| LOS POETAS DEL ROCK Años 90: santos que yo te pinte
Jesús Llorente Sanjuán
A muchos lectores de este suplemento los
términos «poesía» y «rock» les parecerán tan contradictorios como «música» y
«militar» o «nuevo cine» y «español». Si en décadas pasadas la imagen del trovador
armado con una guitarra eléctrica y un puñado de versos podía identificarse sin
problemas con los beneméritos Leonard Cohen, Bob Dylan, Tim Buckley, Nick Drake o Lou
Reed, en los noventa la poesía «rock» (o «pop») ha sido totalmente subterránea. O
mejor dicho, underground. Tras el advenimiento del punk en el 77, la industria y
los medios quedaron aterrorizados ante lo que se podía hacer con cuatro frases y un par
de acordes mal tocados. Y desde entonces las diferencias entre el mundo de las listas de
éxitos y los grupos prefabricados, y el de los artistas independientes o con vocación no
convencional se han vuelto cada vez más pronunciadas. El escaso impacto social de estos
últimos ha logrado que en círculos literarios nada se sepa de los equivalentes musicales
en originalidad y emoción a los poetas o novelistas de mayor fuste. Quizás, como dice
Elvis Costello, los fuegos artificiales interiores no son tan espectaculares, no explotan
en el cielo, pero pueden deslumbrar, conmover, o hasta hacer saltar una lágrima cuando el
humo entra en tus ojos. En todo caso el rock alternativo no habita en el subconsciente
colectivo, y se considera algo marginal o «juvenil», mientras a Joaquín Sabina se le
otorgan galones de poeta y bastan unos sobados tópicos sobre desamor y barrios
marginales, paseos por el lado salvaje, o el clásico «coca, caballo y rey» para que
unas letras aparenten tener aliento poético. Si uno aspira a detectar cierto lirismo en
el pop más arriesgado de los 90 tendrá que suscribirse a la prensa especializada,
visitar tiendas en las que aún venden siete pulgadas; hace falta un sexto sentido, un
esfuerzo extra, un interés a prueba de radio fórmulas, festivales de verano y anuncios
de refrescos. Y todo ello nos da a veces aspecto de abducidos.
Arduo es definir lo que ha sido la poesía en la
música popular de la pasada década. Si hasta un grito como «auambabulubabalambambu...»
puede tener su capacidad emotiva, y teniendo en cuenta que estamos hablando de canciones
(o sea: de ritmo, sonido, melodía, una voz; de interpretación, en definitiva, dentro de
un contexto no siempre poético), y no de palabras ordenadas sobre una hoja en blanco, el
asunto queda a merced de los equívocos del subjetivismo. Eso sí, no me cabe la menor
duda de que artistas como Mark Kozelek, Stephin Merrit, Bill Callahan, Mark Eitzel, o
Dominique A, y grupos de la talla de Arab Strap, For Stars, Disco Inferno, Sr. Chinarro,
Hefner, Tindersticks, Radiohead o Los Planetas han hecho más por la poesía que algunos
autores de renombre o muchas antologías. Reconozco que el rock visto desde fuera y
abrumado por los tópicos no tiene muy buena pinta, pero precisamente a Los Planetas
pertenece el estribillo que más me conmueve en estos días: «Santos que yo te pinte /
demonios se tienen que volver». No es mucho, pero tan solo por eso merece la pena
investigar.
Jesús Llorente Sanjuán es autor del libro de
poemas «Verano Muerto» (Renacimiento) y de las biografías de The Smiths y Los Planetas.
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