Boxeo Mayweather-McGregor: este no es el combate del siglo

La cita del 26 de agosto en Las Vegas moverá más de 500 millones, el verdadero estímulo de esta pelea menor y circense

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Mayweather-McGregor: este no es el combate del siglo

No es la primera vez que un gran campeón de boxeo incurre en alguna digresión más o menos excéntrica y blasfema con los fundamentos de la «Sweet Science», como la llamaba Liebling. Obligado por una deuda con el fisco, Joe Louis terminó practicando la lucha libre con una malla como de forzudo de barraca. George Foreman restañó la herida zaireña con un absurdo desafío de reminiscencias tabernarias contra cinco púgiles a los que combatió, uno detrás del otro, durante la misma velada. Y el mismísimo Alí, en la que acaso sea su imagen menos decorosa, terminó aupado a las cuerdas mientras lo pateaba el luchador japonés Antonio Inoki en una pelea grotesca que pretendió hibridar dos géneros marciales distintos. Fue, más o menos, cuando en un tebeo apareció boxeando con Superman.

Si a esto añadimos que la pelea entre Floyd Mayweather y Conor McGregor moverá más de quinientos millones y batirá récords de PPV, no hace falta preguntarse cuál es el estímulo de estos dos luchadores para prestarse a un experimento que además, y por primera vez, enfrentará el boxeo al MMA, el gran espectáculo competidor que le ha salido en los últimos años y que hace furor entre generaciones más jóvenes atraídas por la cadencia de pegada, por las distancias anuladas, por la crueldad –está permitido pegar al hombre abatido– y hasta por la escenografía que encierra a los dos contendientes en una jaula que permite fantasear con que sólo uno saldrá vivo. ¡La cúpula del trueno!

Para los aficionados ortodoxos al boxeo, esta pelea será, en el mejor de los casos, un divertimento morboso. En el peor, una traición al respeto debido al boxeo por uno de los mejores púgiles de la historia, Mayweather. Que además, de esta fea forma, y regresando sólo por una noche de su retiro de dos años, batirá el record de 49-0 establecido por alguien tan insigne como Rocky Marciano. El 50-0 del invicto de Mayweather merecía una pelea que honrara el cuadrilátero. Tal vez una segunda parte del desafío contra Pacquiao, por más que a ambos las cosas empiecen a pillarlos muy pasados de edad.

Resulta inevitable pensar que Mayweather avillana su propio historial gigantesco justo en la traca final de su carrera, cuando redondea el dígito que lo transformará en un boxeador único y solitario en la posteridad. Y esto es casi seguro, porque pocos esperan que un peleador de la MMA, por más que sea el mejor y el más carismático y el que tiene un feroz dragón tatuado sobre los pectorales, si es obligado a boxear y a valerse sólo de las extremidades superiores, tenga la mínima oportunidad contra un púgil tan talentoso y experimentado como Mayweather: la pelea durará lo que éste quiera, mientras éste se divierta haciéndose perseguir por McGregor.

Una pelea menor

Es obligado preguntarse por qué entre los aficionados al boxeo existe tanta expectación ante una pelea menor, notable sólo por sus connotaciones circenses. La razón principal es que todavía se mantiene intacta una apetencia intensa de los últimos años: ver perder a Mayweather, ver cómo alguien por fin hace que muerda el polvo. Encontrar al hombre que mató a Liberty Valance.

Paradójicamente, cuanto mayores fueron su legado y su acumulación de victorias, más antipático se hizo Mayweather para el aficionado. Por su papel de malote chulesco, despilfarrador y putañero. Por su estilo elusivo, que no gustó a los amantes de la intensidad de la pelea en corto. Por sus bravatas y sus desprecios a todos los rivales. Mayweather, abucheado la noche de su 49-0 que iba a ser la última, se escapó vivo. Y ahora se pone a tiro de un improbable «lucky-punch» de McGregor que por fin pueda ofrecer el espectáculo de esa caída que evitó contra los mejores de sus contemporáneos. Es por tanto una atracción fatal, la de esos aficionados que no se arrojan ahora a los televisores para ver a Mayweather porque sientan nostalgia de un ídolo extinguido al que hay una oportunidad de volver a ver.

De hecho, siempre se temió que, después de Mayweather y Pacquiao, el boxeo se quedaría sin grandes animadores del PPV, sin grandes ídolos. Los actuales probablemente no tengan esa misma envergadura. Pero no es posible decir que el boxeo siente añoranza de Mayweather por una carencia de púgiles interesantes justo cuando Joshua ha recuperado el prestigio perdido de la división de los pesados y, sobre todo, justo cuando Canelo y Golovkin se han citado por fin para un deseadísimo cruce en los pesos medios que, éste sí, constituirá el combate del siglo de esta temporada, librado con munición real.

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