El milagro económico de Ruanda tras el genocidio
Entre 2006 y 2011 al menos un millón de ruandeses salieron de la pobreza, de acuerdo con la encuesta nacional sobre las condiciones de vida en los hogares - EFE

El milagro económico de Ruanda tras el genocidio

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Cuando el próximo 7 de abril se cumplen veinte años del genocidio de Ruanda, las ciudades vecinas de Goma, en la República Democrática del Congo, y Gisenyi, en territorio ruandés, ejemplifican a la perfección las dos caras del milagro económico regional. Apenas separadas por unos metros de distancia, pero a años luz en el terreno moral.

En el último lustro, la economía de Gisenyi, al igual que el resto del país, ha crecido (de media anual) un 8% y es sede habitual de visitantes de lujo. Mientras, al otro lado de la frontera, Goma es pasto habitual de las acometidas rebeldes en uno de los conflictos más olvidados del mundo. Dos orillas (la línea que marca el lago Kivu), dos historias económicas.

«Veinte años después de los terribles crímenes que se cobraron la vida de cerca de 800.000 personas, Ruanda es un ejemplo para las economías regionales», asegura el analista Jean Pierre Akingeye. «Las heridas de la muerte se han recuperado con dólares», añade.

Según un reciente informe del Banco Mundial («Doing Business 2014: Understanding Regulations for Small and Medium-Size Enterprises»), Ruanda es el segundo país del continente africano, tras la República de Mauricio, para hacer negocios. En este sentido, el país de los grandes lagos encabeza la lista en tres categorías: mayores facilidades para crear una empresa, registrar propiedades y obtención de crédito.

Sobre el papel, la situación es paradójica. En un país diminuto (a estándares continentales) y con la mayor densidad del África Subsahariana, buena parte de la población ruandesa (73%) continúa subsistiendo de la agricultura. De igual modo, la carencia de recursos naturales en sus fronteras y la ausencia de salida al mar, a priori, no ofrecen demasiadas garantías de supervivencia.

No obstante, la fórmula parecía clara desde el fin del genocidio: inversores en lugar de donantes. Potenciar el sector del turismo y los servicios en lugar de esperar la caridad internacional.

«Ruanda cuenta con una gran ventaja sobre el resto de democracias regionales: el imperio de la ley. Ningún país africano ha hecho más para frenar la corrupción», asevera Akingeye. El pasado año, la organización Transparencia Internacional situaba a Ruanda como el país menos enviciado del África del Este, mientras alababa los esfuerzos por contener una de las principales lacras que asuela al resto de economías.

Es cierto, el Gobierno de Kigali ha sacrificado el modelo de democracia occidental a través un autoritario régimen centrado en la figura presidencial. A pesar de ello, la jugada del mandatario Paul Kagame parece haber surtido efecto.

En solo cinco años (periodo entre 2006 y 2011) al menos un millón de ruandeses salieron de la pobreza, de acuerdo con la encuesta nacional sobre las condiciones de vida en los hogares. Ahora, el umbral se sitúa en el 45%.

«La única forma de levantar un país tras una crisis es mirar hacia adelante», reconoce el analista.

Mientras, crecen proyectos emprendedores que potencian el desarrollo. Éste es el caso de la comunidad tecnológica kLab, uno de los pilares de Visión 2020 –el plan del presidente Kagame para convertirse en un país de ingresos medios en 2020– y que pretende organizar una base sólida de asesores que entiendan las necesidades regionales.

Sin embargo, el milagro económico de Ruanda todavía continúa arrojando algunos claroscuros.

Por un lado, en materia de garantías democráticas, con un continuo acoso a la oposición política, tanto en el exterior como en el interior del país. Por el otro, en materia de identidad, como el radical proceso emprendido por el Gobierno Kagame para extender el inglés como lengua nacional, en detrimento del clásico francés. Todo ello, a pesar de que el primero tan solo es hablado por la élite.

La situación ha creado no pocos conflictos. Para muestra, un botón. Como denuncia Frank Habineza, del opositor Democratic Green Party, los nuevos billetes de 500 francos (cerca de medio euro) sólo han sido imprimidos en kinyarwanda e inglés, a pesar de que el antiguo papel moneda incluía también la lengua francesa.

Quizá sea un simple problema lingüístico, pero concretiza el «salto hacia adelante» emprendido por Ruanda. En ocasiones, al margen de su población.