El perro Paco
El perro Paco - Inocencio Medina Vera

Paco, el perro golfete y amante de los toros que murió en el ruedo

El famoso can se colaba en el teatro, la ópera, el hipódramo y los cosos taurinos

MADRIDActualizado:

Cuentan los textos que no hubo ni habrá un perro más torero que Paco, coetáneo de Lagartijo y Frascuelo. Con fama de golfete y con variopintas «novias» de cuatro patas, quiso el destino que este can pisara una tarde el café de Fornos, donde comenzó su popularidad. Allí se encariñó con él el marqués de Bogaraya, de cuyas manos saboreó una chuleta asada. Tras esa suculenta invitación, el perrillo siguió al marqués hasta el Veloz Club, en la calle de Alcalá. Ahí comenzó su vida de señor -se colaba en el teatro, la ópera, el hipódromo y los toros, su gran debilidad (a los antitaurinos les hubiese pegado bocados)- y su bautismo como Paco -el marqués lo conoció en la festividad de San Francisco-.

Tan famoso se hizo que la prensa le dedicó páginas y páginas. «El Impacial» explicaba cómo Paco había mordido a un niño; la revista «La ilustración española y americana» decía que el perro era «la figura más interesante de esta Corte, el héroe favorito de los madrileños...» Dicen las crónicas que se ganó el respeto de los municipales y las caricias de las gentes más encopetadas. Y abrochaban de esta guisa: «Si no esperásemos que de un momento a otro Paco rompa a hablar para fraternizar con él, todo el mundo ladraría».

Instinto taurino

Pero lo que al bravo Paco le gustaba verdaderamente eran los toros. Bajaba a la arena entre morlaco y morlaco y saltaba desde el tendido «10», su terreno favorito (otros dicen que el «9»). Contaba Cándido en ABC que «los aficionados más conspicuos estaban pendientes de la opinión del perro, cuyo instinto taurino fue calificado por los revisteros más célebres de "increíble"».

Tanta casta tenía el perro que una tarde de mayo un toro con dos imponentes velas le pegó un soberano revolcón. Su parte facultativo se ganó hasta coplillas y la prensa le dedicaba «últimas horas»: «Última hora. El diestro Paco continúa en el mismo estado. La herida no es muy grave, pero el pronóstico facultativo es reservado por las complicaciones que puedan surgir. Deseamos una pronta y radical curación».

Quiso el destino que su final se viviera en la plaza de la carretera de Aragón, donde se celebraba un festival, dicen unos que del gremio de los taberneros y otros que de los zapateros. Escribía Cándido: «Uno de los zapateros, de alpargata y blusa, se dedicaba a dar mantazos a un becerro y a tomar el olivo en cuanto el animalito hacía por él. Arreciaban en los tendidos las protestas. Paco, que estaba en una barrera, saltó al ruedo con el ánimo dispuesto a enseñarle al remendón el arte de Cúchares. El zapatero no quería dejar el campo libre a quien sin duda sabía más que él de tauromaquia, y con los pies en el suelo, se enredó en el perro, cayendo al suelo. La impaciencia inacunda de los tendidos se trocó en risas y burlas. Entonces el zapatero, usando su rabia contra el más débil y noble, se levantó ciego y atravesó de una estocada al perro».

Aquel 21 de junio de 1882 se montó tal revuelo que el público quería linchar al estoqueador, al que apodaban Pepe el de los Galápagos y al que tuvieron que sacar en el famoso «Canguro». Paco era el héroe de la capital. Se explica en el Cossio que su cabeza se disecó y se expuso «al público en el café de la calle de Alcalá regentado por el arenero de la plaza Pepe Chinchilla, hasta que sus amigos de la Tertulia de El Pardo la enterraron en el monte de El Pardo, según ha escrito Jaime de Armiñán tras haber investigado los hechos (Vidas perras, Madrid, 1990)». Otros dicen que sus restos reposan en el Retiro. En cualquier caso, Paco será siempre el perro más torero y popular del escalafón.