| CHILLIDA EN SU MUSEO La casa del poeta
El
caserío y los jardines de «Chillida-Leku» son un escenario único, sin parangón en el
mundo del arte en España. Fuera de nuestras fronteras habría que recordar como posibles
comparaciones el taller de Brancusi en París o el estudio de Calder en Connecticut, que
comparten esa autenticidad vital que identifica al nuevo museo del escultor vasco: un
espacio aquilatado por las intuiciones del escultor y timbrado en cada uno de sus rincones
por una poética personal. Todo en «Chillida-Leku» es azar y a la vez predestinación, y
por ese filo insondable que anima la vida de la materia y del espíritu, y que ha guiado
siempre el trabajo del artista vasco, caminará el espectador a lo largo de su visita.
El atractivo de «Chillida-Leku» reside en que
uno cree adentrarse en un museo al aire libre, cuando lo que en realidad está haciendo es
sumergirse en una única Obra que se bifurca en incontables senderos por los que el
caminante siente cambiar a cada paso la perspectiva que tiene de sí mismo y del entorno.
Las variaciones de escala, los diferentes materiales, las diversas reordenaciones del
espacio que contienen las esculturas de Chillida, remiten a un mismo vocabulario
insondable que interroga la presencia del espectador entre el cielo y la tierra.
Interrogación mental y física que es piedra clave de este trabajo filosófico y poético
traducido al espacio y a la forma.
En el jardín de «Chillida-Leku» se encuentran
situadas cuarenta esculturas de gran formato, en acero cortén, hierro o granito, cuyos
emplazamientos han sido elegidos por el propio escultor en las praderas de la finca o bajo
la umbría de tilos, magnolias, robles, hayas, cedros, arces y chopos. Dos colosales
realizaciones en acero cortén, Buscando la luz I y Lotura XXXII, dominan el
horizonte del jardín, sobre el que descansan obras como el estudio para Peine del
Viento, Consejo al espacio IV, Monumento a la tolerancia o Esertoki III.
A lo largo del recorrido en torno al caserío y el bosque vecino, el visitante irá al
encuentro de obras que son también hitos de la trayectoria de Chillida, como los
homenajes a Giacometti, Balenciaga o Luca Pacioli, los Gora Bera de acero cortén, Arco
de la libertad o El abrazo, así como granitos de las series Lo profundo es
el aire o Harri.
Aunque
al visitante le parecerán surgidas de la propia tierra, como si pertenecieran desde
siempre a estos parajes, la instalación de estas esculturas de gran formato Lotura
XXXII pesa 64 toneladas nada menos representa un desafío épico. «Es un reto,
sobre todo para el jardín, que debe soportar el paso de grúas de doscientas toneladas
que transportan y colocan las esculturas, aunque cubrimos el terreno con planchas de metal
para protegerlo», explica Luis Chillida Belzunce.
En el caserío, auténtico sancta sanctorum
de «Chillida-Leku», con sus poderosas vigas de roble a la vista y sus recios muros de
mampostería, se ha dispuesto la obra de pequeño formato y sobre papel, bajo el
asesoramiento de Kosme de Barañano, actual director del IVAM y el mejor conocedor de la
obra de Chillida.
El propio Barañano ha asegurado que «Zabalaga no
se ha convertido en un espacio museístico para acoger obras de arte, sino en un espacio
escultórico más de Chillida. Es el antecedente más directo del vaciar artístico
de Tindaya. Chillida no ha destruido el caserío sino que ha manifestado su esencia, su
capacidad de recogimiento. En el interior vacío de Zabalaga está la primera maqueta de
Tindaya como lugar para recogernos, para ver y pensar el paisaje desde dentro».
Del trabajo de restauración del caserío da idea
la peregrinación del matrimonio Chillida por los aserradores del norte de España en
busca de una viga de roble que sustituyera a una original ya desahuciada. Lo mismo
ocurrió con las lascas de piedra que pavimentan la entrada al caserío. Después de una
larga búsqueda, dieron con una cantera en Balmaseda en donde Chillida fue eligiendo una a
una las grandes lascas. Cuando llegó el camión con ellas a Zabalaga, al conductor no se
le ocurrió otra cosa que dar a la palanca del volquete para desplomarlas sobre el suelo.
Antes de que todas las lascas cayeran hechas añicos, Joaquín Goicoetxea logró detener
la maniobra.
A falta de algunos cambios previos a la
inauguración, la sala central acoge la escultura en acero De música III, los
alabastros Homenaje al mar y Elogio de la luz XX y la obra en hierro Casa
del poeta. En el piso superior se pueden contemplar las primeras obras de Chillida,
realizadas en París a finales de los años 40. Se trata de las esculturas en yeso Forma
y Torso, ambas de 1948, Yacente, de 1949, y Concreción, de 1950.
Junto a dibujos de esta época, se exponen dos piezas muy significativas de la génesis
del trabajo del escultor con la forja, aquí en Hernani, a principios de los 50: Oyarak
I, de 1954 y Homenaje a Gaston Bachelard, de 1956. Ambas obras fueron
adquiridas por Chillida en subastas para cubrir un hueco clave de su colección.
En la sala contigua se exponen los proyectos para
monumentos, con fotografías y estudios, así como obras de pequeño formato en acero,
alabastro o granito, como Homenaje a Kandinsky y Homenaje a la Arquitectura.
La última sala, abuhardillada, está dedicada a las «gravitaciones», una de las
investigaciones espaciales de Chillida plasmada en papeles colgantes y recortados, y a las
«lurras», terracotas que concentran en su volumen toda una potencia y una densidad
escultóricas avivadas en el fuego.
P. Corral
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