| JULIO CORTÁZAR, EPISTOLARIO DE
SU VIDA Francisco Porrúa: «A
Cortázar no le preocupaba que no lo alabaran»
A finales de los años
cincuenta, cuando a Antonio López Llausás a la sazón gerente de Sudamericana le
preguntaban cómo hacía para no equivocar la selección entre los centenares de
manuscritos recibidos, solía responder: «Nunca publico nada sin la aprobación de mi
lector secreto».
Una inocente solicitud de información, dirigida
en diciembre de 1999 a la editorial Minotauro en Barcelona, puso al otro lado de mi
contestador telefónico a ese lector secreto que ingresó en Sudamericana en 1958 para, en
la década siguiente, dirigir su rumbo: Francisco Porrúa. Tras varios mensajes-anzuelo y
otras tantas respuestas-tentativa, «el padre del boom» accedió a contar en su
oficina, el día 27 de ese mes, la relación mantenida con Julio Cortázar.
El despacho, con una vista insólita de la
escultura de alambre Núvol i cadira que corona la Fundació Tàpies, está
empapelado a doble fondo con libros de ciencia-ficción de entre cuyos autores sólo
reconozco a Bradbury y a Tolkien. En los intersticios, dos láminas budistas. Junto a la
ventana, una estantería ocupa una pared entera, repleta de sobres marrones que me
recuerdan aquel currículum que llevé en cierta ocasión a una editorial con la misma
mortaja acolchada. (Aquel día, la guardiana del edificio preguntó si el sobre contenía
algo que pudiera resultar dañado por el detector de metales. Le dije que para ahorrar
trámites podía tirarlo directamente a la papelera ella misma, que el resultado iba a ser
el mismo. Fue el mismo).
Puerta abierta con secretaria al fondo. Me
entretengo echando un vistazo a los libros: The great SF stories-12, The Year's
Best Science Fiction, Monogatari de Andy Ehrenhaus, Arms & Armours of
the Samurai, Arms & Armours of the Medieval Knight, El viaje a la
semilla. A ras de suelo, Julio Cortázar, mundos y modos. Sobre la mesa, The
Pencil Book, diseño de Juan Fresán; abierta en el artículo «Temperatura de Buenos
Aires», Qué leer.
Llega Porrúa. Se quita abrigo y gorra y se
sienta.
¿Le importa que grabe?
Si sólo voy a darle información...
Así me ahorro tomar notas. ¿Cómo empezó
su relación editorial con Cortázar?
Cuando llegué a Sudamericana ya estaba
publicado Bestiario, pero la edición estaba prácticamente en los almacenes, sin
vender. Como ocurre muy a menudo en estos casos, había una especie de rumor en Buenos
Aires de que había un libro muy bueno en Sudamericana. Aldo Pellegrini y la gente que
leía la publicación surrealista A partir de cero habían descubierto a Julio
Cortázar, pero no el lector común. Cuando Cortázar envió a Sudamericana Las armas
secretas, los antecedentes eran como para esperar poco. La razón comercial de que el
libro no se había vendido podía haber implicado la pérdida del autor, pero en estos
casos las razones comerciales suelen ser anticomerciales. Las armas secretas me
pareció excelente y lo publicamos.
La reacción de los lectores cambió
completamente. Fue muy bien recibido y desde ahí seguimos con el resto de la obra. Lo que
llegué a publicar fueron Todos los fuegos el fuego, Rayuela por
supuesto, la novela 62, y después Oc- taedro, pero ya estaba un poco
fuera de la editorial.
También Historias de cronopios y de famas.
En el año 62, la primera vez que le vi, Julio
llegó a Buenos Aires. Le propuse reunir unos textos sueltos de cronopios que habían
aparecido en revistas. Llegamos a ese acuerdo, lo reordenamos y lo publicamos en
Minotauro. No sé si llegó a escribir algo más de cronopios y de famas.
Hay una edición ilustrada por Alechinsky que me
gustaría publicar. Hablé con Aurora Bernárdez, que es la albacea de Julio, y quizá me
decida. El libro debió haber pertenecido siempre a Minotauro pero, cuando empezó la
difusión internacional de Julio, la señora que manejaba los derechos era algo arbitraria
como casi todas las agentes en general, como casi todos los agentes. Dejamos de publicar
ese libro, pero me gustaría reeditarlo. Hubo tres o cuatro ediciones, alguna de diez mil
ejemplares; no lo recuerdo. Sé que hubo dos carátulas por lo menos: una era una especie
de pintura informal, abstracta, de Esteban Fassio, de Buenos Aires; después la otra, con
la colección de caras.
¿Fassio, el patafísico? ¿Existió
realmente?
El patafísico, sí; era dibujante también.
Existió, y murió. Murió en Barcelona. Era un hombre de un enorme talento que pasó por
la Facultad de Filosofía, un técnico de dibujo técnico que trabajaba para el Ministerio
de Obras Públicas en Buenos Aires, o algo así. La patafísica no era para él una
cuestión de lecturas más o menos azarosas sino parte de su vida. Vivía en una casa con
su madre, en el barrio del Once en Buenos Aires. Tenía tres habitaciones prodigiosas como
ejemplo de arquitectura para sostener libros: además de las paredes forradas de
volúmenes, había cinco o seis columnas de libros hasta el techo. En algún caso hubo una
polémica sobre poesía simbolista francesa, en Francia, y desde su habitación de Buenos
Aires, con sus libros, Fassio resolvió el problema. Escribió una carta a quienes estaban
discutiendo esa cuestión en apariencia irresoluble, y dijo: «El problema que les
preocupa es así, así y así».
Era un hombre muy enfermo, un diabético de fondo.
Compartíamos sobre todo una común pasión por la literatura francesa. Cuando fundé
Minotauro en 1955 se ocupó de las carátulas durante un tiempo. Fuimos a la casa de
Fassio con Julio y Aurora y fue una gran fiesta. Fassio había inventado la máquina para
leer Rayuela, y una máquina para leer a Roussel, y colaboraba estrechamente con el
Colegio de Patafísica. Cuando la situación en Argentina se puso realmente mal, decidió
venir aquí. Vino dos o tres años después que yo, en el setenta y nueve u ochenta,
bastante enfermo. Estuvo en Barcelona, no viviendo muy bien, donde murió. Con Julio creo
que sólo se vieron esa vez en Buenos Aires.
¿Cortázar tuvo contacto con los
patafísicos en París?
No, no creo, aunque Julio conocía muy bien la
literatura patafísica. Yo entonces era socio del Colegio de Patafísica y recibía todas
las publicaciones del Colegio. Había todas las jerarquías, con nombres, pero Cortázar
nunca apareció ahí. Por supuesto, le interesaban la patafísica, el humor, las
excentricidades literarias, como le interesaban muchas otras cosas. Miembro activo del
Colegio no fue, que yo sepa. Fassio era Gran Sátrapa de las Neoaméricas, o algo
parecido.
La patafísica vino por Fassio, y éste por
las carátulas. En el proceso de edición, ¿Cortázar decidía la carátula? ¿Se ocupaba
de ello?
No en Minotauro, pero siempre en los libros de
Sudamericana. A veces la decidíamos de común acuerdo pero a veces se decidía no se
sabía cómo; la de Rayuela, por ejemplo, fue idea de él: él mismo dibujó la
rayuela de la carátula. En Todos los fuegos el fuego ocurrió algo bastante
curioso, que he contado alguna vez. Había que decidir la carátula y un día pensé
todavía el libro no estaba impreso, por supuesto en ese cuento, «El otro cielo», en
que se entra en el Pasaje Güemes y se sale en la Galería Vivienne, y entonces le
escribí y le dije que me parecía que en la portada podíamos poner una fotografía de la
galería de entrada, y en la contratapa la otra. Él, mientras tanto, me estaba
escribiendo otra carta se cruzaron en el aire donde me contaba que el dibujante Julio
Silva, un argentino que vive en París, le había propuesto que pusieran en la primera
carátula el Pasaje Güemes y... etcétera. Absolutamente lo mismo. |