Unos niños juegan al fútbol en un torneo escolar ante la presencia de sus padres
Unos niños juegan al fútbol en un torneo escolar ante la presencia de sus padres - José Alfonso
Deporte y valores

Padres sin control

La pasión mal entendida convierte a los padres en «hooligans» capaces de pegarse o insultar en partidos de niños

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Cada fin de semana, niños y niñas de todas las edades vuelcan sus energías en el partido semanal. Imitadores de las grandes estrellas del deporte, tienen en la liga infantil su momento de protagonismo. Es su día para demostrar todo lo aprendido y compartir los buenos y los malos momentos con compañeros y entrenadores. Sin embargo, por encima de sus voces, con más asiduidad y desatino surgen las de los adultos, reconvertidos por unas horas en entrenadores, árbitros y formadores sin ser esa la función que les corresponde desde la banda. De su pasión desbordada surgen cada vez con más frecuencia momentos vergonzosos que, lejos de ofrecer una sana educación deportiva en los chavales, muestran la peor lección y la imagen más bochornosa que un hijo puede recibir de su progenitor.

«Una pelea entre padres suspende un partido de niños de 5 años», «un árbitro de 16 años, agredido por el padre de un alevín», «uno de los padres que se peleó en un partido de juveniles puede perder el ojo». Son algunas de las actuaciones extremas que no suelen ser la norma, pero que salpican algunos fines de semana. Para evitar este tipo de sucesos, Guillermo Calvo y David García, formadores, entrenadores y psicólogos, han reunido en «Manual para padres: deporte y valores» diversas situaciones cotidianas y las han acompañado de sugerencias, consejos, recomendaciones y trucos para evitar conflictos y encontrar soluciones. Para que en los campos prevalezcan las lecciones y no los insultos. También incluyen posibles conflictos de intereses que pueden surgir en casa como consensuar la elección del deporte más adecuado, no utilizar el deporte o los entrenamientos como castigo, las dificultades a la hora de compaginarlo con los estudios o cuando el protagonista decide dejarlo. Un compendio de sus propias vivencias para intentar reconducir las actividades deportivas a los valores por los que se definen. Dentro de la pista y también detrás de las vallas.

Discriminación

«Es un problema al que se le ha dado más visibilidad en los últimos años pero que ya existía. Quizás se daban comportamientos que ahora la sociedad entiende que no son aceptables, aunque tanto ahora como antes existían casos negativos y positivos. Se está generando una conciencia cada vez mayor sobre la importancia de transmitir valores positivos. Por ejemplo, la tolerancia, el respeto hacia los demás, la convivencia pacífica, normalizar los errores... En muchas ocasiones nos hemos alejado de ese camino y surgen los «antivalores»: discriminación, competición insana, polarización (todo o nada, este es bueno y el otro malo, estás conmigo o contra mí...), intolerancia... el germen perfecto para que anide la violencia», explican los autores sobre las necesidades de su obra y de su trabajo en la Escuela DCP-Deporte y Crecimiento Personal, donde proporcionan herramientas para todos los implicados en el deporte formativo, especialmente padres, para que sea un espacio para disfrutar y crecer. El Manual, que se publica con el apoyo de Fundación Mutua Madrileña y la Fundación Deporte Joven del Consejo Superior de Deportes, intenta encauzar la pasión de niños y padres por la competición hacia ideas sanas en el campo de juego.

Normas para todos

«El deporte es un escenario perfecto para experimentar vivencias positivas que nos ayuden a ser felices, erradicando comportamientos violentos y fomentando el disfrute. Es clave que todos trabajemos en la misma dirección para que se aprendan esos valores que en otras asignaturas de la escuela no se aprenden tan fácilmente», prosiguen Calvo y García, que subrayan la necesidad de establecer un marco de reglas aceptadas por padres, niños, entrenadores y club.

Por su profesión y como padre, Emilio Butragueño conoce bien lo que aporta el fútbol, en lo positivo, pero también en lo negativo. «Estas situaciones son el reflejo de la sociedad, se va perdiendo el cultivar el respeto a la otra persona. Los padres tenemos una responsabilidad de educar y de comportarnos para ser el ejemplo. Es importante enseñarles a ser competitivos, pero no insultar a los rivales, a los entrenadores o a los árbitros. Si tuviera que poner un ejemplo, ese sería Rafa Nadal: da todo lo que tiene para ganar, con un comportamiento exquisito».

«Todos llevamos un entrenador dentro, pero un padre lo que es y debe ser es educador. En España el fútbol ha crecido mucho y muy bien. Emilio (por Butragueño) nunca pasó de cuartos y ahora la selección tiene dos Eurocopas y un Mundial. Eso es gracias a la fantástica plantilla de formadores que hay en este país. Lo están haciendo muy bien en las categorías inferiores, así que dejémosles hacer su trabajo y no pensar que los padres van a ser mejores desde detrás de la alambrada», comenta Horacio Gaggioli, representante, el primero que tuvo Leo Messi en España, con 13 años. Al final, es el niño quien pierde: por encontrar malos ejemplos en sus referentes en casa e, incluso, por ver sancionadas en él las acciones de sus progenitores, como el club valenciano de Futbolcity que expulsó a un niño por las amenazas de su padre al entrenador.

«Al inicio de curso hay una reunión con los padres. Se dejan las normas muy claras. Los niños del Real Madrid tienen que jugar bien al fútbol, pero sobre todo tienen que ser buenas personas porque representan al club, tanto en el Bernabéu como en cualquier campo de tierra. Somos muy exigentes con esto, porque es el comportamiento que esperan todos los aficionados del club, de los niños y los padres», añade el exjugador madridista.

Aunque lo más llamativo es esta violencia física y verbal en las gradas de los estadios infantiles, existe otra que también perjudica la educación de los menores y que les impide disfrutar del crecimiento individual y en grupo: la presión familiar.«Al final acaban pagando los chicos. Es un problema de base. Se mueve tanto dinero en el deporte de élite que muchos padres han olvidado lo intrínseco e importante: saber ganar, saber perder, y disfrutar. Meter presión a los niños es quitarles una parte clave de lo que enseña el jugar. Quizá en tenis no se ve tanto, pero sí hay casos de jugadores que echan a perder el partido porque ya no encuentran el valor fundamental del deporte», expone Alberto Berasategui, extenista. Y lo corrobora Gaggioli: «He visto muchos chicos de 16 años echar a perder una carrera porque no soportaba la presión que tenían en casa».

Buena persona

El argentino, además, aporta una solución: «La misión del padre y la madre es crear una buena persona, de lo deportivo me encargo yo. Si alguno se entromete en la formación, me voy. Igual que no puede ser entrenador tampoco puede ejercer de mánager». «Lo bueno del deporte lo vas aprendiendo con los años. El sacrificio, la ilusión, la solidaridad, el respeto… Pilares que te sirven para cualquier faceta durante toda tu vida», apunta Eli Pinedo, exjugadora de balonmano.

Hay ejemplos que invitan al optimismo, a creer que los gritos e insultos son la excepción. Con esa base de compañerismo y buenos valores trabajan muchos clubes. Y hay acciones loables que enseñan y ejemplifican. El colegio Santa María del Pilar retiró a su equipo de baloncesto porque sus jugadores se rieron de sus rivales en redes sociales después de ganar el encuentro. El Bayer no convocó a uno de sus jugadores, de 17 años, porque tenía que estudiar sus exámenes, a su edad, más importantes incluso que enfrentarse al Atlético de Madrid en la Champions. Y famoso se hizo un chaval de cinco años por separar a dos adultos que habían iniciado una discusión. A veces son los niños los que dan las mejores lecciones. Para que aprendan los padres.