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Dossier  /   La semana

GARCILASO. CINCO SIGLOS DE UN POETA MODERNO

Breve glosario garcilasiano

José Francisco Ruiz Casanova

Sepulcro de Garcilaso de la Vega en la Iglesia de San Pedro Mártir (Toledo)ALMA.- El alma, en la poesía neoplatónica petrarquista, viene a ser como un mapa que revela toda la geografía histórica del amante. En ella quedan impresas las señales del dolor, los arañazos de los celos y la honda herida de la muerte o de la ausencia de la mujer amada. La alusión espiritual sitúa el alcance y orbe del sentimiento amoroso en un plano superior, que tanto puede ser el de la inteligencia suprarracional como el de la expresión poética. En su Soneto V, la hermandad de las almas de los amantes, su complementariedad (pues de complementarse con la otra mitad perdida se trata, cuando dos se aman) se expresa en un bello terceto: «Yo no nací sino para quereros; / mi alma os ha cortado a su medida; / por hábito del alma misma os quiero».

AMISTAD.- Histórica y bien documentada es y está la amistad que Garcilaso de la Vega y Juan Boscán (1490-1542) mantuvieron. De hecho, las primeras ediciones impresas de las poesías de ambos los reunían bajo un mismo libro. Garcilaso le dedicó al poeta catalán los Sonetos XXVIII y XXXIII, la Elegía II y la «Epístola a Boscán»; algunos trabajos sobre la obra del toledano han señalado, asimismo, que el pastor Nemoroso de las Églogas I y III debe su nombre, latinizado (nemus = bosque), al apellido de su amigo. Además de su relación personal, y de la que se producía en el entorno de la Corte del Emperador Carlos, Boscán y Garcilaso unieron sus fuerzas también en la renovación de la poesía y de la prosa castellanas de su tiempo: lo primero se concretó en la práctica y desarrollo de las formas estróficas (soneto, lira, etc.) y medidas (endecasílabo y heptasílabo) italianas, para lo cual ­según Boscán­ fue imprescindible que Garcilaso, «con su juicio» y «con su ejemplo», sirviera de acicate; lo segundo, debido a la traducción que Boscán hizo de Il Cortigiano de Castiglione, tras haberle manifestado su amigo el temor que tenía de «que alguno se quisiese meter en traducir este libro o (por mejor decir) dañar-le».

AMOR.- La nueva poesía del Siglo de Oro hizo del amor no sólo un tema sino una categoría intelectual. Determinada su naturaleza por una tratadística que, a su vez, describía minuciosamente el proceso de enamoramiento ­que principiaba en los ojos de la dama­, el tono patético de la exclamación del poeta hizo de la mujer cúspide y sima del estado. Todo un idiolecto poético, del que participaban conceptos filosóficos, espirituales y de la tradición literaria, vino a dar en un código lírico: «vuelve y revuelve amor mi pensamiento», dirá Garcilaso a Boscán en el Soneto XXXIII. La expresión del amor, en la poesía garcilasiana y desde ella en adelante, adopta como vía natural la dualidad del sentido verbal, se sirve de la metáfora y termina enfrentando, en definitiva, una concepción idealista de la existencia a otra que se presenta ­y muchas veces sólo se presenta­ como biografía.

ARMAS.- Desde sus más antiguos comentaristas siempre se ha presentado a Garcilaso de la Vega como «hombre de armas y letras». Sobre esta cuestión tan identificada con su siglo insertaría Cervantes un discurso en la primera parte de su Quijote y, como bien se sabe, el poeta toledano habría de morir cerca de Niza, en lance de asalto de una fortaleza. El poeta Francisco de Aldana (1537-1578), desaparecido en la batalla de Alcazarquivir y que cuenta entre sus obras con un largo poema en que glosa el Soneto XXIX de Garcilaso, escribió en uno de sus sonetos acerca de la gloria de las Armas: «¡Oh sólo de hombres digno y noble estado!»

CELOS.- Toda la poesía amorosa áurea, a imitación del petrarquismo italiano, abunda en algunos topoi (los celos, el amor, la esperanza, la belleza...) que son tomados como motivo de definición y, a su vez, como magna prueba de la imposibilidad de decir a la que se somete el poeta. El Conde de Villamediana (1582-1622), en uno de sus sonetos-definición, dejó escrito: «lo que sois y el callar nunca se escribe»; metáforas como la enemistad, tópicos de la tradición que los asocian a la «serpiente escondida entre la hierba» o conjuros que destacan de ellos su origen o su capacidad infernales, asociándolos a la muerte poética del amante, son algunas de las aproximaciones más frecuentes al tema. En el Soneto XXXIX, atribuido a Garcilaso, siguiendo a Sannazaro, leemos: «hermanos de crüel amarga muerte / que, vista, turbas el cielo sereno».

ENDECASÍLABO.- Fue el verso más utilizado por Garcilaso en sus poemas. De origen italiano, Boscán, al defender la nueva poesía de las acusaciones de que «este verso no sabían si era verso o si era prosa», justifica el uso que él y Garcilaso hacen de las once sílabas y tres acentos con Petrarca, Dante y Ausiàs March y, no contento con ello, se remonta en el tiempo hasta los poetas provenzales, los latinos y los griegos. El endecasílabo es una medida que exige precisión y armonía absolutas; dirá Alonso López Pinciano en su Philosophía Antigua Poética (1596) que en el endecasílabo «hay más consideración, porque se debe atender a los acentos, los cuales tienen en la sexta y en la décima [sílabas]. [...] Puede también esta especie quebrar en la cuarta sílaba con el acento, con que quiebra también en la octava y décima. [...] Y ésta es la naturaleza del endecasílabo, que, no quebrando con el acento en las formas que hemos dicho, no sonará por manera alguna bien».

MITOLOGÍA.- La mitología clásica se convierte en clave culta y en ejemplario de situaciones en la poesía del Siglo de Oro: en muchos versos, las historias de dioses y diosas no vienen a ser más que un espejo en el que se mira o con el que se pretende proyectar la sabiduría del poeta. Aparte de alusiones mitológicas de Eurídice o Ícaro, Garcilaso dedicó dos de sus más bellos sonetos a los mitos de Dafne (XIII) y de Leandro (XXIX). La fuente seguida fueron siempre las Metamorfosis de Ovidio, y los poemas penetraban en la parte final ­y trágica­ de la historia: la transformación de Dafne en laurel y la muerte de Leandro, ahogado, en el Helesponto. Casi un siglo después, Quevedo hizo de estos y otros mitos materia burlesca: puso a Orfeo en el Infierno por ser marido; a Hero y a Leandro «en paños menores»; o aconsejó a Apolo que, en lugar de perseguir a Dafne, «si quieres ahorrar de pesadumbres, / ojo del cielo, trata de comprarla».

 

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