GARCILASO.
CINCO SIGLOS DE UN POETA MODERNO
Los escuderos de Garcilaso
Ángel L. Prieto de Paula
Los
poetas del siglo XX que admitirían el rótulo de «garcilasistas» no son legión. «Si
Garcilaso volviera, yo no sería su escudero, aunque buen caballero era», confesaba don
Antonio G. de Lama en 1943, sobre la falsilla de unos versos de Alberti. La impugnación
no era contra Garcilaso, sino contra los epígonos que, a cuatro siglos de distancia,
cultivaban una poesía bucólica y atemporal, al margen de las zozobras de un mundo en
descomposición. En realidad, el toledano es uno de los rarísimos poetas cuya valoración
no ha sufrido merma ni variaciones al correr de los siglos. Su condición canónica lo
convierte en modelo que propicia el retorno a los elementos más estables de una
tradición tras las invitaciones excéntricas o centrífugas, como la representada por
Góngora para los poetas del 27.
Garcilaso había adoptado los metros italianos en
aras de una nueva formulación de estados anímicos que daba concreción a las
abstracciones stilnovistas y sutilizaba las anfractuosidades sentimentales de Ausias. La
lectura contemporánea del poeta nace con el 98. «Azorín» destacó la ausencia de
motivos religiosos en su escritura, caso excepcional en la lírica del Siglo de Oro. Sin
embargo, el mito noventayochista de Toledo se conformó antes en El Greco, un extranjero
españolizado, que en Garcilaso, un español extranjerizado. Según va produciéndose el
avance poético hacia el 27, hay determinados autores, Juan Ramón entre ellos, para
quienes Garcilaso es mucho más que un muerto divinizado en las hornacinas del Olimpo. En
cierto modo, Salinas tuvo que partir de Garcilaso para realizar una tarea pareja a la
acometida por aquél siglos atrás, aunque paradójicamente significaba el alejamiento del
garcilasismo y la aproximación a una poetización esencialista del amor. Es lo que hizo
en La voz a ti debida (1933), título que procede de la Égloga III de Garcilaso.
Así como Salinas lo homenajeó al separarse de él, el confesado garcilasismo de Cernuda,
que lo empujó a escribir su Égloga, quedó en un mero ejercicio mimético. Años
después, el sevillano resaltaría en Ocnos la orgullosa independencia de
Garcilaso, «libre de compromisos humanos y sobrehumanos (nunca habló del Imperio ni de
Dios)». El elogio contradecía la concepción en boga Garcilaso como seña imperial,
exhibía una fraternidad espiritual con el de Toledo y, en cierto modo, revalidaba los
viejos juicios de «Azorín».
La biografía de Altolaguirre de 1933 recrea a un
Garcilaso semejante al héroe ideal de Carlyle, fatalmente atraído por la muerte y
desatento a los acaeceres del día, como oriflama de un éxtasis casi nietzscheano al que
en 1983 se refirió Jorge Urrutia. Esa aureola romántica conecta con la que Cernuda
establece para los poetas-soldados (Manrique, Garcilaso, Aldana), basada en la
consideración de la muerte como justificación retrospectiva de la vida, topos
bien asentado en la tradición, pues ya estableció Petrarca «ch'un bel morir tutta la
vita onora». Cernuda leyó en clave romántica a Garcilaso, como lo hizo con Aldana,
el místico frustrado que desapareció con el rey portugués Don Sebastián en la tragedia
de Alcazarquivir. Como soldado principal de Felipe II, Aldana había expresado el hartazgo
aun con una ambigüedad soterrada de la vida castrense en un soneto monumental («Otro
aquí no se ve que, frente a frente...») También lo haría Garcilaso en la Elegía
II dedicada a Boscán.
El centenario de 1936, en pleno reflujo de
Góngora, iba a lomos de la rehumanización poética y la fiebre sonetil a que responden
los Sonetos amorosos de Bleiberg, El rayo que no cesa de Hernández, y hasta
los Sonetos del amor oscuro de Lorca. Fruto del centenario fue la antología
preparada por Guillermo Díaz-Plaja Garcilaso y la poesía española(1536-1936),
aunque la guerra dio al traste con otras celebraciones. Sería la sección falangista de
la escindida generación del 36 la de Rosa- les, Panero, Ridruejo o Vivanco la que
terminó de convertirlo, concluida la guerra, en símbolo del encuentro de las armas y las
letras bajo la Corona imperial de Carlos V, en una forzada correspondencia con la figura
de Franco y el nuevo régimen. La antología preparada por Rosales y Vivanco con el
título de Poesía heroica del Imperio (1940-1943) fue un producto de ese
espíritu.
En la revista Garcilaso, nacida en 1943
bajo la dirección de García Nieto como cauce expresivo del grupo «Juventud creadora»,
se pretendió una articulación armonizadora de la literatura, la ideología y el Estado.
En realidad, Garcilaso no fue, tal como podía preverse, el resultado de los
hervores masculinistas y épicos de los del 36 (Jesús Juan Garcés, Jesús Revuelta,
etc.), sino consecuencia de la implantación sobre ese fondo de una estética más
aséptica y apolínea. En polémica con Crémer, uno de tantos antigarcilasistas anclados
en el tremendismo protestatario, García Nieto se defiende enarbolando el optimismo de
Guillén: «Créeme, Crémer, el mundo está bien hecho». Las embestidas de Espadaña,
revista leonesa fundada en 1944 por Lama, Nora y Crémer, así como el efecto de los
estertores existenciales de Dámaso Alonso con Hijos de la ira o de las
resurgencias visionarias de Aleixandre con Sombra del paraíso, ambos de 1944,
estrecharon el cerco contra el neoclasicismo. Casi tres lustros después, en 1958, José
Agustín Goytisolo ridiculizaría en «Los celestiales», de Salmos al viento, a
los poetas del café Gijón, donde se emplazó la tertulia de García Nieto apenas apagado
el eco de las detonaciones bélicas: «Es la hora, dijeron, de cantar los asuntos /
maravillosamente insustanciales...»; el poema es una feroz caricatura, pero expresa
bien la percepción que de ellos tenían los autores sociales y los del realismo crítico.
Las poéticas del medio siglo, no siempre convergentes, apenas matizaron la animadversión
contra el formalismo clasicista, al que se daba por amortizado tras la hegemonía
anterior, y la situación no varió mucho con la irrupción de los del 68.
Pronto cayeron ciertos dogmatismos programáticos
y se fragmentó la relativa homogeneidad de los patrones y patronos literarios del
sesentayochismo de primera hora. En la nueva diversidad encontró acogida la regularidad
métrica, desdeñada en los años sesenta y setenta, aunque muchos de los poetas abonados
a ella Antonio Carvajal, por ejemplo bebieron antes en fuentes manieristas y barrocas
que en las renacentistas. En cualquier caso, Garcilaso ya no era un paradigma entre
poético y militar, vinculado a cierto modelo político. De ese secuestro había comenzado
a ser liberado muchos años atrás, con el libro de Rafael Lapesa La trayectoria
poética de Garcilaso (1948), que situaba al autor en el campo estrictamente literario
que le es propio, tarea a cuya zaga fueron Dámaso Alonso en Poesía española (1950),
Gallego Morell, Rivers y otros. Con el tiempo, las cosas han cambiado no poco: la
apasionada estampa biográfica de Altolaguirre ha sido sustituida por la de Antonio
Prieto, los acicalamientos de García Nieto y sus satélites han desaparecido, y nosotros,
los de entonces, ya no somos los mismos. Aunque nadie añora una poética garcilasista,
desde 1975 el fermento de Garcilaso aparece diluido en la mejor poesía española, en la
que proliferan los homenajes tácitos. Citaré sólo alguno. «Meditación en Ada-Kaleh»,
de Descrédito del héroe (1977), es uno de los poemas más intensos de Caballero
Bonald, a propósito de la isla del Danubio en que estuvo el toledano desterrado y donde
nació el fatalismo estoico de la Canción III. En el remate de Enigmas y despedidas
(1999), Juan Luis Panero reduce la vida y las palabras a «un testamento de ceniza /
que el viento mueve, esparce y desordena». En «Garcilaso 1991», de Habitaciones
separadas (1994), Luis García Montero evoca con un ver-so del poeta a la musa vestida
con vaqueros. Y, en fin, la desarboladura existencial de Miguel Sánchez-Ostiz se expresa
recursivamente en esta confesión de Garcilaso: «Mi vida no sé en qué se ha
sostenido». Si se precisara el significado abisal de ese verso, pudiera ser que el
cisne del Tajo, como se le ha llamado al poeta de manera un punto cursi, recuperara de
golpe aquella turbación patética que Cernuda oyó percutir bajo el mármol de sus
endecasílabos.
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