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Nadal-Ferrer, final española en París

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España tiene motivos para presumir en París, felizmente representada por dos héroes encomiables en un día para recordar. Rafa Nadal y David Ferrer exhiben músculo y se desafían para la final de este domingo, garantizado el himno en Roland Garros un año más sin que Francia encuentre consuelo para su maldición. Será la cuarta final con raquetas nacionales, la octava de Nadal en estas tierras y la primera para Ferrer, muy distintos ambos a la hora de cocinar sus victorias. Son dos amigos enfrentados por un grande, dos amigos que siempre defienden la bandera, dos amigos que discuten por París. Son dos ejemplos para España, que también da buenas noticias.

Suele darlas Nadal, muy sonada esta vez por cómo se produjo. No es un título, pero como si lo fuera. Tampoco una final, extraño porque Rafa Nadal y Novak Djokovic suelen citarse siempre en el último día de cualquier torneo. Es París, en un viernes de leyenda, una semifinal memorable que se resuelve en cuatro horas y 37 minutos con Nadal impulsándose hasta el infinito, el rey del paraíso. Llega de forma épica, su mayor victoria desde que regresó, y lo hace para aspirar a su octavo Roland Garros. Es una brutalidad, una hazaña más de la que presumir, un triunfo de campeonato porque se quita del camino al enemigo que más difícil se lo ha puesto. Djokovic es un gigante, tremendo número uno, pero ya sabe que en París es imposible, que ese territorio es de Nadal y de nadie más. Entre idas y venidas, al final se impone el español por 6-4, 3-6, 6-1, 6-7 (3) y 9-7. Es algo sublime.

Se juega desde la pasión, importante hasta el más mínimo detalle. Aumentan los decibelios, se muerde con fuerza, puños apretados. Los palcos lidian otra batalla, cada mirada cuenta. En la pista hay dos colosos emparejados antes de tiempo, pero se compite como si fuese domingo. Cada punto tiene historia, un espectáculo mayúsculo salpicado por el drama. Y Nadal, por norma, siempre gestiona mejor esos caminos. Después de estar prácticamente sentenciado en el quinto set, renace, como otras tantas veces y tritura las ilusiones de Djokovic, que se había empeñado en ganar aquí para cerrar el círculo. «Un milagro», exclama Toni Nadal con los ojos llorosos. «Un milagro».

Lo dice después de ver a su sobrino acorralado. A Nadal se le ha escapado una oportunidad impagable en el cuarto set, con 6-5, saque y 30-15, a dos puntos de la gesta. Pero la historia se tuerce y el partido pasa a ser otro completamente nuevo, inhóspito paisaje en gris tirando a negro. Con break arriba en el quinto, Djokovic parece ser el dueño de la situación, alegre su rostro, compinchado con la grada. El número uno es, al fin y al cabo, fiel a su leyenda, un titán. Hubiera ganado siempre este partido, salvo contra Rafa Nadal.

Hay puntos espectacularmente buenos, auténticas maravillas sobre el albero. Es una oda al tenis con dos jugadores que lo luchan todo, cada uno a su manera, fieles a dos estilos innegociables. Nadal lo borda en el primer set, es difícil jugar mejor. Vuela la bola, su derecha es un martillo, funciona bien su servicio y alcanza todo lo que llega desde el otro lado de la pista. Djokovic se presenta luego y completa un segundo set de sombrero antes de dimitir en el tercero. Pero vuelve porque él también tiene mil vidas y lleva la batalla a un escenario inmejorable para el espectador. Recuerda a la lucha por el título de Australia en 2012 con los mismos protagonistas, pero esta vez con final feliz para Nadal.

Gana por una cuestión mental, porque aplica como nadie esa forma de vida inculcada en Manacor cuando era un crío. Las bolas se disputan hasta que quede algo en el depósito y así actúa ante Djokovic, desesperado porque no le da con tod su repertorio. Abusa de las dejadas, busca siempre las líneas y ni siquiera así es capaz de agotar al balear. La bola siempre vuelve hasta su costado y comete errores de bulto en el remate. Mientras mira a su gente y entrega mil muecas a las cámaras, no se explica cómo puede ser, cómo se le escapa vivo Nadal. Luego, a la hora de la reflexión, se justifica en la pista. «Pedí que se regara la pista porque estaba demasiado resbaladiza. Me dijeron que iban a plantearlo, pero al final no lo han hecho. Creo que han tomado la mala decisión», denunció. «Yo la vi bien», replicó el mallorquín.

Ferrer, un ciclón ante Tsonga

Del duelo eterno se pasa al paseo triunfal de David Ferrer, que estará en la primera final de un grande en su vida. Se le abrió la puerta con el sorteo y él, en silencio, ha ido superando etapas con muy buena letra, aseado a la hora de escribir su destino. Se enfrentaba a Tsonga y a la grada de la central, volcánica y ansiosa para acabar con el mal fario. Desde 1983, en tiempos de Yannick Noah, que no hay un campeón local y tampoco será este porque Ferrer fue un torbellino.

No hay mucho más que contar de su triunfo, incontestable desde el inicio. Ferrer ya no se asusta ante los grandes retos y aprovechó la inercia para desconectar a Tsonga, a quien le superó la magnitud de la cita y no supo cargar con la presión con que le cargó todo el país. Francia llora porque el tenis no le da alegrías mientras España se prepara para un domingo tan grandioso como en 1994 (Bruguera-Berasategui), en 1998 (Moyá-Corretja), y en 2002 (Ferrero-Costa). Los héroes de ahora son Nadal y Ferrer.