Ignacio Ruiz Quintano - El bar de Mou

Cristianófobos: exaltados y moderados

-¡Que se j…, por chulo! -concluyen los exaltados-.-¡Que pague, como pagamos todos! -concluyen los moderados-

Ignacio Ruiz-Quintano
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El jardín tributario de Cristiano Ronaldo (seguramente la Lola Flores de la campaña fiscal del 17) divide a los cristianófobos («¡ese portugués / qué hijo p… es!», berreaban las aficiones futboleras en los estadios de la Españeta) en exaltados y moderados, dos senderos que se bifurcan. -¡Que se j…, por chulo! -concluyen los exaltados-.-¡Que pague, como pagamos todos! -concluyen los moderados-.

La cristianofobia es interpretable, mas no explicable. La explicación requiere de una ciencia y, como avisa Roger Scruton, nadie entiende las tragedias de Shakespeare por medio de encuestas y experimentos, ni el «David» de Miguel Ángel gracias a la cristalografía del mármol, ni, por supuesto, el fenómeno de Cristiano Ronaldo por las proporciones del Hombre de Vitruvio.

La chulería atribuida a Cristiano Ronaldo no se considera en Messi, lo cual tiene que ver con la belleza. Messi es feo como un gnomo de cuento escandinavo, pero Cristiano Ronaldo es bello como un armado de la Macarena. ¿Por qué existe y qué hace por nosotros la belleza? Para Scruton, que cita «The Matin Mind» de Geoffrey Miller, el problema de la belleza, pasado por el darwinismo, se asemeja al de la cola del pavo real. ¿Por qué el pavo real malgasta sus recursos (¡haciéndose pasto de depredadores!) sólo para exhibir un generoso surtido de hermosas plumas? El darwinismo, que hoy lo explica todo, explica que la belleza importa como signo de aptitud reproductiva: -Los atributos (¡y los atributos!) superfluos son la dote de organismos que van sobrados de energía.

Si las pavas distinguen a los pavos por el tamaño de la cola, también los seleccionarán por su actitud reproductiva, y la presión evolutiva hará que la cola sea cada vez más grande hasta que el pájaro se derrumbe bajo su peso. Es la misma razón que lleva a los cristianófobos a tatuarse o escribir poemas, pues con estas superfluidades exhiben sus recursos biológicos. -Las mujeres se rinden a los artistas por la misma explicación que las pavas se rinden a las glamurosas colas. De aquí el grito científico «¡Que se j…, por chulo!», del cristianófobo exaltado, cuyo calentón le impide gozar de la finura jurídica de este pertinente tuit de Don Hilarión: «En las condenas por delitos de evasión fiscal, debería considerarse siempre la atenuante de defensa propia».

Y al huir del «cabronismo» de lo cristinófobos de la exaltación caemos en el idiotismo de los cristianófobos de la moderación («¡Que pague, como pagamos todos!»), socialdemócratas de toda la vida que no han leído la «Fiscalidad voluntaria y responsabilidad ciudadana» del alemán Peter Sloterdijk: -¿Cómo se pensaría el ciudadano a sí mismo, si los impuestos, en lugar de ser obligatorios (por un proceso histórico de coacción, parcialidad y habituación), fuesen voluntarios (en España sólo conocemos el caso, realmente incomprendido, de Amancio Ortega)? Tomemos, para no señalar, el ejemplo alemán: millones de ciudadanos, 80; generadores de ingresos, 40, de los que están excluidos 15 por no alcanzar los ingresos mínimos; 5 millones aportan el 75 por 100 del IRPF, y 20 millones, el 30 por 100 restante.

A los del «¡Que pague, como pagamos todos!» pregunta el filósofo, para quien un ministro de Economía moderno es un Robin Hood que ha jurado la Constitución: ¿No merece el colectivo que tributa que se le reconozca como un rendidor de personas que sostienen el país y no como seres continuamente en deuda? -La democracia se haría sinónima de una escuela de la generosidad, y mientras la voluntad de contribuir no fuera la primera característica de esa sociedad, sólo con reparos podría hablarse de democracia.

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