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Salvado por el ajedrez

Fahim huyó de Bangladesh a París con ocho años, de la mano de su padre. Justo cuando los iban a deportar, se proclamó campeón de Francia

Fahim, en un hotel de Madrid, presenta el libro que han escrito sobre su vida. ¬ęEl rey de Bengala¬Ľ
Fahim, en un hotel de Madrid, presenta el libro que han escrito sobre su vida. ¬ęEl rey de Bengala¬Ľ - √ĀNGEL DE ANTONIO
FEDERICO MAR√ćN BELL√ďN - Actualizado: Guardado en: Deportes

Siete años en Francia han suavizado su mirada. Cuando saltó a la fama, Fahim tenía otros ojos. Estaba a punto de ser deportado, una vez consumidos plazos y recursos, cuando se le «ocurrió» ganar el campeonato nacional de ajedrez sub 12. Jaque mate al borde de la «caída de bandera», expresión del argot que se usa cuando un jugador agota su tiempo, que ahora adquiere renovadas lecturas.

A François Fillon, entonces primer ministro, le preguntaron a bocajarro por la expulsión del campeón, por su vida clandestina en Créteil, por las negativas del Estado a impedir que su padre durmiera en la calle... y al político no le quedó más remedio que examinar el caso. Naturellement, readmitieron a la pareja de refugiados. Un infierno burocrático de meses se resolvió en horas. Toda la historia se cuenta en el libro «El rey de Bengala», editado por Grijalbo, en el que la periodista Sophie Le Callennec pone voz a las reflexiones del muchacho y de su entrenador, Xavier Parmentier, el ángel de la guarda que se convirtió en su segundo padre en Francia y le enseñó tantas cosas, «también de la vida».

¿Se considera un héroe? «Eso sería un poco falso porque también tuvimos todos estos problemas por mi culpa», dice con modestia. «Mi padre estaba dentro del mundo de la política en Bangladesh», explica, «y cuando gané los primeros títulos en mi país empecé a recibir amenazas, cartas anónimas. Mi padre apostó por la seguridad y decidió huir conmigo». La familia quedó desgajada, aunque ya están todos en Francia, después de tantos años. De ese aspecto de su vida, el pequeño ajedrecista prefiere no hablar.

«Quiero jugar siempre, pero no ser profesional, porque todos los grandes acaban locos»

Sin ganas de hacer «grandes discursos», Fahim no presume de tener una solución para el problema de los refugiados, pero aboga por que «ambos lados hagan esfuerzos». «La persona que sale es la que más sufre, pero los países tampoco pueden acoger tantos inmigrantes, aunque quizá podrían ayudar más. Otro problema es que la vida no suele mejorar cuando cambias de país, aunque es lo que cuentan todos a sus familias para no preocuparlas, lo que a su vez incita a otros a seguir el mismo camino».

Fahim es ahora un chaval de quince años, despierto y amable, tímido pero acostumbrado a lidiar con los medios, con sueños quizá más terrenales que los de un adolescente «normal». «Quiero jugar toda mi vida, pero no espero que sea mi carrera profesional. Prefiero dedicarme a las finanzas. Y si no, hacer publicidad para grandes marcas». El ajedrez lo descarta porque «hay que estar entre los diez mejores del mundo para vivir bien, porque hay que trabajar demasiadas horas y... porque todos los grandes ajedrecistas acaban locos».

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