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Mundial de Rusia 2018Un sargento de misa diaria

Fernando Santos llevó a Portugal al mayor éxito de su historia hace dos años. Ahora desafía a España

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A Fernando Santos (Lisboa, 1954) le persigue una fama de hombre duro y cascarrabias, pero quienes le conocen bien afirman que no es tan fiero como lo pintan. En cambio, destacan su enorme respeto hacia todo aquél que se cruza en su camino. Exigente al máximo, pero sin un mal modo. En Portugal es un héroe desde que hace dos años convirtiera a la selección en campeona de Europa. Un Luis o un Del Bosque a la portuguesa. Al igual que ellos, ha logrado llevar a su equipo al mayor éxito de su historia después de una larga procesión de fracasos. Su rigor táctico y la pasión que transmite a sus jugadores serán, junto a Cristiano Ronaldo, los mayores peligros que se encuentre España en su debut mundialista.

Santos se hizo cargo de la selección portuguesa en septiembre de 2014, justo después de una humillante derrota en casa ante Albania que puso la puntilla a Paulo Bento, su predecesor. No se puede decir que no llegara curtido. Entre Portugal y Grecia había entrenado a una decena de equipos. En el país luso estuvo en diferentes etapas en el banquillo de los tres grandes (Benfica, Oporto y Sporting), algo que solo otros tres entrenadores habían llegado a hacer. Y en Grecia pasó por el AEK Atenas, Panathinaikos, PAOK de Salónica y, finalmente, la selección. Llevó a los helenos hasta los cuartos de final de la Eurocopa 2012 y los clasificó por primera vez para los octavos de final en el Mundial 2014, donde cayó en los penaltis ante Costa Rica. En Grecia le apodaron el Sargento por instaurar entrenamientos a las ocho de la mañana. «A esa hora el tráfico es imposible, míster», cuentan que le dijeron sus jugadores. «Muy bien», respondió impasible, «entonces lo pondré a las siete».

Esa disciplina férrea que exige a sus jugadores también se la impone él en su vida diaria. Tras ser despedido del Estoril en 1994 pasó por un momento personal muy delicado del que solo encontró consuelo en la religión. Desde entonces es hombre de misa diaria. Santos es devoto de la Virgen de Fátima y acude cada año al santuario para orar y recogerse: «Mi identificación con la Virgen es mediante el silencio. Arrodillarme junto a su imagen, sentir su presencia constante. Ver el amor que mostró a su Hijo».

Su fe no solo es católica, sino también profesional. «Creed en mí y jugaremos la final de la Eurocopa» fue lo primero que dijo a los jugadores nada más convertirse en seleccionador de Portugal. Y tanto que le creyeron. También allí hubo de echar mano de la fe. Hasta plantarse en el partido definitivo, Portugal había completado una Eurocopa a trompicones. Cerró la primera fase con tres empates (Islandia, Austria y Hungría) que le clasificaron de rebote y casi en el último minuto. En octavos ganó a Croacia con un gol en la prórroga. Nuevo empate en cuartos, ante Polonia, y clasificación a semifinales en los penaltis. Gales, en la penúltima ronda, fue la única víctima real de los portugueses. En la final esperaba Francia, la anfitriona, la gran favorita. Y Santos profetizó: «Vamos a hacer historia». El milagro de Portugal lo culminó Eder, un delantero grandullón y suplente que marcó en la prórroga el gol que elevaría a Santos a los altares.

La relación con Cristiano

Ahora, en Rusia, Santos ha renovado aquel equipo campeón que sigue teniendo en Cristiano Ronaldo al hombre al que todos miran. Santos se lleva bien con la estrella. Congenian. El hoy seleccionador fue el último entrenador que tuvo el delantero del Real Madrid antes de marcharse a Inglaterra con 18 años. Santos siempre ha sido un firme defensor del carácter de Cristiano: «Con 11 años dejó su aldea en Madeira y se fue a una gran ciudad. Desde entonces todo lo que ha conseguido ha sido por su esfuerzo y perseverancia. Y lo ha hecho solo. Es normal que se haya creado una coraza».

El estilo de Santos no cambiará respecto al que exhibieron en 2016: una defensa rocosa y un contragolpe asesino a la medida de la velocidad de sus delanteros. En Portugal se ganó unos cuantos reproches por el juego poco vistoso de la selección antes de convertirse en campeón, algo que nunca llevó demasiado bien: «Antes de la final me llegaban más mensajes de felicitación desde Grecia que desde Portugal... No me importa ser el patito feo, el Calimero. Si me preguntan si prefiero ser bonito y perder o ser feo y ganar, prefiero ser feo» relata al tiempo que desmitifica la posesión.