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Dossier  /   La semana

GARCILASO. CINCO SIGLOS DE UN POETA MODERNO

El Garcilaso de Herrera

José-María Reyes Cano

Retrato de Fernando de HerreraNo han sido pocos los poetas que se han ocupado de editar, comentar o estudiar a otros a lo largo de los siglos, entre ellos a Garcilaso de la Vega, cuyos versos, preparados para la imprenta por su amigo Juan Boscán como «apéndice» a su propia obra, salieron a la luz en Barcelona en 1543, reeditándose continuamente hasta que en 1569, relegado Boscán a un segundo plano, aparecen las Obras del excelente poeta Garcilaso de la Vega, primera de otra larga serie de ediciones cargadas todas ellas de problemas de carácter ecdótico.

Mas lo que ahora nos interesa de manera particular no son éstas, sino las impresiones de los versos de Garcilaso acompañadas de un importante cuerpo de comentarios y que, aun participando de la problemática textual propiamente dicha, pretenden otra finalidad: la de convertir a Garcilaso en un clásico una vez reconocido como el mejor representante español de esa nueva sensibilidad poética procedente de Italia y denominada Petrarquismo. Dos son las ediciones de este tipo hasta 1580: las Obras del excelente poeta Garcilaso de la Vega. Con anotaciones y enmiendas del Licenciado Franciso Sánchez de las Brozas, Salamanca,1574 y 1577, y las Obras de Garcilaso con anotaciones de Fernando de Herrera, Sevilla, 1580, esta última iniciada hacia 1569-70 y cuyo título ya es significativo al haber desaparecido el excelente poeta común a casi todas las ediciones de Garcilaso.

En efecto, la edición del Brocense, por lo que afecta al plano textual, presenta importantes diferencias, pues además de recoger un mayor número de composiciones con respecto a la de 1543, los versos aparecen con lecturas a veces muy distintas debidas a las correcciones que el editor introdujo según su criterio particular o porque dice utilizar textos manuscritos a los que le da un valor especial en la transmisión de la obra de Garcilaso («De aquella vista pura: Este soneto me pareció estar errado y enmendé algunas dicciones en él, como No paran. Más abajo: Encuéntranse... Abajo leo: Se mueven... Más abajo: Que los suyos... Leo: Detenían»). Sin embargo, con ser esto fundamental a la hora de establecer el texto del toledano, la pretensión del Brocense es la de ensalzar la figura de Garcilaso anotando las fuentes en las que bebió, ya clásicas, ya italianas. Se trataba, en suma, de comentar a Garcilaso siguiendo el modelo establecido por los humanistas del Cuatrocientos y del Quinientos y que se venía aplicando a los autores greco-latinos. Son los comentarios del Brocense, pues, el típico trabajo de un gramático, catedrático en Salamanca.

Un problema radicalmente diverso es el que presenta la edición de las Anotaciones de Herrera, pues si en principio participa de ese deseo de pulir la obra del poeta, para lo cual también se verá en la obligación de abordar los problemas ecdóticos que el texto presentaba, la finalidad última de Herrera radica en la pretensión de crear una preceptiva nada dogmática con la que defender un nuevo concepto de lengua poética absolutamente alejada de la lengua de comunicación. Una postura y una labor de una modernidad llamativas sin la cual no tendría explicación ni la obra de los autores barrocos ni la valoración del poema como obra de arte.

Por lo que afecta al primer plano, la cuestión textual, tanto Herrera como Francisco de Medina en el Prólogo a los letores contenido en la obra son claros: se trata de limpiar el texto de Garcilaso de todos aquellos errores con que el tiempo, que todo lo corrompe, i los malos impressores, que todo lo pervierten, lo tenían estragado (Medina). Para ello, Herrera cuenta no sólo con las impresiones anteriores (Assí leo, y no éste, porque se refriere a aquél, i por mejor sonido del verso, que es lo que tanto miran i procuran componer los buenos poetas), sino con un manuscrito que dice poseía el yerno de Garcilaso, don Antonio Puertocarrero (Assí se á de leer, i d' esta suerte dize don Antonio Puertocarrero que lo tiene de su suegro. Porque como anda impresso...) Y así, las lecturas que ofrece Herrera frente a otros textos (algunas indicadas, muchas sin señalar pero plenamente justificadas en el contexto) adquieren, en un primer momento, el mismo valor que las realizadas por el Brocense. Mas si a ello añadimos que en general dichas variantes responden a juicios de carácter estético-estilísticos frutos de su saber, de su contacto cotidiano con la obra de Garcilaso y de la discusión dialéctica de las mismas con los académicos sevillanos (Assí emendó discreta i agudamente Francisco de Medina), éstas alcanzan un mayor valor en la cadena de transmisión de los versos del toledano, pues se trata, entonces, de notar cómo Herrera, partiendo también de una base textual firme, «construye» su Garcilaso para proceder más tarde, con sus anotaciones, a abordar el tema que realmente le interesa: el de la lengua poética. Es éste un tema reconocido por los editores de Garcilaso (Rivers, 1981; Rosso Gallo, 1990), quienes entre las de otros testimonios diversos, recogen las lecciones que ofrece Herrera, llamando la atención la ausencia de un importante números de las mismas en la más reciente y difundida de B. Morros (1995). Es lo que, en parte, nos ha obligado a la profesora Inoria Pepe Sarno y a mí mismo, a fin de que pueda notarse claramente la intervención de Herrera en el texto de Garcilaso, a componer todo un cuerpo de notas con las variantes del sevillano con respecto a la princeps y las dos del Brocense (sin lugar a dudas las tres más utilizadas por él) en la edición de las Anotaciones que hemos preparado y que en muy poco tiempo verá la luz en la Editorial Cátedra, la cual incluye también los comentarios del profesor salmantino.

Edición en la que hemos querido resaltar precisamente ­además de los problemas textuales de la obra en sí, de fuentes, etc.­ la intención final de Herrera: cómo Garcilaso era el poeta que había llevado el español a la cumbre, sí, pero también un mero punto del que partir a fin de conseguir para la poesía de nuestro país lo ya conseguido por Bembo para el suyo editando a Petrarca: la creación de una lengua poética propia que había que considerar como lengua de arte, por lo que juzgó necesario destacar tanto sus aciertos como sus errores para, en palabras de Medina, aquistar los tesoros de la verdadera eloquencia. Es lo que le obliga a abordar tanto el estudio de los diferentes géneros y composiciones (el soneto primordialmente) como los distintos recursos estilísticos o las figuras de pensamiento y dicción, concediendo una atención especial a los elementos fónicos, a los neologismos..., todo lo cual supone la configuración de una teoría poética que sustenta ese nuevo concepto de lengua poético-literaria que aparece expuesto a través de una preceptiva carente de dogmatismo, como se ha dicho. En suma, el estudio de todo aquello que convierte un simple poema en una obra de arte, lo que no se consigue exclusivamente con ingenio, sino con erudición, trabajo y arte. Y una sintonía, a la postre, entre el sevillano y el veneciano que insertaba al primero en la órbita de la preceptiva literaria europea moderna. Tenían motivos el Brocense y el Prete Jacopín para sentirse molestos, pues no son las Anotaciones una edición y un comentario más de Garcilaso. Es la lectura que sólo un gran poeta podía hacer de otro de su misma categoría.

 

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