Pyeongchang 2018

La reconstrucción de Queralt Castellet

La española afronta la posibilidad de alcanzar la cima olímpica tras una evolución física y mental

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Queralt Castellet es feliz en la nieve. En ella construyó sus planes, sus sueños y sus objetivos. En ella se convirtió en la primera medalla mundial en snowboard para España. Y a ella volvió para recuperarse y hacerse más fuerte para atacar el último escalón de la montaña: el podio olímpico. En Pyeongchang, la española es firme candidata a la medalla en la modalidad de halfpipe. Tiene los recuerdos de Turín 2006, las buenas sensaciones de Vancouver 2010, las lecciones de Sochi 2014 y nuevos trucos con los que sorprender en Pyeongchang 2018. Pero, sobre todo, con 28 años, Castellet tiene la experiencia vital de asomarse al abismo y reconstruirse de nuevo para volar a lo más alto.

Para mostrar credenciales para la victoria, la española ganó el 13 de enero en la Copa del Mundo de Snowmass (Estados Unidos) y fue bronce una semana después en Laax (Suiza). Aunque es consciente de que dependerá del día: «Tengo mis trucos fuertes. Tengo que “planchar mi ronda” (mañana, a partir de las 2.00 hora española, DMax), y si paso, “planchar” la final. Y luego están los jueces, que son los que decidirán. Lo más importante es disfrutar de ese día», advertía ayer, después de sentirse muy bien y a gusto en los entrenamientos y con el circuito. Confía en ella su entrenador Benjamin Bright, que ya llevó hacia la cima a otra «rider», Torah Bright, oro en Vancouver y plata en Sochi. «Queralt es diferente, única y especial», dice sobre su pupila.

No lo dice por decir, sino por haber visto cómo Castellet se transformaba ante sus ojos en una «rider» total, más exigente con su físico, más original con sus saltos, más confiada en sus posibilidades, más fuerte mentalmente. «No firmo el bronce, yo quiero ganar. Son los Juegos a los que mejor llego», afirmaba.

Apenas tiene recuerdos de antes de la nieve, de los esquís y la montaña. Tenía seis años cuando empezó a disfrutar de las bajadas en el Pirineo y 13 cuando decidió abandonarlo todo por seguir esa ilusión que la ha mantenido en pie a pesar de todas las dificultades. Heridas físicas, como el golpe que se dio poco antes de los Mundiales de Sierra Nevada 2017 y que apunto estuvieron de dejarla a pie de pista. Y heridas emocionales que ha ido curando con paciencia, ayuda familiar y una fuerza de voluntad que la ha hecho una persona distinta desde 2015.

En enero de aquel año se proclamó subcampeona del mundo en halfpipe en Kreischberg (Austria). Pocos meses después, murió su pareja y entrenador, Ben Jolly, al que le habían detectado dos tumores cerebrales y a quien conoció en 2008. «Me llaman: que Ben se ha quitado la vida. Ahí se para todo, el snowboard incluido», confiesa en el documental «Ride to the roots». Después de seis meses sin querer saber nada de la tabla y a punto de abandonar su carrera, volvió a pisar la nieve y se reencontró a sí misma. «Sentí felicidad. Entendí que realmente era lo único que yo tenía. Me ha llevado a ser quien soy y aprender todo lo que sé». Se levantó del bache en su casa de Sabadell, con los suyos, y decidió que continuaría el legado que Jolly había dejado en ella: ser la mejor «rider» del mundo y alcanzar esa medalla olímpica por la que ambos trabajaron tanto tiempo entre Nueva Zelanda y Estados Unidos.

Empezó de cero con Bright, aunque le costó la adaptación. «Mi meta inicial no era (solo) la medalla olímpica, era intentar que ella volviese a recobrar la ilusión y las ganas en el snowboard, porque tiene una calidad innata», admite el australiano. «A veces es duro trabajar con alguien tan estricto. Pero es lo que queremos hacer, porque el trabajo duro te da resultados», concluye la española.

En el casco, frases de ánimo y apoyo de los seguidores que quieren darle alas a esta Castellet reconstruida, que quiere demostrar que vuelve a ser feliz sobre la tabla, con sus saltos, en el aire, en la nieve, con una medalla. Para alargar el legado de Jolly. Para continuar siendo ella misma.