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Dossier  /   La semana

GARCILASO. CINCO SIGLOS DE UN POETA MODERNO

Los escuderos de Garcilaso

Ángel L. Prieto de Paula

Luis Cernuda (1991), de Herminio MoleroLos poetas del siglo XX que admitirían el rótulo de «garcilasistas» no son legión. «Si Garcilaso volviera, yo no sería su escudero, aunque buen caballero era», confesaba don Antonio G. de Lama en 1943, sobre la falsilla de unos versos de Alberti. La impugnación no era contra Garcilaso, sino contra los epígonos que, a cuatro siglos de distancia, cultivaban una poesía bucólica y atemporal, al margen de las zozobras de un mundo en descomposición. En realidad, el toledano es uno de los rarísimos poetas cuya valoración no ha sufrido merma ni variaciones al correr de los siglos. Su condición canónica lo convierte en modelo que propicia el retorno a los elementos más estables de una tradición tras las invitaciones excéntricas o centrífugas, como la representada por Góngora para los poetas del 27.

Garcilaso había adoptado los metros italianos en aras de una nueva formulación de estados anímicos que daba concreción a las abstracciones stilnovistas y sutilizaba las anfractuosidades sentimentales de Ausias. La lectura contemporánea del poeta nace con el 98. «Azorín» destacó la ausencia de motivos religiosos en su escritura, caso excepcional en la lírica del Siglo de Oro. Sin embargo, el mito noventayochista de Toledo se conformó antes en El Greco, un extranjero españolizado, que en Garcilaso, un español extranjerizado. Según va produciéndose el avance poético hacia el 27, hay determinados autores, Juan Ramón entre ellos, para quienes Garcilaso es mucho más que un muerto divinizado en las hornacinas del Olimpo. En cierto modo, Salinas tuvo que partir de Garcilaso para realizar una tarea pareja a la acometida por aquél siglos atrás, aunque paradójicamente significaba el alejamiento del garcilasismo y la aproximación a una poetización esencialista del amor. Es lo que hizo en La voz a ti debida (1933), título que procede de la Égloga III de Garcilaso. Así como Salinas lo homenajeó al separarse de él, el confesado garcilasismo de Cernuda, que lo empujó a escribir su Égloga, quedó en un mero ejercicio mimético. Años después, el sevillano resaltaría en Ocnos la orgullosa independencia de Garcilaso, «libre de compromisos humanos y sobrehumanos (nunca habló del Imperio ni de Dios)». El elogio contradecía la concepción en boga ­Garcilaso como seña imperial­, exhibía una fraternidad espiritual con el de Toledo y, en cierto modo, revalidaba los viejos juicios de «Azorín».

La biografía de Altolaguirre de 1933 recrea a un Garcilaso semejante al héroe ideal de Carlyle, fatalmente atraído por la muerte y desatento a los acaeceres del día, como oriflama de un éxtasis casi nietzscheano al que en 1983 se refirió Jorge Urrutia. Esa aureola romántica conecta con la que Cernuda establece para los poetas-soldados (Manrique, Garcilaso, Aldana), basada en la consideración de la muerte como justificación retrospectiva de la vida, topos bien asentado en la tradición, pues ya estableció Petrarca «ch'un bel morir tutta la vita onora». Cernuda leyó en clave romántica a Garcilaso, como lo hizo con Aldana, el místico frustrado que desapareció con el rey portugués Don Sebastián en la tragedia de Alcazarquivir. Como soldado principal de Felipe II, Aldana había expresado el hartazgo ­aun con una ambigüedad soterrada­ de la vida castrense en un soneto monumental («Otro aquí no se ve que, frente a frente...») También lo haría Garcilaso en la Elegía II dedicada a Boscán.

El centenario de 1936, en pleno reflujo de Góngora, iba a lomos de la rehumanización poética y la fiebre sonetil a que responden los Sonetos amorosos de Bleiberg, El rayo que no cesa de Hernández, y hasta los Sonetos del amor oscuro de Lorca. Fruto del centenario fue la antología preparada por Guillermo Díaz-Plaja Garcilaso y la poesía española(1536-1936), aunque la guerra dio al traste con otras celebraciones. Sería la sección falangista de la escindida generación del 36 ­la de Rosa- les, Panero, Ridruejo o Vivanco­ la que terminó de convertirlo, concluida la guerra, en símbolo del encuentro de las armas y las letras bajo la Corona imperial de Carlos V, en una forzada correspondencia con la figura de Franco y el nuevo régimen. La antología preparada por Rosales y Vivanco con el título de Poesía heroica del Imperio (1940-1943) fue un producto de ese espíritu.

En la revista Garcilaso, nacida en 1943 bajo la dirección de García Nieto como cauce expresivo del grupo «Juventud creadora», se pretendió una articulación armonizadora de la literatura, la ideología y el Estado. En realidad, Garcilaso no fue, tal como podía preverse, el resultado de los hervores masculinistas y épicos de los del 36 (Jesús Juan Garcés, Jesús Revuelta, etc.), sino consecuencia de la implantación sobre ese fondo de una estética más aséptica y apolínea. En polémica con Crémer, uno de tantos antigarcilasistas anclados en el tremendismo protestatario, García Nieto se defiende enarbolando el optimismo de Guillén: «Créeme, Crémer, el mundo está bien hecho». Las embestidas de Espadaña, revista leonesa fundada en 1944 por Lama, Nora y Crémer, así como el efecto de los estertores existenciales de Dámaso Alonso con Hijos de la ira o de las resurgencias visionarias de Aleixandre con Sombra del paraíso, ambos de 1944, estrecharon el cerco contra el neoclasicismo. Casi tres lustros después, en 1958, José Agustín Goytisolo ridiculizaría en «Los celestiales», de Salmos al viento, a los poetas del café Gijón, donde se emplazó la tertulia de García Nieto apenas apagado el eco de las detonaciones bélicas: «Es la hora, dijeron, de cantar los asuntos / maravillosamente insustanciales...»; el poema es una feroz caricatura, pero expresa bien la percepción que de ellos tenían los autores sociales y los del realismo crítico. Las poéticas del medio siglo, no siempre convergentes, apenas matizaron la animadversión contra el formalismo clasicista, al que se daba por amortizado tras la hegemonía anterior, y la situación no varió mucho con la irrupción de los del 68.

Pronto cayeron ciertos dogmatismos programáticos y se fragmentó la relativa homogeneidad de los patrones y patronos literarios del sesentayochismo de primera hora. En la nueva diversidad encontró acogida la regularidad métrica, desdeñada en los años sesenta y setenta, aunque muchos de los poetas abonados a ella ­Antonio Carvajal, por ejemplo­ bebieron antes en fuentes manieristas y barrocas que en las renacentistas. En cualquier caso, Garcilaso ya no era un paradigma entre poético y militar, vinculado a cierto modelo político. De ese secuestro había comenzado a ser liberado muchos años atrás, con el libro de Rafael Lapesa La trayectoria poética de Garcilaso (1948), que situaba al autor en el campo estrictamente literario que le es propio, tarea a cuya zaga fueron Dámaso Alonso en Poesía española (1950), Gallego Morell, Rivers y otros. Con el tiempo, las cosas han cambiado no poco: la apasionada estampa biográfica de Altolaguirre ha sido sustituida por la de Antonio Prieto, los acicalamientos de García Nieto y sus satélites han desaparecido, y nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Aunque nadie añora una poética garcilasista, desde 1975 el fermento de Garcilaso aparece diluido en la mejor poesía española, en la que proliferan los homenajes tácitos. Citaré sólo alguno. «Meditación en Ada-Kaleh», de Descrédito del héroe (1977), es uno de los poemas más intensos de Caballero Bonald, a propósito de la isla del Danubio en que estuvo el toledano desterrado y donde nació el fatalismo estoico de la Canción III. En el remate de Enigmas y despedidas (1999), Juan Luis Panero reduce la vida y las palabras a «un testamento de ceniza / que el viento mueve, esparce y desordena». En «Garcilaso 1991», de Habitaciones separadas (1994), Luis García Montero evoca con un ver-so del poeta a la musa vestida con vaqueros. Y, en fin, la desarboladura existencial de Miguel Sánchez-Ostiz se expresa recursivamente en esta confesión de Garcilaso: «Mi vida no sé en qué se ha sostenido». Si se precisara el significado abisal de ese verso, pudiera ser que el cisne del Tajo, como se le ha llamado al poeta de manera un punto cursi, recuperara de golpe aquella turbación patética que Cernuda oyó percutir bajo el mármol de sus endecasílabos.

 

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