Joop Van Daele, con sus gafas, en un partido del Feyenoord
Joop Van Daele, con sus gafas, en un partido del Feyenoord
Fútbol

Joop Van Daele, la historia del curioso goleador con gafas que dio una Intercontinental al Feyenoord

El jugador holandés fue siempre un secundario, pero tiene un lugar de privilegio en el museo de club

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Rubio, con un metro noventa de estatura y unas piernas finas que facilitaban sus largas zancadas, sobre la hierba transmitía la sensación de ser un futbolista desgarbado. Miope desde niño, Joop van Daele fue siempre un secundario en el Feyenoord, pero cada vez que pisaba la hierba llamaba la atención de los hinchas no solo por su frágil figura. También, y especialmente, por las gafas que lucía. Sin ellas, apenas acertaba a golpear el balón. Algo torpón cuando se hacía el dueño de la pelota, aquel futbolista estéticamente diferente tiene, sin embargo, un espacio privilegiado en el museo del club holandés porque suyo fue el gol que, en 1970, convirtió en campeón del mundo al conjunto de Rotterdam. Un tanto inolvidable que encierra una curiosa historia sobre sus lentes.

Cornelius Johannes (Joop) van Daele (14-08-1947) no tuvo fácil triunfar en el fútbol porque su carrera parecía acabada incluso antes de comenzar. Con trece años entró en la cantera del Feyenoord, pero nunca terminó de convencer a suss entrenadores hasta que el austriaco Ernst Happel se cruzó en su camino. En las categorías inferiores comenzó de nueve pero, ante su falta de gol, los técnicos le probaron como central para intentar aprovechar su estatura despejando balones. Pese a las ganas que ponía en los entrenamientos acompañado de sus inseparables gafas, nunca consiguió convertirse en titular indiscutible. En los partidos siempre se encontraba un cartel reservado con su nombre en los banquillos. Intuyó que ganarse la vida exclusivamente con el fútbol no sería sencillo y buscó trabajo como cajero de la compañía estatal de correos. En 1967, con 19 años y cansado ya de su falta de oportunidades, el «largo», como era conocido por sus compañeros, solicitó a su club ser transferido. Los 90.000 florines que el Feyenoord pidió por él espantaron al modesto SVV de La Haya, único equipo que se interesó por él.

Sin saberlo, Ernst Happel cambiaría su vida. La altura y polivalencia de aquel eterno proyecto de futbolista llamaron la atención del entrenador, que decidió incorporarle a la primera plantilla en la temporada 1970-71. Que fuera miope y tuviera que jugar con gafas no cambió la decisión del técnico y el 10 de junio de 1970, ya con 22 años, firmó su primer contrato como profesional. Tres meses después, un gol suyo dio al Feyenoord la Copa Intercontinental en una inolvidable eliminatoria ante el Estudiantes de La Plata argentino. Aquel día sus gafas se hicieron famosas en todo el mundo.

Lluvia de monedas

En mayo de 1970, el Feyenoord, aún sin Van Daele, se había ganado el derecho a pelear por la Intercontinental, que entonces se disputaba a doble partido, después de conquistar la Copa de Europa ante el Celtic. A finales de agosto, los holandeses viajaron para afrontar el partido de ida en Argentina, donde la participación de Van Daele se limitó a intentar esquivar la lluvia de monedas con las que fueron recibidos en el estadio y a empujar a su equipo desde el banquillo. El Estudiantes se adelantó con goles de Echecopar y «La Bruja» Verón padre en los primeros quince minutos, pero los europeos reaccionaron gracias al acierto de Van Hanegah y el sueco Kindvall. Aquel empate (2-2) dejó todo abierto para el encuentro de vuelta, el día en el que el protagonista de esta historia pasó del anonimato al estrellato y sus gafas a una vitrina preferente en el museo del club.

Como se podría intuir, el 9 de septiembre de 1970, Van Daele se sentó de inicio en el banquillo de un estadio De Kuip en el que no cabía un alma. Con el duelo igualado (0-0), Ernst Happel buscó soluciones en el segundo tiempo y miró a su espigado jugador. «Caliente», dijo dirigiéndose a él. En el minuto 16, con un nudo en la garganta, reemplazó al delantero Coen Moulijn y, aunque acabaría el partido sobre la hierba, su participación en aquella final se puede decir que se redujo a cuatro minutos. Los suficientes para tocar la gloria. En el 20 se volvía loco al conectar un derechazo desde fuera del área que mandaba la pelota a la red ante la impotencia del guardameta Óscar Pezza. La eufórica celebración de Van Daele aún es recordaba por las generaciones más veteranas de la pasional afición del Feyenoord, hoy en día una de las más peligrosas de Europa. Ni ellos ni Van Daele tampoco olvidan la reacción argentina tras aquel gol. Las gafas del delantero pagaron el enfado.

Malbernat, Flores y Verón padre ponían el alma y algo más a aquel equipo. La presencia de Bilardo en aquel Estudiantes es la mejor referencia que se puede encontrar para describir el ardor de aquel grupo de argentinos que protestaron airadamente el tanto y no porque hubiera duda alguna de su legalidad. Cualquier pretexto era bueno, como que el inesperado goleador jugara con gafas, algo que en Suramérica no estaba permitido. El árbitro peruano Alberto Tejada Noriega se mantuvo firme a pesar de la insistente presión e los visitantes y el partido continuaría con un saque desde el centro del campo. La participación de Van Daele en aquella final, sin embargo llegaba a su fin porque los jugadores del Estudiantes le desactivaron «robando» sus gafas, que acabaron rotas. Sin ellas, el delantero era solo un bulto sobre la hierba porque apenas conseguía distinguir las figuras.

Van Daele pide sus gafas
Van Daele pide sus gafas

Con el partido ya en juego, Óscar Malbernat, un rústico mediocampista, se acercaba al espigado delantero y le quitaba las gafas. Con su cara angelical y haciendo gestos de no entender aquellos que creía ser una broma, Van Daele estiraba su brazo para pedir que se las devolviera. No lo conseguiría porque los argentinos se las fueron pasando de mano en mano hasta que acabaron rotas. «Mientras el juego seguía, yo perseguía mis gafas. Fue bizarro», explicó el delantero en una de las numerosas entrevistas que generaron aquella anécdota.

Las gafas acabaron rotas y no por casualidad, como reconocieron los propios jugadores argentinos años después. En el libro «Hard Gras» (2005), aparece la versión de Pachamé. «Ese chico se ponía sus gafas y eso fue claramente en contra de las normas, por lo que uno de nosotros le llevó sus gafas y luego se las hizo pedazos», afirma. La explicación de Verón, uno de sus compañeros, resulta sin embargo mucho menos sutil. «Sus anteojos se cayeron. Tal vez uno de nosotros pasó por allí de casualidad y los pisó».

Rotas por la mitad y con Van Vaele viendo borroso, el masajista del Feyenoord intentó hacer un apaño con el esparadrapo de su botiquín, pero todos los esfuerzos resultaron inútiles y el delantero fue una sombra hasta el final de aquella final en la que acabaría convirtiéndose en héroe. El Feyenoord exhibe ahora con orgullo aquellas viejas y rotas gafas en el museo de su estadio junto a la Copa Intercontinental, la única de su historia.

Joop Van Daele cumplió 70 años el pasado mes de agosto
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