría de los profesores creen que el sistema actual no permite desarrollar al máximo las habilidades y las capacidades de los estudiantes y que la utilización de nuevas formas de aprendizaje mejorarían los resultados del alumnado. Hay que recordar que en España, además, existe otro handicap: la tasa de abandono escolar es del 19,7%.

«La clave está en asumir la importancia de la educación personalizada»

El desarrollo del pensamiento crítico; trabajar las inteligencias múltiples de manera individualizada y el trabajo cooperativo en las aulas son las más importantes apuestas que hacen los docentes para el presente y futuro. «La clave está en asumir la importancia de la educación personalizada y que los docentes veamos a cada alumno en su singularidad. Hay que estar convencidos de que educamos a estudiantes para carreras que no existen», analiza la profesora de UNIR. De ahí los retos que plantea: «El profesor -dice- ya no es un transmisor de información sino que ayuda a los alumnos a resolver problemas cotidianos, de la vida misma. En nuestro sistema se necesita desarrollar mucho más la creatividad, la toma de decisiones, sacar el talento de cada uno, potenciar el liderazgo...».

Importa hasta el clima en el aula y el espacio físico, dice esta docente: «Muchas investigaciones han demostrado que un aula con mesas dispuestas para trabajar en equipo, donde el profesor se acerca al alumno y apoya, facilita la iniciativa y estimula la creatividad».

En un mundo hiperconectado, donde todo cambia a velocidad de vértigo y de forma exponencial, la escuela tiene que ir mucho más allá de la dimensión académica. «Los contenidos caducan también muy rápido y necesitamos educar a los alumnos en competencias, en diferentes idiomas para leer la realidad y transformarla, desde el compromiso, la empatía, en el conocimiento de sí mismos...», indica Arzamendi. «El gran cambio es considerar que los niños son individuales, que cada uno tiene capacidades diferentes y procesos de aprendizajes distintos. Todos son valiosos y todos tienen que poder llevar al futuro su proyecto de vida», matiza Ana Fernández del Amo, responsable del departamento de Formación de la Fundación Estudio.

Es decir, la escuela del siglo XXI debe ser integral e integradora, como explica Valentín Martínez-Otero, profesor de Teoría de la Educación de la Universidad Complutense de Madrid. «El ser humano -afirma- tiene una labor pendiente de naturaleza moral. Hay que poner en valor el conocimiento también de uno mismo, intrapersonal, y con los demás: fomentar la dimensión social del ser humano e incluso aspectos espirituales. La comunidad educativa no solo tiene un compromiso con la dimensión cognitiva e intelectual, también con la de naturaleza ética».

Todo sea por que de las escuelas del siglo XXI florezcan los ciudadanos de un mundo que todavía está por venir.