Bienvenidos a la vieja economía

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Internet y la crisis impulsan el consumo colaborativo: por qué comprar lo que puedes compartir o alquilar

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La serie Futurama, del creador de Los Simpsons, transcurre en una hipotética sociedad de un futuro lejano en la que sus personajes reciclan los objetos cotidianos. No desperdician nada. En un episodio, tienen que hacer frente a un meteorito que amenaza al planeta y deciden crear una bola de basura con el que bloquearlo. Para ello, empiezan a tirar las cosas después de usarlas. Uno de los personajes explica a los demás cómo hacerlo: solo tienen que vivir como vivían en el siglo veinte.

En el siglo veinte, pero quizás no en el siglo veintiuno. La irrupción de las tecnologías digitales y las urgencias de la crisis económica han impulsado un movimiento conocido como consumo colaborativo. No es nuevo, sino todo lo contrario. Es, incluso, primitivo. Nuestros abuelos lo hacían: si tenían que viajar, iban en un coche compartido y se alojaban en casa de un conocido. Intercambiaban lo que tenían. A veces, por dinero; otras, por otro bien o servicio. Un modelo de consumo por el que vuelven a apostar muchas personas y empresas. «Es una nueva forma de consumir donde se prima el uso del producto frente a la posesión», explica Concepción Gabaldón, directora de Área 31, un espacio de innovación y emprendimiento del Instituto de Empresa (IE) Business School. «Esto se ha hecho siempre. Como en los pueblos o las comunidades de vecinos. Ahora las nuevas tecnologías han reducido el coste de ponerlo en marcha en comunidades mucho más grandes», afirma.

Albert Cañigueral, autor de un blog que promueve esta tendencia, considera clave el cambio cultural que ha provocado internet. «La gente se ha acostumbrado a compartir en la web. Cuanto más servicios da uno, más recibe», argumenta Cañigueral. Según la revista «Time», que en 2011 consideró esta idea una de las diez que cambiarán el mundo, todo comenzó con Napster, el servicio con el que se compartía música. Aquello acabó con los cedés: la gente quería escuchar la música, no poseer el disco. En la actualidad, la plataforma Netflix tiene más de 20 millones de suscriptores para ver películas y series en línea.

La crisis económica ha extendido esa actitud a muchos sectores. La cuestión es ser eficiente. Ya sea con el alquiler de libros de textos o al compartir una oficina de trabajo. «Es una forma de bajo coste de consumo. La crisis nos ha puesto una pistola en la sien para innovar. Pero no creo que este modelo muera cuando acabe la crisis», presiente la profesora del IE.

Cambio de modelo

Los dos sectores más punteros son el del transporte y el alojamiento. Una plataforma norteamericana ofrece en Nueva York más habitaciones que toda la industria hotelera junta de la ciudad, apunta Cañigueral. Es Airbnb, la iniciativa más exitosa a nivel global, un servicio que pone en contacto a personas que quieren alquilar habitaciones o casas con viajeros. En junio de 2012, registraron más de 10 millones de reservas. Airbnb, valorada en 1.300 millones de dólares, obtiene un 10% del importe de la transacción y está presente en 192 países. En España, supera las 22.000 habitaciones.

El verdadero cambio respecto a la industrias tradicionales es que «los usuarios también pueden ser proveedores», opina Cañigueral. Una diferencia que hace que Airbnb pueda tener habitaciones en tantos ciudades y países donde una cadena de hoteles no podría llegar nunca. La mayoría de las plataformas se basan en una contraprestación económica; otras se benefician de la publicidad y algunas son gratuitas, como Couchsurfing, donde la gente ofrece su «sofá» para pasar la noche. Pero no se trata de una vuelta al trueque, opina Gabaldón. «Son modelos de negocio más eficientes y sostenibles y la tecnología los hace posibles», sentencia Cañigueral.

Las posibilidades son muchas y cada vez más emprendedores se lanzan a este negocio: como Segunda Manita, un mercado de segunda mano de material infantial; Super Marmite, una red donde vecinos preparan y venden porciones de comida; o Fon, una forma legal de compartir wifi. Según Gabaldón, estos modelos de negocios son una gran oportunidad para las startups. «Como se crea un valor económico real, de ahorro, la gente está dispuesta a pagar por el servicio», explica. Aunque la clave, añade la profesora del IE, está en la forma en que se ejecuta, ya que «el consumo colaborativo ya está inventado». Un atractivo que también han detectado los fondos de inversión: en 2011 se destinaron más de 250 millones de dólares en todo el mundo a este tipo de iniciativas.

Una de las cuestiones más delicadas en los servicios de consumo colaborativo es cómo garantizar la seguridad del servicio y captar la confianza del consumidor. La mayoría de las empresas han adoptado el sistema de reputación que introdujo eBay: los usuarios valoran a los proveedores del bien o servicio en internet. Antes de ello, hay un control básico a través de la aportación de la identidad y la cuenta corriente. «Las empresas están obsesionadas con garantizar la seguridad. Dependen de ello», afirma Gabaldón. Sobre estas empresas también recae el mito de que favorecen el fraude fiscal. Algo que niega la profesora del IE. «Si hay intercambio, las empresas facturan y declaran a Hacienda. Como en cualquier negocio, habrá quien no cumpla la ley», dice.

España despega en 2012

Aunque este fenómeno continúa en la incubadora en España (comparado con EE.UU.), muchas iniciativas han nacido y crecido durante 2012. La inversión más importante del año, una ampliación de capital de 7,5 millones de euros, fue a parar a BlablaCar, una red «que pone en contacto a conductores que van a viajar solos con pasajeros que van a hacer el mismo viaje», nos cuenta uno de sus responsables, Vicent Torrens. Un mercado que tiene potencial: alrededor de 100 millones de personas viajan solas cada día en España. Y BlablaCar está cubriendo ese espacio. Si un coche tiene 1.8 ocupantes de media, en los viajes realizados a través de BlablaCar, la cifra es de 2.8. El ahorro que esta empresa ha generado a los conductores en el total de países en que está presente asciende a 182,7 millones de euros. Según Torrens, el viaje es más económico, «ya que se comparten los gastos», pero también más divertido. Y los tímidos no deben preocuparse: si uno no quiere hablar durante el viaje, hay un sistema de aviso en la web.

En Weslu, una startup que nació en octubre de 2012, se ponen en contacto profesores y alumnos. Cualquiera puede enseñar. Solo hay que ofrecer un curso en aquello que uno domina y esperar a que los alumnos se apunten. «Todo el mundo tiene conocimientos específicos que enseñar. Esto puede ser un trampolín para trabajar como freelance», afirma Alberto Lorente, uno de sus fundadores. Las disciplinas varían desde las más clásicas, como aprender a estudiar, a las más variopintas, como un taller de oxígenoterapia gastronómica. «Tenemos ya 3.000 usuarios registrados y 250 profesores. Y solo acabamos de empezar», dice Lorente. En el equivalente norteamericana, Skillshare, el profesor de desarrollo web Avi Flombaum ya gana 25.000 dólares al mes.

Los precursores de este movimiento destacan que el valor que genera no es solo económico. También es social, medioambiental, de tiempo, de calidad de vida. Compartir automóvil, por ejemplo, evita muchas emisiones contaminantes. Van más allá: quieren cambiar las mentes. Como afirmaba el periodista Bryan Walsh en la revista «Time»: «Algún día miraremos al siglo veinte y nos preguntaremos por qué poseíamos tantas cosas».