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Muere a los 85 años el gran maestro Viktor Korchnoi, enemigo número uno de la URSS

El ajedrecista perdió tres duelos contra Anatoly Karpov, que siempre le cerró las puertas del título mundial

Korchnoi (a la izquierda) y Karpov se disputaron en 1974 el derecho a enfrentarse al campeón del mundo, Bobby Fischer
Korchnoi (a la izquierda) y Karpov se disputaron en 1974 el derecho a enfrentarse al campeón del mundo, Bobby Fischer - ABC

La vida de Viktor Korchnoi es tan de película que cuando hicieron una inspirada en su vida, ganó el Oscar, pese a que la cinematografía suiza no es de las más potentes. «La diagonal del loco» (1984) solo mostraba una parte de la existencia de este disidente político, una piedra en el zapato de la Unión Soviética que antes había sobrevivido al sitio de Leningrado en la Segunda Guerra Mundial. Que Korchnoi acabara viviendo (y muriendo, a los 85 años) en Suiza como ciudadano de aquel país tiene algo de justicia poética.

Yogures con supuestas drogas y códigos en clave, partidas amañadas, parapsicólogos, hipnotizadores, espías, castigos, humillaciones y dosis generosas de ajedrez componen las memorias de Viktor Korchnoi, el mejor jugador (con permiso de Paul Keres) que no ganó nunca un Mundial. Viktor «el Terrible» es además un ejemplo sin igual de longevidad. Siguió activo en los tableros prácticamente hasta el final. Con más de 80 años seguía entre los 500 mejores del mundo. La Editorial Chessy publicó en español sus memorias, «El ajedrez es mi vida... y algo más», en las que desgranaba anécdotas como para llenar varias biografías.

Guerra familiar

El enemigo número uno de la Unión Soviética en los setenta nunca conoció la paz. Antes de separarse, su madre llegó a denunciar ante el Partido Comunista a su padre, «por rezar». Más tarde, dormía en dos sillas en mitad de la habitación. «Durante años», asegura, «acarreé un complejo por no tener cama». Luego sufrió una evacuación fallida en la guerra de su natal Leningrado, perdió a su padre y supo lo que era el hambre.

Ni siquiera su primer triunfo importante, en el campeonato juvenil de la URSS de 1947, le dejó un sabor dulce, ya que descubrió que a dos jugadores de su ciudad les obligaron a dejarse ganar. Aquello le abrió los ojos y reforzó su obstinado sentido autocrítico.

En «El ajedrez es mi vida» también confesaba que llegó a afiliarse al Partido, decisión «correcta», porque desde entonces «viajar al extranjero se hizo mucho más fácil».

En alguna de aquellas salidas llegó a ser delegado del equipo, lo que implicaba redactar a la vuelta un informe para el KGB. Korchnoi también admite que es del tipo de jugadores «que necesita odiar al rival». Otros, dice, en realidad eran «notables actores». Asimismo, relata un encuentro semiclandestino con Bobby Fischer que no acabó nada bien; debido a una indiscreción del ahora ciudadano suizo, el genio americano acabó acusándole de ser un espía del KGB.

Pese a su incómoda posición en la URSS, lo peor vendría tras su derrota en 1974 frente a su enemigo vitalicio, el ruso Anatoly Karpov, en la final del ciclo de candidatos. El «proletario de los Urales» se ganó el derecho, nunca consumado, a enfrentarse a Fischer, mientras Korchnoi caía definitivamente en desgracia, sufría castigos y exclusiones de torneos y era empujado a desertar del país, dejando atrás a su familia.

En julio de 1976, no pudo más y pidió asilo político en una comisaría de Amsterdam, aprovechando su participación en un torneo. En la ciudad holandesa conoció además a Petra Leeuwerik, quien se convirtió en la persona más importante de su vida: compañera sentimental, secretaria y agitadora a tiempo completo. No en vano, ella había sufrido aún más que su pareja lo peor de la Unión Soviética, ya que pasó diez años en un campo de trabajo.

Ya con la etiqueta definitiva de traidor, Viktor soportó la encarcelación de su hijo Igor (él mismo cuenta su paso por prisión en un capítulo del libro), una forma de tortura psicológica que pretendía, según Korchnoi, forzarle a regresar o por lo menos a renunciar a luchar por el título.

El Mundial de 1978, en la ciudad filipina de Baguio —organizado por Florencio Campomanes, luego presidente de la FIDE— exacerbó el enfrentamiento entre las dos K (Kasparov se sumaría a la fiesta años después) y fue un festival de escándalos y una guerra entre parapsicólogos, con la participación activa del KGB. La consigna clara es que el título no podía escaparse, y menos a manos de un traidor. Karpov, con ayuda de un misterioso Zukhar, tomó ventaja, primero 4-1 y luego 5-2 (quien lograra seis victorias ganaba), pero Viktor reclutó a Didi y Dada y empató a cinco. Al final, perdió la partida definitiva y la ocasión de cambiar el curso de la historia. El segundo Mundial, en Merano, fue un paseo militar para el campeón.

Viktor siguió jugando, con una tenacidad insólita, pero ya no pudo mantenerse entre los mejores. Siendo un anciano, sin embargo, aún era capaz de ganar partidas a algunos de los mejores del mundo, que podían ser sus nietos. A Fabiano Caruana le dio una lección en Gibraltar hace solo cinco años que el italoamericano sin duda habrá recordado al conocer la muerte del viejo león.

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