Fórmula 1

El futuro borroso de la Fórmula 1

La falta de emoción, la caída de las audiencias y el pésimo año de Alonso lastran el 2015

Actualizado:

Por primera vez en años, las gentes de la Fórmula 1 han visto alguna mueca de inquietud en Bernie Ecclestone. Desde que adiestra el pulso de este deporte, hace más de 35 años, el supremo suele ejercer su gobierno con sutileza, anticipación e ironía. Y rara vez se pone nervioso. Ni siquiera con el caso Gribkowsky, en el que presuntamente sobornó al banquero alemán con 33 millones de euros y que le obligó a dimitir como director ejecutivo de Formula One Administration. Cuando se trata de adelantar ideas, manejar dinero o establecer relaciones diplomáticas, el viejo Bernie (85 años) carece de remilgos o miramientos. Actúa y punto. Pero 2015 ha descubierto un problema en su negociado que tiene que ver con los intangibles: la Fórmula 1 ha perdido la emoción.

Falta de emoción

Los automatismos que rigen la Fórmula 1 desembocan periódicamente en ciclos. Ahora domina la escudería Mercedes, como antes lo hizo Red Bull o más atrás Ferrari. Pero este deporte no consigue que haya una competencia real en tramos cortos, de un año para otro. Al revés, las distancias se suelen ampliar y como sucede ahora con Mercedes, los pronósticos advierten de una hegemonía aún mayor en 2016. Hamilton ha ganado los dos últimos mundiales, el último sin despeinarse. El aburrimiento que ahora cunde en las carreras depende del margen que separa a un equipo de los otros. En 2010 y 2012, Alonso luchó hasta la última carrera contra el Red Bull de Vettel. Había pelea. Ahora no. El resultado de cada carrera se puede conocer sin duda. Hamilton o Rosberg, uno de los dos gana seguro.

Las audiencias han caído

La falta de emoción se traduce en desplome de audiencias. Este dato es el que inquieta a Ecclestone. No solo es una cuestión de más o menos interés. La F1 es ahora un producto de pago por visión. Italia, Inglaterra, Alemania y desde 2016, España. Son más horas de emisión, pero de alcance más limitado para el público. En 2014 las audiencias bajaron un 5,6 por ciento en todo el mundo (25 millones menos de espectadores). No hay datos oficiales aún de 2015, pero se presupone que la curva continuará a la baja.

Sin equipos pequeños

Virgin, Caterham y el español HRT desaparecieron de la faz de la Fórmula 1. Demasiada inversión, opulencia sin retorno o falta de incentivos. Puede valer cualquier explicación para su adiós. La realidad es que las escuderías pequeñas son absolutos comparsas en la F1. Sauber siempre tiene problemas de liquidez, Lotus ha vendido su estructura a Renault. En realidad, el pastel se lo ventilan cinco equipos, Red Bull, Ferrari, McLaren, Mercedes y Williams. Los equipos de segunda fila están en la F1, en muchas ocasiones, para que sus propietarios hagan negocio en los países que visitan o por la evidente influencia benefactora de la marca F1.

Circuitos lejos de Europa

Ecclestone ha invertido la tendencia desde hace años. Europa ha dejado de ser el refugio de la Fórmula 1. Se ha abierto a las economías emergentes que ponen sobre la mesa un canon seductor para el magnate, cerca de 20 millones de euros por albergar un gran premio del calendario. Después de Singapur en 2008, Abu Dabi en 2009, Austin (Estados Unidos) en 2012 y Sochi (Rusia) en 2014, llega Bakú, en Azerbayán. De alguna manera, la esencia de la F1 se ha evaporado en favor de la economía y la globalización. Un escenario histórico como Monza puede perder su plaza.

Pilotos de pago

Se puede asegurar sin riesgo de equivocarse que en la Fórmula 1 no están los 20 mejores pilotos del mundo. La mitad, al menos, forman parte de una casta especial, los pilotos de pago. Deportistas que ganan su sitio en un equipo a través de la aportación de patrocinadores o magnates que lo financian. El mayor exponente de este modelo es Pastor Maldonado, quien se ha asegurado cinco años de Fórmula 1 (tres en Williams, dos en Lotus y 2016 en Renault) gracias a PDVSA, la petrolera de Venezuela, y 35 millones. Las cifras varían según los equipos, pero al menos se necesitan entre seis millones y diez millones para alcanzar un volante. El japonés Yamamoto, por ejemplo, cotizaba 350.000 euros por conducir el coche de HRT cada viernes de gran premio. Obviamente, esto desvirtúa la competición, ya que los mejores no son los que están en la parrilla, sino los que más pagan.

El efecto Alonso

El efecto Alonso ha calibrado la Fórmula 1 en España desde que el piloto escaló a la cúspide. Para bien o para mal, todo lo que sucede en este deporte en relación con nuestro país depende del rendimiento de Alonso. Los nostálgicos recuerdan las audiencias del gran premio de Brasil en 2007, con el español jugándose el título en la última carrera contra Hamilton con el McLaren. Nueve millones de espectadores, muy por encima de muchas emisiones del mejor fútbol. El penoso año de Alonso en McLaren con el motor Honda siempre siniestrado ha derivado en un desinterés creciente por la F1. Si Alonso repunta, volverán las audiencias.